viernes, 21 de junio de 2019

QUEMAR CABELLO

¿Quién se lo peinará, carolín cacao, carolín cacao?, Fonseca, Fernando, APABULLANTE SILENCIO EXTRANJERO.
“no amo los afeites de la actual cosmética” Machado, Antonio.

Exquisitos clientes de la peluquería PACO en Cimadevilla se hacían quemar las puntas de los cabellos. En los cincuenta, era ultramoderno remedio a temida alopecia. Se decía que los especialistas de la espiral quema/crece pelo estaban en CALZÓN, frente al Campoamor. Ancestrales esencias taumatúrgicas, grabadas en la milagrería bruja de los incendios rurales controlados. Polo opuesto al refranero refrescante: barbas a remojar o el aforismo de la inocuidad, pelillos a la mar.
En recostados sillones practicaban imaginación tertuliana, sin el rústico pelo de la dehesa ni límites de prisa, - ¡cagaprisas! sacralizó, despectiva y escatológica, la RAE-; la febril velocidad urbanita sería para la insospechada década unidimensional, marcusiana.
El fuego regenerador de Prometeo, Heráclito y el profeta Elías, es, en cierto modo, oxímoron. Los desaparecidos monjes benitos de Valdediós lo retomaron por virtuosas contradicciones, agua/fuego, para letanías pascuales. Veneración de Zaratustra. La búsqueda del fuego, incansable afán desde los neandertales, pasando por la revolución industrial y filósofos, galenos y cocineros.

¿Fueron los barberos, alguna vez, cirujanos, dentistas o expurgadores de libros y reivindicadores de la libertad de la cabellera?

Las Peluquerías de Caballeros están en crisis, salvo, don Ramiro sostiene, las psicoestetas. Los cortes se retardan en la moda varonil; la melena dejó desde los Beatles, aparte Sansón, Colón o los Apaches, de ser indiciaria de género; proliferan los establecimientos UNISEX y prácticas caseras de rasurado, tras fugaz paso por las maquinillas eléctricas. En una campaña electoral me abrió a puerta fría un vecino de Ventanielles/El Palais, cara enjabonada, dispuesto al afeitado, normalidad impúdica ante el inesperado timbrazo visitante. Julio César destacaba los afeites de los britanios de Kent. Apenas se menta ya el seudomilitar “pelo cepillo” ni, como vejatorio arresto, el pelo al cero, que, en mujer, conmovió la comprometida pintura asturianista de Eduardo Arroyo. Ya Fray Luis en algún poema sensual cuestionaba el exceso de afeites femeninos.

No son, sin embargo, lo mismo rastrojos de la siega que atípicas fertilidades capilares.
Los lechuguinos, denominación de Julio Masip en tesis doctoral, acogían, entusiastas, prácticas de delicadeza barbera.

Ha habido costumbres de raya rectilínea, o diabla, pelo pincho, o alborotado, calvicies tapadas al bies, bisoñés, perillas leninistas, u otras icónicas procedencias, patillas bandolero, o de hacha, coletas toreras, crestas gallináceas, skins, gominas y brillantinas, estilos Marlon Brando (“melón blando”, para actitudes otrora imperantes) o Elvis o punkies… incluso esas brasas fatuas, apagadas en los sesenta. Quedan humos de época pero no retornos a la Peluquería PACO

5 comentarios:

Anónimo dijo...

muy culto.C

antonio dijo...

Se lo paso a Ramiro

Anónimo dijo...

Qué erudición divertida! 👍

Anónimo dijo...

stás cerca de Misericordia de Galdós con tintes de La Regenta de Clarín.Vetusta castiza Jf

Anónimo dijo...

No mencionar a Agustín Rodriguez Sahagun me parece una laguna para alguien que haya vivido la transición. Que decía: “ ¿Pero porqué todo el mundo me pregunta el nombre de mi peluquero?MJ