domingo, 23 de diciembre de 2018

EL BELÉN


EL NACIMIENTO Y LE PONT D´AVIGNON

Tía Lelé Hidalgo, cuyo talento artístico intuyo en su sobrina Patricia Urquiola y en sus nietos, la cineasta Violeta Barca y el grafista Nicolás Reyners, nos convocaba entrado diciembre en casa de los abuelos. Conmemorábamos el primero de los Santos Lugares. Nominábamos “Nacimiento” más que “Belén”. Las figuritas se empaquetaban de año en año. Pinceladas del Arte había en la recluta de los primos, todos con misión imprescindible, y en buscar cada vez diseño distinto. Los caminos en curva-Lelé nos explicaba que eran caros al impresionista Cézanne con los que engrandecía la perspectiva- conducían al portalín, cortezas del inmenso desaparecido pinar de Salinas, musgos y un feérico papel de caramelo, que convertía diminuta linterna en lumbre, “evangélica hoguera permanente”. No faltaban mula y buey que luego Benedicto XVI ha proscrito. Las estrellitas de cinco y seis puntas, sacadas de plateadas chocolatinas redondas. Mercedes Neuschafer-Carlón en su encantadora, y ¡grande!, “La acera rota” ya novela una niña ovetense montando con trucos parecidos el Nacimiento en plena guerra.
Siempre repetíamos rito, incluido pánico abisal a que no se terminase para Nochebuena con angustia a generar tristezas en la piadosa abuela, impedida, anhelante de lejos.
Al abrir paquetes encontrábamos algún dromedario descabezado o perniquebrado. Recurríamos entonces a la acupuntura, pegamento Imedio por medio, pues la tía había sido enfermera en lejana guerra.
En una de esas navidades de ensueño, faltaron elementos del puente para encimar el trozo de espejo, sucedáneo fluvial, cuya lámina era por definición cristalina. El destrozo del viaducto carecía de remedio. Entonces, Lelé nos contó, neutralizando decepciones, que había puentes eternizados en mitad. Así el de Avignon sobre el Ródano que ya cantábamos en lengua gabacha. Las señoritas de Picasso, en su iniciático cubismo, ¡no eran de Aviñón sino de una calleja de Barcelona!. Mejor calaban las leyendas de Laura, amada de Petrarca, resucitada por Paco Rico y Vitín Botas, y la de un pastorcillo divino como el Jacinto de Fátima que habría construido un puente que pecados humanos rompieron.
Avignon,,, terruño de Tartarin, que, en su ficción aventurera de leones cinegéticos, también se valía de camellos…
Pasando los años, me correspondió abrir una empresa española en la legendaria ciudad francesa de los Papas, obsesionándome con el puente que nunca terminamos chez los abuelos. Otra connotación del viaje mental de Avignon al Nacimiento//Belén de la celdilla del recuerdo me lo proporcionó descubrir el tránsito entre dependencias del Palacio de los Pontífices que no podíamos atravesar sin agacharnos mi hijo Marco y yo: Luna y otros Papas exilados y/o cismáticos parece claro que no tenían nuestra estatura.
Hay, en cualquier caso, obras que no se terminan jamás. En Política, mi vocación desde niño, especialmente; lo supe siempre.




4 comentarios:

antonio dijo...

Nostálgico relato. En mi niñez de Infiesto en muy pocas casas particulares ponían nacimiento. Eso era debido a que era una distinción a la solo algunas economías podían llegar o habían llegado. Las piezas generalmente magníficas eran artesanales y en general bellas. Si se ponía el nacimiento que lo creíamos también nuestro en la iglesia parroquial. El diseño y ubicación de las piezas era asunto reservado a las señoritas catequistas, nosotros nos teníamos una tarea más apasionante: ir al monte Cayon a recoger musgo, y despellejar árboles para conseguir cortezas, materiales que junto con el serrín que obteniamos de uno de los aserraderos en saco que llevábamos en una carretilla, constituían el material de la infraestructura de la obra
Había otro nacimiento: el del colegio de las monjas: en este no intervenimos, y siempre nos preguntamos cómo se las arreglaba aquellas hermas, que eran nuestras maestras, conseguían las cortezas, el musgo, y el serrín. En cualquier caso, las hermanas monjas hacían siempre un nacimiento mucho mejor al de la iglesia parroquial. No ganaban por la estética de las figuras, el detalle diferencial que nosotros aoreciabamos mucho era que ella incorporaban un río de verdad, en el que desde luego había puentes y pescador sonriente y con gorra, también aparecía alguna mujer lavando. Además añadían aquellas laboriosas monjas una efecto continuo de luz y Sombra que permitía que cada cinco minutos o diez, no me acuerdo, se hiere el amanecer, el medio día, la tarde y la noche sobre el hermoso nacimiento. Entonces, tampoco llámanos Belén, eran el Nacimiento de la Iglesia y el de las monjas
Eras muy hermos aquellos fríos días, tiempos en los que las casas - al menos en la mayoria- no se conocía ni el cava ni el champagne, y si la sidra del gaitero de papel de plata -el río del nacimiento de la Iglesia- y las gentes humildes, esto es todos los hombres mayores, agarraban con anos y coñac en sus casas el día de Nochebuena una borrachera importante. Estaba también la misa de Gallo. Pero eso es otro asunto.

Anónimo dijo...

Muy feliz Navidad. Dice Saint Exupéry( Pilot de guerre, 1942, p.100) " D'ou suis je? Je suis de mon enfance comme d'un pays". Nuestra infancia es nuestra patria y la Navidad es nuestra infancia.Feliz Navidad, feliz retorno a la infancia!.
Un abrazo navideño sobre todos los puentes de Avignon inconclusos!JF

Anónimo dijo...

Muy bueno, Antonio, escrito con el corazón.
Besitos y Feliz Navidad😘C

Anónimo dijo...

Aprovecho tu artículo para felicitarte las navidades.F