sábado, 31 de agosto de 2019

BALLENA EN TAPIA


MOBY DICK EN TAPIA

No tengo miedo de ningún fenómeno cósmico. Temo el cambio climático y el que, a pesar de que vamos entendiendo lo que le hacemos al planeta, no movemos un dedo para revertirlo
Natarajan, P., astrónoma de Yale

De Harold Bloom a Amos Oz, pasando por decenas de  literatos, son legión los que atribuyen trascendencia sintética a la primera frase de una obra. En El Quijote y La Regenta, las dos mejores novelas de la lengua española, Alarcos dixit, parece evidente. Yo hubiera tenido duda con Moby Dick, de Melville, y su «Call me Ishmael»/«Llamadme Ismael», pero hay doctos para los que presupone simbolismo que sigue.
Este verano una ballena, rorcual o ballena alada, varó en la costa tapiega, donde fue maestro el JUAN DE MAIRENA de la ficción machadiana, que habría impartido las muy afrancesadas asignaturas de Gimnasia y Retórica. 

No era albina como la de Ismael y Akab pero despertó curiosidad que no pude saciar pues las dificultades de acceso resultaron prohibitivas para mi pata chula, esa sí algo semejante en su arrastrado quietismo a la del vengativo capitán de Melvile, inmortalizado luego al alimón por Gregory Peck y John Huston. Sergio C. Fanjul escribió, en “La vida instantánea”, Moby Dick no se ve, se atisba en la lejanía.
No es el primer cetáceo en inmediaciones. Jovellanos ya los divisaba, los relatos épicos de la población autóctona siguen a flor de piel y al escritor García Martín  le obsequié con una manada de delfines que hicieron sus delicias y salutaciones. Don Fernando Landeira, sabio valdesano, padre del exalcalde Jesús, recoge documentos de balleneros.

La ballena de Tapia conmovió por dimensiones y famélica inanición, agonía en riguroso directo ante decenas de veraneantes, que bien sabían, contra lo escrito por el novelista americano, que no se trataba de un pez sino de mamífero. Muerte y tamaño inmensos y contraculturales. Dicen que el esqueleto va a recuperarse museísticamente.

El asesino siempre vuelve al lugar del crimen. En el caso de Tapia, el crimen paisajístico lo propicia la fiebre del ORO y su bisturí depredador que resucitan por esta entrada al Paraíso Natural. “Están los viejos cuchillos tiritando bajo el polvo”, poetizó Lorca, otro antaño visitante ilustre de esta zona que no tolerará suicidio de beldades en canal.
Tampoco nadie me quita de la cabeza que la presencia de la insólita navegante alada anuncia algo del inexorable destino,  llamado cambio climático. Ojalá me equivoque como la ballena misma o la legendaria paloma de Alberti;  celebraría que con el temor al ORO, sol abrasador, me confundiera.

En Bogotá visité un Museo Precolombino del Oro; para Tapia, sin antecedentes orfebres, me conformaría con que las posibles pepitas siguiesen bajo tierra y se redujera el desvelo explotador a la sugerente singularidad de la osamenta ballenera que ¡ya ye mucho!

No hay comentarios: