domingo, 18 de febrero de 2018

Orti Bordás

ORTÍ BORDÁS EN  LA REVOLUCIÓN IMAGINARIA

Un buen amigo se sorprendía hace años de que le hablara con admiración de José Miguel Ortí Bordás, cuya trayectoria le parecía de todo punto incompatible con la nuestra. Sin embargo, insistí en que era cierto: las intervenciones de José Miguel en los seminarios de La Granda me parecían no sólo inteligentes, que eran muy sagaces y ponderadas, sino fuente que, pese a lo mucho escuchado de los protagonistas de la transición política, siempre traía algo nuevo y clarificador.

Ahora "Revoluciones imaginarias. Los cambios políticos en la España contemporánea" es un apasionado, "desapasionado" e ilustrado, análisis de un par de siglos hasta desembocar en la llamada transición que tan bien conoce como testigo, y hasta coprotagonista. De esa señora, doña Transición, creía yo ingenuamente que se habría dicho ya casi todo pero unas pocas páginas de Ortí bastan para convertir hogaño su obra en necesaria, imprescindible y novedosa. Además de perorar sobre el pasado, lo ocurrido ha poco, y, en particular acerca de la divagación de su original hallazgo de desvalorizar que en España no ha habido, ni de lejos, "revoluciones" que mereciesen ese mitificado nombre, nos plantea cuestiones de futuro en las que podemos o no discrepar pero que merecen general reflexión.

En aquellas mañanas estivales y luminosas de la Granda ya diferíamos ligeramente sobre el sistema electoral del que la democracia española, con muy leves variantes, ha sido deudora hasta el exceso. A mi modo de ver, al no contar con una circunscripción única como los franceses o los portugueses con la elección del Presidente de la Republica, el legislador español optó, con legitimidad y éxito, por el régimen parlamentario con base representativa provincial y la llamada corrección d'Hondt, que se ha mantenido casi inalterable hasta nos. Siguiendo a Ortí, con el que mis recuerdos coinciden, ante la predemocrática Ley de Reforma Política hubo fuerte disidencia de Fraga y los suyos de aquellas calendas, que buscaban la representación mayoritaria, también de base provincial, plegándose enseguida a la proporcionalidad corregida de Suárez, audaz siempre, y, tras propiciar el nacimiento del bipartidismo, todo prácticamente pasó a ser lo que es. 

Hay, pienso, además cierto adocenamiento ciudadano, reacio a tolerar cambios. Sin embargo, los partidos minoritarios de vocación gubernamental nacional, es decir, ¡los no nacionalistas!, se sienten, con cierta razón, infrarepresentados y su reivindicación, errática o no, debe debatirse. 

¿Qué va a ocurrir pues algo, a mi juicio, va a suceder? Esa pérdida al vacío de restos duele a partidos y seguidores, que son hipercrítica legión, aunque en países de antiguas democracias lleve siglos sin solucionarse.

Otro asunto de necesaria corrección es la llamada disciplina de voto que violenta a veces la conciencia de los diputados. Lo digo con la legitimidad que, con disciplina más liviana, tuve en diez años de Europarlamento donde me aparté, en ocasiones, de la indicación gestual, o escrita, del voto, sobre todo en defensa de los derechos de autor, de los derechos pesqueros de los saharauis y de las condiciones de expulsión  de emigrantes, o en pura defensa de la jurisdicción asturiana (carbón, aluminio, cuota láctea y pesquera, angula, "efecto estadístico"...). Es asunto complejo, incluso muy complejo, pues determinadas instituciones corren riesgo de parálisis de generalizarse en la libertad completa de voto.

En cualquier caso, yo optaría por circunscripciones pequeñas de forma y manera que el diputado sea bien conocido por sus electores, con los que debe, o debería, estar en permanente contacto. Y, arreglada la cercanía diputado/elector, que debía ser, y no es, la base del sistema, los votos que no van al electo y superen unos mínimos preestablecidos puedan, o deberían, recuperarse quizá en una lista nacional.Piénsese en el hueco que ha propiciado Tabarnia.

Por último, como ha escrito aquí Natalia Vaquero, Ortí Bordás pudo haber sido el destinado al papel que correspondió a Adolfo Suárez. Como el abulense tenía los mismos orígenes azules, semejante proximidad a Torcuato Fernández Miranda, y la misma convicción de dirigirse hacia la Democracia y la Autonomía, esta sin duda retocando, ahora, competencias en materia de seguridad, ¡pensemos el desastre de los Mossos catalanes con el atentado de las Ramblas!, y las confusas competencias en materia de Educación, que deben arreglar de una vez la tentación a ignorar España y al español. 

Pero hay algo en que Ortí y Suárez no se parecen en absoluto: el primero tiene una cultura, que se aprecia en el libro, y que faltaba en el más afamado actor de la pieza, Fernández Miranda dixit, teatral de la transición.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente de forma, plantea uno de los grandes problemas políticos de la España actual, como es el electoral Sobre él me gustaría que un día pudiéramos charlar largo y tendido.O