viernes, 5 de octubre de 2018

PEDILUVIO


Hace un año asistí, en Vegadeo, a una conferencia de Javier Cancio-Donlebún, desmontando el mito de la Searila, hermosa joven, cuyos amores con Antonio Cuervo y Castrillón darían para fábulas legendarias, datadas un siglo después en poesía recrecida por fraudulento autor; también existe la reliquia de una mata de pelo, supuestamente obtenida tras la apertura romántica del sepulcro, y alusiones al no menos supuesto enfrentamiento entre familias liberales y carlistas veigeñas, antes de que don Carlos María Isidro armara sus pretensiones dinásticas antifeministas contra su sobrina Isabel II. Luego, el riguroso conferenciante, descendiente colateral de don Antonio, amplió aportaciones desmitificadoras en sendas intervenciones en El Campo del Tablado de Castropol, y en el Palacio Toreno, sede del RIDEA, en la ovetense Plaza de Porlier. El Real Instituto de Estudios Asturianos dará a la estampa un librito de sumo interés desmenuzando poema, contexto y mito. Por mi parte, polémica al margen, en una sabatina de este periódico, recogida luego en mi blog (www.antoniomasip.net 11/8/2017) y en la revista de La Balesquida, me hice eco sucintamente de las revelaciones de Cancio-Donlebún sobre cosas, personajes, fábulas y fabuladores.
Entre hojarasca de leyenda maravillosa, retuve que el romántico amor había brotado cuando Rosa Pérez Castropol, la Searila, mojaba sus pies en la ría del EO, que tan impropia y tercamente algunos insensatos en la orilla gallega llaman Ría de Ribadeo, dicho, sin embargo, con todo respeto al titular de un marquesado imposible.
¡Oh, el erotismo de las extremidades en Carreño Miranda y en tantos artistas! Mojar pies, lavarlos, es PEDILUVIO. María Moliner se refiere al terapéutico baño generalmente muy caliente y con algunas sales, como medicación. En “Desde mi ventana”, aludo a una expresión de don Carlos Canella, en su día mi vecino de escalera, recluido en el segundo piso de la calle Fruela 9, cuando le decía al entonces joven erudito Pérez de Castro, refiriéndose a Jovellanos, “¡no me hable usted de ese gochu que solo hacía seis pediluvios por año!”. Otro estudioso, Manuel Álvarez Valdés, resaltaba la recomendación médico higienista al gran Jovellanos de pediluvio cada tres días.
En las cercanías de Viladevelle, donde el fabulado encuentro fluvial de la Searila y su jinete enamorado, está, en otro recodo de la ría, El Esquilo, refugio que fue de un joven gánster chicagüense, superviviente de la famosa “matanza de la noche de San Valentín”. Es otra leyenda poco mentada hogaño, salvo que el muchacho castropolense, huido de Al Capone, pasó antes por Buenos Aires y, sobrevenida la incivil guerra española, las desapariciones de la Santiniebla de Luis Cernuda, es un suponer, le parecerían cosa menor en tiros, asesinatos fratricidas y secuestros nocturnos, lo que coincidiría inopinadamente en semejante deshumanización con el reciente librito de Miguel Angel Serrano Monteavaro, “La guerra civil en Castropol y Figueras”. El topónimo Esquilo recuerda en asturiano a antiguas ardillas, Squirrel en inglés, como llamaban a miembros de la North Gang Side, enfrentados a Capone.
En cualquier caso, puede que ni la Searila ni el aprendiz de gánster precisen la leyenda para seguir existiendo en su maravillosa ría eota, ni Jovellanos o Cernuda fuera de ella.     


2 comentarios:

Anónimo dijo...

BIEN.A

a.masip.hidalgo dijo...

PRÓLOGO A LA SEARILA DE JAVIER CANCIO

Al parecer mi admirado clarinista José María Martinez Cachero, al que puse una calle en Oviedo, sostuvo, ignoro con qué intensidad, que sobre la Searila ya estaba todo escrito, por lo que no procedía tesis universitaria alguna. Se confundía pues faltaba este libro, necesario y fabuloso, de Javier Cancio-Donlebún.
El autor da su rigurosa, rigorosa decía Ortega, investigación a la estampa donde procede, este Instituto de Estudios Asturianos, lugar especialmente vocacionado para el punto final al mito eoto, con énfasis en todas las íes, muchas, por cierto, entrañables, que se han dicho y escrito en casi dos siglos de perorata con el fondo de los amores entre doña Rosa Pérez Castropol y don Antonio Cuervo Castrillón.
Escribo necesario pues el mito romántico exigía mayor tratamiento, profundo y académico, y fabuloso pues Javier Cancio-Donlebún se enfrenta con honestidad y esfuerzo encomiables que raya en lo fabuloso a todas las fábulas que rodean los versos que en su día soltó su antepasado colateral, don Antonio Cuervo.
Ha contado para tan noble tarea, además de los públicos, con archivos familiares y con un instrumento sobrio, el llamado Trabajo Fin de máster (TFM), en el que le ha justamente laureado en Historia la Universidad de Oviedo.
Los tfm, y aún las tesis doctorales, atraviesan una crisis profunda de credibilidad con graves sucedidos en Universidades madrileñas, pero de la seriedad y méritos de Javier Cancio-Donlebún dan cuenta ejemplar estas páginas, insisto fabulosas, que, por su originalidad y muestras evidentes de ponderado rigor, no precisan someterse a control oportunista y/o informático alguno.
Conocí a Javier en los actos fundacionales de una asociación eota, o eoaria, que tristemente no tuvo mayor recorrido, la Sociedad Asturgalaica de Amigos del País que unos aventureros, bajo la presidencia del poeta Luis López, quisimos poner en marcha desde el castropolense Campo del Tablado y por toda la ribera de nuestros río y ría fronteros, que no divisores. En aquellas reuniones en que fijábamos objetivos y rutas ya pude apreciar la calidad humana e intelectual de don Javier que bien me confirma ahora con esta aportación definitiva al mito de la Searila que pone patas para arriba.
De la lectura de este libro, tan importante en mi consideración personal, podría deducirse que la formación humanista de Cancio-Donlebún correspondería a un licenciado o doctor en el amplio espectro de la Ciencia de las Humanidades, cuando sus orígenes en la acreditación y suficiencia académicas están en la ingeniería.
Enterarme de que Javier es ingeniero industrial me hizo recordar las sabrosas horas que en su casa de Oxford me concedió generosamente don Salvador de Madariaga. A no olvidar tampoco que el primer nóbel español de Literatura fue ingeniero, Echegaray, y que uno de nuestros mejores novelistas de posguerra es Juan Benet, ingeniero, que vivió tres años en la ovetense calle de Uría donde escribió su primer libro, la recopilación de relatos NUNCA LLEGARÁS A NADA.
No exagero si digo que en la escritura de Cancio-Donlebún he apreciado cadencias de esos prestigiosos predecesores en la ingeniería, cuyos altos y exigentes estudios politécnicos algo debieron contribuir a domar unos textos con redoblado rigor.
Sobre la Searila no estaba, en definitiva, todo dicho; lo está, sin embargo, ahora.
Gracias Javier