jueves, 30 de agosto de 2018

ISLANDIA


ISLANDIA

“Islandia de la gran memoria cóncava//que no es una nostalgia”. BORGES, J.L.
Muchos autores incorporan a su vida consciente la trayectoria experimental de sus inmediatos antepasados; Francisco Ayala, clarividente centenario, lo filosofaba también con las experiencias de los descendientes. Si así fuera, y creo que lo es, debería incorporar a mi acervo la maravillosa visita que, con motivo de una comunicación congresual universitaria, ha hecho recién mi hijo a Islandia así como su encuentro madrileño con Barack Obama. Me prolongo también en el poemario de mi hija a punto, breviario Goethe, de salir a la estampa.
Tenía bien descartado por mi parte viajar antes del fin de mis días a la “isla de hielo” sobre la que tanto peroró Borges, con dioses ancestrales, poemas guerreros y los mágicos juegos de su filología, como sucedía providencialmente también a don Álvaro Cunqueiro, bebedor del tiempo lírico de la mitificada Bretaña, que no la había pateado pese a la relativa proximidad mindoniense. Los apasionantes detalles del periplo filial han resucitado en mis adentros paisaje y paisanaje unidos en gasas de brumas, no solo borgeanas, o volcánicas, o del supuesto precoz descubrimiento precolombino del navegante vikingo Leif Erikson, sino por la fuerza indómita de una tierra enigmática, entre acentos de estanques termales, ríos calientes de orillas nevadas, placas geológicas contrapuestas cuya falla prueba el crecimiento terráqueo continental, glaciares derretidos en lagos, soles de medianoche, lavas y basaltos hexagonales, vientos secadores de la terca llovizna y versificación de métrica en otra dimensión cósmica. Julio Verne escogió, sin conocerlas, prodigiosas cavidades para novelar el fantástico viaje al centro del globo fabulando criptograma de un ficticio alquimista. Bobby Fischer, genial ajedrecista, tiene allí tumba, a la que quiere peregrinar mi amigo J.L. Fanjul, seguidor apasionado de sus históricas partidas.
En Bruselas, donde estuve una decena de años, me sorprendió un dirigente islandés, defensor de la adopción del euro monetario pero jamás la concepción unitaria de la U.E..
Hay quien sostiene que Groenlandia e Islandia, de común pasado colonial danés, equivocaron sus nombres. La verde sería Islandia y la helada Groenlandia y no al revés como la literalidad inglesa de sus topónimos, ICELAND y GREENLAND.
Orlando Pelayo, cuyo homenaje por Lluis Xabel Álvarez y Luis Feas me alegra, decía que no había encontrado el verde asturiano en ningún otro país europeo, si bien desconocía Irlanda y olvidaba la vocación continental islandesa. El gran pintor gijonés nunca vio Reikiavik ni el resto  cóncavo secreto; yo tampoco pero me conformo para siempre con hacer mía la teoría asimilativa de Paco Ayala.
Por cierto, el expresidente Obama, al que antes aludí y me hubiera prestado conocer por mí mismo y no solo de forma interpuesta, es apasionado de la épica trasatlántica del navegante Erikson, cuya leyenda resiste mejor que las supuestas aportaciones científicas de la afamada Kon Tiki, puesta hoy en solfa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jeje, acabo de volver de hacer 2500 kms por islandia. Maravilloso. Es la hija que tuvieron entre Chile y Escocia...
Abrazos
N