domingo, 14 de abril de 2019

MARCO EN VISIONES DE LA CIUDAD DE LNE/OVIEDO

Nos vemos pronto

Tres constantes al volver a la ciudad: la Catedral, la ausencia de cines y el futuro

14.04.2019 | 00:53
Los Clarín, en una imagen de archivo. 
Oviedo está en mí, aunque yo no esté en ella. A pesar de la terca distancia, en el tiempo y en el espacio, y las pocas veces que puedo frecuentarla, no hay día que pase sin pensarla, sin recorrerla mental, cariñosamente. Mi relación con ella hoy se parece a uno de esos amores difíciles que no se pueden atender a diario, en los que es necesario planificar cada encuentro, y en los que cada encuentro, que siempre sabe a poco y siempre es menos de lo que uno habría querido, es seguido de una pausa larga y el compromiso irrevocable de volver a verse pronto.
La familia (empezando por ese "¿cuando vuelves?" inexorable con el que empiezan cada conversación), la prensa, los amigos, los recuerdos, los emigrantes en la capital me permiten siempre mantener viva la llama de Oviedo, sentir sus problemas como si viviera aún a tres minutos del Campo San Francisco. Reviso su agenda política y cultural despreciando la de la ciudad en la que vivo, como si tuviera posibilidades reales cualquier día de ir a la conferencia de Tribuna Ciudadana o al concierto del Auditorio o como si las obras de esta u otra calle realmente me afectaran en el camino diario al trabajo.
Pero por más que Oviedo siempre esté ahí, nada es comparable a reunirse, a tocarse. Cada ocasión es un acontecimiento único, pero, con el paso del tiempo, he visto que hay tres cosas inicialmente inconexas pero constantes que me ocurren siempre que voy a verla.
La primera es sentir la obligación de pasar por delante de la Catedral, si es posible nada más llegar, sea de día o de noche. Es la manera de saludar, darle un beso, decirle que estoy aquí, qué bien que sigues bien? yo por mi parte bien, he traído a mi mujer y mis hijos, todos bien, no, no soy madrileño, sigo siendo ovetense únicamente? Su asimetría incomparable, la conciencia de su permanencia inacabada me alivian y me reconfortan. Estoy en casa.
La segunda cosa ocurre normalmente al siguiente día, al pasearla con calma. La mente deja escapar la imaginación a la caza de cambios y elementos nuevos, pero también de ausencias. Entre estas últimas, quizás lo que más me duele es tener que aceptar, una y otra vez, que Oviedo es una ciudad de cine, pero que ya no es una ciudad de cines. Es como si se hubiera hecho mayor, más seria. Será que los cines son cosas de infancia, que no encajan en el urbanismo actual. Pero la verdad es que los cines de Oviedo fueron algo único, y sin ellos no puedo entenderla ni entenderme.
Noto sus ausencias por todas partes. Al salir de casa, la primera mirada se escapa hacia el Campoamor, casa de la Ópera, pero también el lugar más elegante para para alargar los domingos con películas como "Evasión o Victoria", que podían verse desde esas especiales butacas y hasta plateas decimonónicas. Al pasar por la Escandalera y adentrarme en el territorio más clariniano, miro de refilón al Filarmónica, que me llevó, de la mano de mi padre, hasta "Peter Pan y al País de Nunca Jamás". Después, tras dejar atrás la Plaza de Riego, el Ayuntamiento y el Fontán, subo hacia la casa de mi abuela por la calle Principado, al final de la cual no veo lo que era el cine del mismo nombre, pero sí me reproduzco escenas dispersas de "Rambo" o "La Misión", que en él viví y sentí. A la tarde, quizás ya de compras, al entrar en Cervantes (la librería) o Salesas, o reservando la merluza a la sidra en el Nalón, es difícil no pensar que ahí al lado estuvo el Real Cinema, es decir "Amadeus", tan larga que se exhibía con descanso entre medias de los dos rollos, y algo más allá los Minicines, que eran toda una modernidad. A veces fuerzo el camino para acercarme más a la zona de mi niñez, que empieza en La Paloma y llega hasta la Plaza de América, pasando por delante de lo que era el Brooklyn, que en realidad es "Gandhi", "Pasaje a la India", "El último emperador"? y también "El retorno del Jedi" o "Dragón Rapide"? No puedo evitar entonces enfilar también por Cervantes (la calle) y Matemático Pedrayes y que se me haga enorme el hueco del Ayala mientras la cabeza tira, sin orden alguno, hacia "Los Locos de Cannonball", "Instinto Básico", "September" o "La vida es bella". Y soy consciente de que evito los Clarín, discúlpenme, me refiero a "La Guerra de las Galaxias" o "Telma y Louise", que pillan más a desmano, porque esa es casi únicamente zona de paso hacia Casa Gervasio, que es una película en sí misma.
Perdónenme si exagero. Hoy quiero más a Oviedo porque he visto y vivido más? pero sin cines no sé si me gusta más. Podrán reprocharme, con razón, que no soy justo, pues a todas las ciudades les ha pasado algo así. Pero a mí solo me duele en ésta.
La última cuestión me acontece siempre al marchar y me persigue todo el viaje de vuelta: es una angustia por no saber a dónde va. Oviedo es buena, bella y limpia, pero no está a la misma altura que estaba. Que siga siendo un sitio envidiable para vivir y que cada vez haya más hoteles para cada vez más turistas, no me impide pensar en esplendores pasados y en oportunidades perdidas recientes que han hecho que hayamos perdido relevancia fuera de Asturias. Todo el mundo sabe que aquí se come bien y que todo está limpísimo, pero aquí fuimos, por ejemplo, la sede de un mundial de fútbol y otro de baloncesto? y ahora es casi imposible pensar en algo similar. Es ahí cuando pienso que el cine (o la falta de cines) es, en realidad un síntoma, uno entre muchos, de algo más grave. Quizás de eso que hace que incluso el mayor regalo que hemos tenido en el pasado reciente, la Fundación Princesa de Asturias y sus premios, hayan sido duramente puestos en cuestión sin que sepamos bien por qué, ni para qué. Todo esto que digo podría aplicarse quizás a Asturias en su conjunto, pero eso solo hace más triste la reflexión. Oviedo resiste, sí, con una fuerte personalidad propia, pero no me basta así. Me cuesta aguardar con calma a que se cree ella misma cada día sin preguntar por sus aspiraciones, sin exigirle ambiciones. No desdeño la que fue por la que es, por la que necesitamos que sea dentro de nada.
Y mientras me alejo, intentando retener la mirada en el retrovisor y mirar a la carretera al tiempo, me siento como un amante ingrato, con mala conciencia. Tampoco tengo claro a dónde voy, pero seguiré pensándote y queriéndote. Conmigo vas. Sigues en mí. Te quiero. Nos vemos pronto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

me gustó mucho el artículo de Marco lo leí en tu blog
y a las 10 ya en Oviedo
lo vi en la nueva España
memoria del padre
un abrazo

Anónimo dijo...

Muy hermosa y lúcida reflexión de un ovetense profundo. Y, dentro de ella, una perfecta y cariñosa mención a la Fundación y a sus Premios.
Le das, por favor, las gracias de mi parte. Y si tienes ocasión háblale de mi proyecto Asturias, Capital Mundial de la Poesía.
Un fuerte abrazo.G

Anónimo dijo...

ENHORABUENA A MARCO POR MAGNÍFICO ARTÍCULO Y COMO CINÉFILA POR RECORDAR Y REIVINDICAR AQUELLAS SALAS DE CINE,TODAS.B