viernes, 18 de enero de 2019

MENSAJES VARIAS VECES MILENARIOS
“El caballo, el desierto, la noche me conocen” Burton/Almotanabí/Borges

En el breve tiempo que presidí una, también efímera, Fundación de Cuevas y Yacimientos hubo lugares que, tal la poética cernudiana, envenenaban mis sueños: Coaña, San Román de Candamo, El Nalón Medio, en la terminología de Javier Fortea y su equipo, Tito Bustillo... De esta última tuve cotidiana referencia, desgarbada y quijotesca, de Tito Trapa, padre de dos integrantes del Torreblanca, grupo descubridor al que Bustillo con su trágica juventud dio nombre. Tito padre, alto en huesuda delgadez y en saberes burocráticos ovetenses, visitaba generosamente a mi abuelo, con animado tresillo al que se dejaba perder. Era lo contrario a su predecesor del Casino vetustense, también funcionario consistorial, el personaje clariniano Basilio Méndez, que se hacía una casita con las ganancias del naipe.
Aquellos torreblancos han sido estampillados merecidamente con el oro virtual el último Día de Asturias, en el que se conmemoraba su audaz epopeya riosellana...
La imagen más retenida es silueta de caballo. Luis Fernández, el gran pintor ovetense, colega de Picasso, no pudo conocer el de Tito Bustillo y sí el más occidental de Candamo pero, en cualquier caso, estaba obsesionado por el mismo fantástico animal. El recuerdo colectivo no precisa visión previa pues basta porosa transmisión allende nuestras raíces. Ya los más antiguos chamanes noticiados diferenciaban ver de mirar y para Borges, chamán a su exquisita manera, era el sueño de Alejandro de Macedonia.
Ahora cuatro corceles entusiasman a la UNESCO, en Ekain/Deba, prolongación de la traza cantábrica, compitiendo con cuadrúpedos divinos que definía, fabuloso, Valero de Urría. De nuevo, pues, su representación cinegética, recolectora, artística, religiosa o vehicular. Los estudiosos de la cultura magdaleniense afirman que nuestros antepasados nos querían decir algo que seguimos intentando cabalgar a sus lomos para descubrir mínima señal como los pastores del Sueve en los marcajes agosteños de la Majada de Espineres, a uno de cuyos ritos civilizadores me invitaron.
Lo más impresionante no son las reflexiones arqueológicas, que también, sino la impronta en otra eternización fuera de las profundidades del subsuelo así los casos de los asturcones de Luis Fernández y la cordillera indómita, o del gran ardid silente de cartón piedra que terminó con la guerra mítica troyana, en el colmo de la Gran Literatura, por una mujer muy bella y aún los etruscos de la Tarquinia de Marguerite Duras. Cuando leí la versión original de esta novela que revolucionó una vez más la narrativa hace ya medio siglo no me aclaré bien pero la atracción equina es constante, sean el encarnado poni de Steinbeck, los de la figueirense Tina Blanco, el elegante Babieca, o Bavieca de la grafía de Pere Abbat, el rocín flaco del Caballero, el broncíneo de los celtas británicos, sin parangón al mediterráneo Manolo Velasco de La Escandalera ovetense, Plata del Llanero de antifaz, “La vuelta de las Cruzadas”, del recién ido Eduardo Arroyo, también apasionado de los antifaces, La Cuadriga bruselense, los hipódromos de decadente elegancia y apuestas trucadas, los susurros de Robert Redford, Incitatus de Calígula, o mágico Platero, ¡sin huesos!, de JRJ… Son idealizaciones imantadas por el viento del peine literario que se unen en el imposible infinito de la geometría escolar, el paralelismo entre las líneas de los sucedidos arriba y debajo de la cota cero cavernícola y artística.
Durante años viajé con cierta frecuencia política por el Sahara constatando que camellos y dromedarios resisten la tórrida arena; pronto me sorprendió saber que mucho antes los caballos recorrían el actual Magreb Sur y eran los semovientes preferidos de las tribus pobladoras para las subastas, la carga y el galope sin que, luego, aguantaran la crudeza del medio, que también se cargó varias fases humanas y prehumanas, tal nos repite Yuval Noah Harari, hogaño best-seller excesivo.
La memoria es más fuerte que el clima. El artista de Tito Bustillo, los candaminos superpuestos y los demás; algunos incluso pintaban recostados, posición que copiaría en su incómodo andamiaje un tal Miguel Ángel Buonarroti, lo dejaron claro mientras seguimos descodificando el despistante mensaje

1 comentario:

Anónimo dijo...

Soy de los que valoran los caballos,A