lunes, 7 de octubre de 2019

SIENTO LA MUERTE DE PEPE ONETO

Siento la muerte de Pepe Oneto, del que ignoraba su grave ingreso hospitalario. Le conocí y traté en Madrid en 1971 en los últimos tiempos del periódico MADRID. En los postres de una cena de periodistas europeos, en torno a José A. NOVAIS, de Le Monde, Pepe me dio la palabra para que informara de la inminente huelga de los trabajadores de la PETROLÍFERA, camioneros distribuidores locales de gasolina, que defendíamos en el despacho de Pepe Jiménez de Parga. A la mañana siguiente Pepe me llamó por teléfono y a mediodía abrió uno de los últimos números de MADRID con esa noticia del inminente quebranto del suministro de gasolina

2 comentarios:

antonio dijo...

Comenzó a trabajar en el diario 'Madrid' hasta su desaparición, en noviembre de 1971, y escribió, durante más de seis años, una crónica política que se publicaba en 15 periódicos.

También fue cronista de la agencia Colpisa (1969) y trabajó en la delegación de Madrid de la agencia France Presse, y en 1974 comenzó a hacer información política en 'Cambio 16', revista de la fue nombrado subdirector en 1975 y en la que ocupó el puesto de director entre julio de 1976 y enero de 1985, cuando presentó la renuncia por motivos personales.

Cronista y director de 'Tiempo'

antonio dijo...

ART DE LUIS SANCHEZ MERLO

Desconocía que llevara tiempo ingresado en una clínica de San Sebastián. Nunca hubiera imaginado tal concurso de circunstancias para el adiós de Pepe Oneto. Bonita ciudad, empero, para despedir una vida tan fascinante como la suya.
La última vez que le vi acababa de convertirse en un jovial abuelo y llevaba tiempo sin fumar. Fue en un almuerzo en El Pescador, con Pablo Sebastián, el editor del primer diario digital, República, donde Pepe escribía una crónica política diaria desde hacía años. Después de la comida, bajamos Lista hasta Castellana, donde cogió un taxi. Como era costumbre entre nosotros, hablamos de lo mal que estaba todo y de lo peor que se iba a poner. Era lo que quedaba de una relación de amistad intensa, entre dos escépticos, hipocondríacos, afectos al sentido común y al cartesianismo inevitable.
(...)

(...)Ese aspecto de moderno adelantado, con flequillo, camisa de flores y pantalón con paramecios, le sirvió para acreditarse como un dandy del periodismo. Justamente lo que, recordaba Antxon Sarasqueta, había puesto de moda a comienzos de los años setenta del pasado siglo Tom Wolfe, con su obra 'The New Journalism', el nuevo periodismo, donde la calidad y la fuerza narrativa dominan la historia, cualquiera que esta sea. Pepe Oneto, inmerso de hoz y coz en el proceso del cambio político español, con un género innovador reconocible y un sentido crítico irremediable, se convirtió en uno de los grandes narradores de la transición española.

(...)

Los viernes, antes del cierre, comentábamos los últimos flecos de la actualidad. En el ajetreo de O'Donnell, le acompañaban Pedro Páramo, Manolo Soriano, Nativel Preciado, Marisa Perales, Queca Campillo y tantos otros periodistas de raza, protagonistas de una época que no volverá. No renunció a los convites sociales, nunca desertó de sus raíces gaditanas, viajó -por la filosa- a lo largo y ancho del mundo, cuando sacaba tiempo para comprar sus atrevidas modelos, descubrió a tiempo la huella satelital de la radio y la televisión y pasó a ser un invitado obligado para una tertulia o una entrevista.

Junto a Pilar Urbano y Pedro Altares en el plató nº 2 de TVE, queriendo sacar el debate del tedio y queriendo poner en apuros al candidato socialista, le hizo, con ese sentido común que le acicalaba, la pregunta de la campaña: "Pero entonces, ¿qué es el cambio? A lo que Felipe González respondió: "¿El cambio? Algo muy sencillo: que España funcione". Salió airoso: diez millones de votos. Era un polemista al que le gustaba preceder a los hechos, su vitalidad, menguante pero siempre dispuesta, ponía a prueba un ingenio portentoso que inquietaba al interlocutor, aunque, a renglón seguido, tirando de empatía, lo tranquilizase.

Tenía una visión de las cosas original y dispareja así que cuando venían mal dadas el silencio suponía para él el grado más elevado del disgusto. En tiempos en que todavía fumaba sin cuartel, solía acompañar un menú sobrio, pongamos una tortilla francesa, con whiskies de malta, lo que activaba su curiosidad cáustica, pero sus interlocutores (siempre transversales) sabían que nunca iba a traicionar un secreto. Esto le convirtió en alguien fiable para el desahogo, ese recurso tan español. El traje a rayas que me hicieron aquella docena de sastres chinos armados con alfileres fue objeto de sus bromas durante años, pues le hacía mucha gracia -según repetía- lo mal que me sentaba.

Esa ironía sureña, marca de la casa, era como sacaba punta a aquello que llamaba su atención (...)Fue nuestro Tom Wolfe, escritor y periodista, sin tropezar en el tentador protagonismo de la hoguera de las vanidades. Ya le estamos echando de menos.