sábado, 21 de agosto de 2021

CAMBIAZO EN EL SARCÓFAGO

 


He visto montones de vetustos sarcófagos abiertos en el British Museum, en Berlín, en El Cairo... Mi nieto mayor hizo sus primeras armas en la Literatura fabulando a su hermano como descubridor de momia egipcia en el tesón del Eo. Ría del EO, que no la reduccionista de totalitario expansionismo Ría de Ribadeo, sobre cuya correcta denominación duda, ¡todavía!, un gran rotativo nacional.

En el Museo de Cádiz han dado el cambiazo de varón fenicio por mujer. Sucedió con Pancho Villa, biografiado por Paco Ignacio Taibo II, que, al abrirse el sepulcro, resultó, apreciable fémina; en sentido inverso, “Guantanamera”, del increíble cine cubano, es parodia de traslados de féretros hasta desenlace cómico, la fallecida se convierte en hombre. Lutero, en exceso antipapista, sostenía que la tumba de Iría Flavia era de un perro y, con mayor arraigo, se sostuvo era el hereje Prisciliano. Eso de intercambiar cuerpos llegó al descaro del Ministro Trillo con el Yakolev-42. Pedro de Silva ha evocado aquí, con motivo de las excavaciones de Grado, el mito de Antígona buscando digna sepultura para su hermano.


 No conozco el sarcófago gaditano y ni sé si en Londres, El Pergamon o el Museo cairota, han sometido los valiosísimos suyos a pruebas identitarias. José, mi nieto, es leal reconociendo que el suyo, eoto o eoario, unisex, es pura ficción, destinado a conmover desde el atractivo paisaje de la entrada al Paraíso Natural, que, a merced de las mareas, tenemos ante nosotros en Figueras. Es la verdad de la mentira literaria, de Mario Vargas Llosa. A Mario le recibí en las consistoriales en 1986 haciendo comentarios divertidos sobre la colección de reyes asturianos del Salón de Plenos y dejando escrito en el libro de honor: “Al Ayuntamiento de Oviedo, la tierra de mi admirado Leopoldo Alas, con mi gratitud por su generosa hospitalidad”. En una de sus primeras novelas, el gran escritor refiere un joven, ¿él mismo?, que imagina aventuras eróticas ilimitadas con una tal Pies Dorados; el personaje de José es también estudiante pero la momia de sus elucubraciones oníricas estaría muerta ha mucho, eternizada eso sí como la ficcionada prostituta peruana, dispuesta a hacer soñar a un colegio castrense entero y ser la primera piedra, sin sarcófago, de merecido premio Nóbel.

 Por fuente solvente he sabido que apenas el cuarenta por ciento de los emigrantes que mueren en el mar son identificados. En el XXI aquel mandamiento bíblico de “enterrar a los muertos” que nos hacían recitar como “obra de misericordia” siguiendo al Padre Astete está en entredicho, también, los sarcófagos en Cádiz, en el Atlántico próximo, en las cunetas de la incivil guerra.

 Nada de ese deleznable fondo es la Literatura que disfruto en Mario o, abuelo babeante, en José Masip Lambarri.


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