domingo, 1 de marzo de 2015

Ana García Boto en la última de La Nueva España

Un momento vital

La última papeleta de Ana García Boto

La abogada ovetense acabó la carrera urgida por la necesidad de independencia y tuvo su primera experiencia como fiscal sustituta cubriendo una baja maternal


La abogada Ana García Boto, en su despacho de Oviedo.
La abogada Ana García Boto, en su despacho de Oviedo.
Ana García Boto (Oviedo, 1955) probó a opositar para subinspectora de Hacienda. Le gustó tan poco que aprobó el primer examen, Contabilidad, y suspendió el de Derecho. Cuando estaba recuperándose de una tuberculosis pulmonar que la sacó del tabaco para siempre y le permitió leer "El Señor de los Anillos", su hermana Carmela, procuradora, le avisó de que Antonio Masip necesitaba secretaria. En aquel despacho tumultuoso pudo leer muchos casos de laboral y penal y conoció a Alfredo Pulido, con el que quedó en el despacho cuando Masip les contó que se iba de consejero de Cultura. Se colegió a finales de 1980 y cuando Masip dejó de ser alcalde de Oviedo, se independizó junto a Alfredo y Ángeles Pulido y Ana Vázquez. Ahora tiene despacho propio.
Se casó en 1987 con el médico Martín Caicoya y tienen 3 hijos varones -Blas, de 26; Mateo, de 24, y Martín, de 22- llegados al mundo por tres cesáreas que la alejaron del despacho y de los juicios el menor tiempo posible.
Ana García Boto se vio alegre y sola delante del edificio de la Universidad de Oviedo en la calle San Francisco. Era un mediodía soleado de finales de septiembre de 1978 y sostenía la papeleta de Derecho Mercantil aprobada. Liquidada la asignatura de Muñoz Planas, la carrera estaba terminada en seis años.
La había hecho sin prisa, sin agrado por el plan de estudios ni por la manera de aprenderla, a costa de memoria. Había estado más interesada en divertirse, pero los últimos meses se había sentido obligada a terminar cuanto antes.
La primavera pasada, cuando disfrutaba en Salamanca de unos días en casa de unos amigos, la llamaron de casa para decirle que su padre, Benigno García Alonso, un ingeniero industrial que había trabajado en Ercoa, había muerto del corazón. No se esperaba, aunque los últimos siete de sus 75 años los había pasado muy impedido por las secuelas de dos ictus. Velando a su padre, Ana había leído "Ulises", de James Joyce.
La situación en la casa familiar de la calle Marqués de Teverga no era muy corriente. Los García Boto eran diez hermanos; Ana, la octava. Su madre, Dolores Boto Trelles, había muerto cuando Ana tenía 15 años. Cuando su hermana Carmela se casó, Ana, que estaba haciendo segundo de Derecho, quedó al frente de una casa con cinco personas y ayuda del servicio doméstico.
Desde el mismo momento de la muerte de su padre, el dinero que entraba en casa era la pensión de orfandad de su hermano Joaquín, de 16 años. Tocaba espabilarse.
Salvo algún día de playa no hubo verano en 1978, pero ahora estaba feliz y confiaba en que el ejercicio de la abogacía le iba a gustar lo que no le había gustado la carrera. Ahora podría defender a los pobres y a los presos políticos.
No sabía por qué había elegido Derecho. Su abuelo materno había sido notario, y el paterno, un licenciado en Derecho que no había ejercido. Tenía un tío notario en Oviedo, pero ninguno de los tres era una figura de referencia para ella. Quizá se hubiera hecho la idea de ser abogada viendo "Perry Mason" en el UHF.
La primera persona a la que encontró fue a Alicia Fernández del Castillo, hermana mayor de una amiga.
-Acabo de terminar la carrera.
-Enhorabuena, ¿Ya sabes qué vas a hacer?
-No sé... Igual fiscalía.
Podría haber dicho cualquier otra cosa.
-Ah, pues vete a ver a mi padre que busca un fiscal sustituto.
Rafael Fernández era fiscal jefe y tenía el despacho a unos metros, cruzando la plaza de Porlier, en el palacio de Valdecarzana-Heredia. Hacia allí fue y de allí salió fiscal sustituta de la agrupación de Mieres, Cabañaquinta y Pola de Lena, cubriendo la larga baja de María Ángeles García, que estaba teniendo un embarazo complicado.
El trabajo no era difícil. Juicios de faltas y accidentes de tráfico de poca gravedad que se solucionaban aplicando ocho artículos del Código Penal. La experiencia no podía ser mejor. Haría algunos interrogatorios, aprendería a encajar los hechos en alguno de los artículos y pediría la pena correspondiente. Y vería actuar a jueces, abogados, secretarios.
Con 23 años, una camisa, unos vaqueros y unos zuecos, salió a la plaza de Porlier sin miedo y con ilusión, preparada para convertirse en "la fiscalina" que fue en los meses que siguieron, animada y asesorada por Geni Hidalgo -la anterior sustituta- y por los jueces don Cayetano, Barral, Luciano Varela y César Canga.
Tampoco el trabajo era muy absorbente. Los martes, a los Juzgados de Mieres. Los jueves, a los de Pola de Lena. Una vez al mes, al de Cabañaquinta. Los nervios acabaron pronto, cuando vio el procedimiento de un juicio.
Los martes preparaba un taco de atestados para los juicios, muchos de ellos de tráfico. Ella no tenía carné de conducir. Una causa frecuente era que los camiones quedaban sin frenos en Flor de Acebos, después de bajar el puerto de Pajares.
En los juicios de faltas había muchas peleas de vecinas -tirones de pelo, insultos, "puta", "tu marido de pone los cuernos"- y algunos puñetazos de chigre. A veces veían 25 juicios seguidos, pero el trabajo iba poco más allá de dos mañanas a la semana.
Le quedaba tiempo para ir al cine, leer, salir con su novio, ir con las amigas al Bar Dólar, oír a Moustaki y a Leonard Cohen en casa y lo que pincharan en El Ñeru la Curuxa, donde ponía las copas el actor Nacho Martínez antes de irse a Madrid. Remataba en Pico's.
No cobró hasta terminar la sustitución, pero entonces el dinero no importaba tanto como la experiencia de haber visto muchos juicios en un año, la actuación de sus compañeros en la sala y la cercanía de los jueces que querían ayudarla. Viendo unos mismos hechos argumentados desde distintos puntos de vista aprendió que todo es defendible y que no hay que tener miedo a perder.
Hoy le asombra lo difíciles que son los comienzos de licenciados que llegan con muchos másteres de preparación.
Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

1 comentario:

Anónimo dijo...

Menuda ladronzuela; fui a realizar una consulta para evaluar si podían llevar o no mi caso y al terminar me clavaron 60 € (no tienen datafono...) Impresentables.