viernes, 8 de junio de 2018

EL ABRIGO

EL ABRIGO

Hasta el cuarenta de Mayo//no te quites el sayo.

Entrada la primavera me despido del abrigo hasta mediado el aparente lejano otoño. Lo recomienda en estas páginas el escritor Fernando Menéndez. Será prenda más topadiza en el perchero que los guantes que siempre se deslizan a recovecos de ninguna parte. En La Boheme, de Puccini, uno de los personajes entrega su incondicional abrigo para comprar medicinas a la entrañable Mimí, sin derechos históricos a la sanidad; en "El Puente de los Espías" el abogado O'Donovan/Tom Hanks debe ceder, coactivamente, su elegante abrigo neoyorkino a una banda de chavales desnortados junto al Muro de Berlín mientras busca la Avenida de los tilos. El mío lo adquirí en la londinense Bond Street al lado de las efigies de Churchill y Roosevelt, sentados en un banco de Mayfair, donde perdió la vida el nieto del gran Santarúa, y me viene durando unas cuantas invernadas.

A Lenin quisieron inmortalizarlo en Petrogrado con gesto oratorio y abrigo que, cuenta la leyenda, un obrero le habría preguntado dónde se compraba, a lo que el pensador comunista  respondería:"¡en Finlandia!", como el Guzmán el Bueno de León, “Si no te gusta…ahí está la Estación”. 

Sé que esa respuesta del gabán broncíneo de Vladimir Illich tiene mucha miga local, incluso chiste, pero mis lecturas postsoviéticas han sido tan fugaces que nunca he captado sentido profundo. 
¿Qué secuelas quedan en Rusia del laboratorio probeta del marxismo-leninismo, "socialismo en un solo país" decía Stalin? La Nóbel bielorrusa Svetlana Aleksiévich se adentra en el epitafio apabullante de un réquiem helado y rojo. En una reciente novela sobre la División Azul se cuenta el hecho verosímil de que a cuarenta grados bajo cero, cuando iban a orinar, los soldados se ponían un viejo calcetín sin puntera en el miembro para evitar la congelación y que luego hacían artísticas creaciones decorativas con el líquido amarillo helado.

 Mi abrigo, unido a andanzas viajeras, en mi caso demasiado tranquilas, no se presta a complejas interpretaciones ni aventuras infinitas. Su guarda hasta fin de año se debe al simple avance feliz de la primavera, que motivaba poéticamente a Ángel González. Nada que ver con el inoportuno, para Carlos Sierra y tantos, Williams B. Arrensberg de Plaza Porlier que pasará la nueva temporada climática sin inmutarse a cambios. En cualquier caso, su abrigo cruzado, sin cerrar, sobre los hombros, es señal inequívoca de entretiempo.



Es decir, de ahora mismo, me guste o no

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