lunes, 17 de febrero de 2014

Artículo/exabrupto de David Ruiz





A José Girón Garrote y Antonio Masip Hidalgo, tal para cual

 Increíble, pero cierto. El pasado viernes 7 de febrero las dos personas que figuran en el título aprovecharon mi ausencia en el Club Prensa Asturiana de este diario, en el que presentaron un libro, para acusarme de desgracias que les sucedieron en tiempos pretéritos, según vino a sintetizar al día siguiente la periodista Marta Pérez que cubrió el acto para LA NUEVA ESPAÑA.

Que J. Girón Garrote, en las vísperas de su jubilación, achaque su frustración profesional a mi colaboración con los comunistas en la lucha contra Franco omitiendo que por ello perdí mi trabajo durante cuatro años en la Universidad de Oviedo después de situarlo a él en la misma, es un relato nauseabundo. La endogamia, cuando no el nepotismo existente en la Universidad ovetense, estaba tan extendida aún a finales de los sesenta del siglo pasado que yo mismo me vi obligado a practicarla: o renunciaba al encargo de la cátedra de Historia Contemporánea o debía cumplir sin rechistar la orden del rector de que en menos de 24 horas propusiera como profesor ayudante a un licenciado de la especialidad. Que el agraciado fuera José Girón Garrote en absoluto se debió a su expediente académico sino a que era el único que pasaba por allí, el único disponible. Prácticamente el resto de sus compañeros de la primera promoción de Historia había encontrado empleo mejor remunerado como profesores de instituto, exceptuando dos que sufrían pena de cárcel por haberse opuesto a Franco.

Servil, como la mayoría de los nombrados a dedo por sus respectivos catedráticos, Girón Garrote se sintió también obligado sin yo pedírselo, entre otras atenciones, a invitarme a su boda y a compartir el estreno de su primer automóvil yendo a un simposio al suroeste de Francia, viaje sobre el que prefiero no extenderme por motivos que afectan a una tercera persona muy cercana a él pero ajena por completo a este conflicto. Respecto a su carrera académica, sobresale un dato y ahorra multitud de comentarios: tardó la friolera de doce años en concluir la tesis doctoral que le dirigí, y el estudio aún está sin publicar. Serio percance curricular que, sin embargo, no sería obstáculo para que de nuevo los hados le fueran propicios beneficiándole de otra circunstancia acaecida en la Universidad hispana ya en la democracia: de la noche la mañana, sin oposición programática que mediara para obtener la plaza, se convertirá en profesor numerario gracias a corresponderme por sorteo figurar en tribunal estatal de la llamada "idoneidad" que el primer Gobierno felipista dispuso para acabar con el movimiento de los PNN: el mismo que en horas veinticuatro pasó de reivindicar el contrato laboral a disfrutar la plaza de funcionario sin que a la inmensa mayoría de los revoltosos, incluido Girón Garrote, le salieran los colores. Ítem más: apenas convertido en funcionario, me deparará el desagradable episodio de contemplar directamente cómo rechazaba desabridamente a un reducido grupo de alumnos que esperaban hacerle una consulta cerrando violentamente la puerta de su despacho. Final, pues, de mi relación con mi primer ex profesor ayudante, el mismo que cuarenta y cinco años después de proponerlo ha cometido la felonía de aprovecharse de mi ausencia para mentir descaradamente sobre mi pasado y el suyo.

¿Y qué decir de su compañero de infundio, Antonio Masip Hidalgo, que sin distanciarse de Girón Garrote culpa al "sectarismo existente" en la Universidad asturiana de los sesenta y los setenta del siglo pasado de una de sus desdichas? ¿De qué va este abogado salido de la Universidad de los jesuitas de Deusto que en absoluto tuvo que ver con el Departamento de Historia de la de Oviedo?

De mi relación con él sólo recuerdo una confidencia y un comportamiento. La primera, relacionada con su intención de adquirir una librería de la ciudad para vender libros prohibidos por el régimen de Franco importados de Francia, plan frustrado por la negativa de su abuelo, acaudalado banquero de la región, a realizar una inversión que no presumía rentable, según nos aclaró en otra reunión a otra persona que también vive y a mí. Los comportamientos se relacionan por la vecindad de nuestros domicilios y por la asistencia a alguna de las conferencias que organizaba el Club Cultural de Oviedo del que ambos éramos socios y a veces discrepábamos en los coloquios. Carcajeante, pues, que se me pasara por la cabeza imputarlo como miembro de la CIA como afirma Girón Garrote, su último confidente. Demasiado para su ego, como probablemente pensarán los lectores que conozcan al personaje.

Concluyo afirmando que la citada pareja de falsarios le ha hecho un flaco favor al centro que les brindó su espacio para presentar un libro; también a la editorial. Y, por supuesto, a la libertad de expresión a la que los dos han agredido sin compasión. Como otros en los peores tiempos de la dictadura.



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Elegante estocada dar publicidad a zemejNte escrito que revela la calidad de quién se considera historiador que sólo se valió de su adhesión al PC para trepar y no aporta nada serio.

Anónimo dijo...

El señor Ruiz, don David, incurre de nuevo en la mentira torticera, cuando no en la más simple y elemental falta de autocrítica, para intentar rebatir primorosamente y sin atisbo de sonrojo las acusaciones que en esta ocasión se vierten sobre él. Mejor cerraba su boquita a la hora de achacar comportamientos poco dignos, como el que atribuye a Girón Garrote sobre ese cierre airado de la puerta de su despacho a los estudiantes que eventualmente requerían de su ciencia y conocimiento. Cualquier alumno suyo (de don David) que tuviese que cursar con él la asignatura de Historia Contemporánea de quinto curso (plan 1976, vigente hasta 2001) podrá atestiguar que precisamente esa costumbre de espantar a sus pupilos a portazos era una de las prácticas más queridas por él, habitualmente acompañadas por un seco y estentóreo "¡márchese!", en la peor tradición de la "Universidad franquista" que, oh casualidad, es la misma en la que don David se forjó, si no como historiador licenciado, al menos como estudiante... que no como persona.

Nada extraño para un señorito arribista con ínfulas de intelectual ilustre, que sin más bagaje que una oratoria falaz y tendenciosa, aspiraba a entrar a calzador en el “oviedín del alma” siendo a la vez poco amigo de reconocer públicamente sus maneras burguesas “de toda la vida”. Quizá para intentar mantener esa difusa figura de “luchador contra Franco” que tantos aires gusta de darse a la menor ocasión, pero que él mismo contradice exhibiéndose en los saraos por los que se deja ver a la menor ocasión (el homenaje que cada mes de diciembre se brinda a Alfonso II el Casto es quizá el más esperpéntico de todos). Y ya que salen a relucir las virtudes de la castidad -o “contra-castidad”, mejor dicho- tal vez ahora podría explicar don David qué criterios utilizó décadas atrás para colocar a una “amiga” suya como profesora titular en el Departamento de Historia contemporánea. Ella, una marioneta desgalichada, aleccionada recitadora sin asomo de crítica de las obras completas de Mao Tse Tung, se convirtió en el clásico “nuevo amor juvenil del talludito profesor” que, de modo previsible, iba a ser abandonada sin explicaciones poco después, cuando el “maestro” decidió volver con su mujer dejando a aquella infeliz destrozada… hasta el punto de que se arrojó a las vías del tren en las cercanías de la estación del Norte (la ex amante doliente tuvo suerte: antes de ocurrir la previsible catástrofe, el convoy paró a tiempo y fue así como pudo salvar la vida y el puesto de trabajo; la buena fortuna no permitió, empero, soslayar una cruel ignominia entre alumnos y compañeros de claustro que, a día de hoy y en las aulas de El Milán, todavía le cargan el atroz y despechado mote de “La Ferroviaria”).

-Seguimos-

Anónimo dijo...

-Continuamos:

Las costumbres afectivas de don David para penetrar de lleno en el “oviedín” llegan al clímax, ‘happy end” incluido, con la rocambolesca estocada que empleó, vaya usted a saber mediante qué artes y suertes, para poder ingresar en el clan familiar de un ilustre novelista que cambió para siempre la vetusta imagen de Oviedo (solo la imagen: lo demás sigue igual). Y es que no contento con portar en la mochila escasos ejemplos reales de virtuoso luchador por los derechos ciudadanos (es decir, siendo de esos que se llenan la boca de frases épicas al tiempo que hacen la vida imposible a alumnos discrepantes, antiguos protegidos revoltosos y familia cercana en general), el viejo profesor decidió sublimar hasta el extremo sus encantos, atrayendo a su regazo a una sobrina bisnieta -o similar- del preclaro literato y solicitando al tribunal vaticano de la Rota la NULIDAD ECLESIÁSTICA de su primer matrimonio, del que constan en actas de bautizo haber alumbrado dos criaturas vivas (dos hijos que, por lo que se sabe, están ya muertos de aburrimiento a cuenta de los tormentosos cambios de alcoba de papá). En un giro inusitado para tan anticlerical profesor y encendido debelador de cualquier creencia con olor a cristiano, don David logró entonar el “Adiós, Cordera” para así casar con la que aún hoy es su esposa, siendo su enlace en segundas nupcias POR LA IGLESIA, como quien no quiere la cosa, llegando incluso a perpetrarlo diez días antes de acabar el curso académico 2000/2001, quien sabe si para así alargar de modo legal una hipotética Luna de Miel con su nueva ninfa. Para más inri, la ceremonia de boda tuvo lugar en el mismo templo donde lo hizo en 1922 un pequeño general nacido en el noroeste, apodado por sus compañeros de armas como “Paca la culona”, que logró morir en su cama tras la tira de años de dictadura y que, todo sea dicho, era el franco objetivo de continuas invectivas de don David mientras pontificaba en las aulas de la Facultad. ¿Le extraña a alguien que, en aquel peculiar fin de curso, proliferaran por las paredes del campus de El Milán las pintadas que decían “David Ruiz = Enrique VIII”? Aunque en esta ocasión, todo sea dicho, la tenaz búsqueda de dispensa papal en aras de nuevo matrimonio no se llevó por delante ningún Tomás Moro. En todo caso, solo alcanzaría a liquidar la paciencia del atribulado becario de turno, encargado sobre la marcha de corregir una abultada pila de exámenes que don David dejó pendientes de puntuar para disfrutar de tan bien ganado permiso laboral remunerado. Tahúres tiene la iglesia (hoy basílica) de San Juan el Real, casi podríamos decir.

(Parafraseando al propio señor Ruiz: “por no sobrecargar mucho la sesión de hoy…”, otro día hablaremos de sus poco flexibles maneras de puntuar exámenes en virtud de tufillos ideológicos adversos, de sus ocasionales arrebatos de sinceridad a la hora de reconocer nimios pecadillos cometidos durante su período académico entre los años 1967-75, de los motivos reales de su acibarado odio por los caducos Cursos de La Granda o de su inveterado amor por don Juan Negrín López, presidente del Gobierno de la II República cuya admiración intelectual parecía trascender, si los hados eran propicios y la audiencia cómplice, hasta un paroxismo verbal y carnal digno del mejor y más efusivo éxtasis santateresiano… o tal vez silvioberlusconiano, por aquello de las afinidades personales)