viernes, 1 de diciembre de 2017

Un skate baja Santa Cruz

L'esperance est la plus grande de nos folies(')
Alfred de Vigny/Josep Pla


En El Tragaluz de Buero Vallejo los ecos de calle cuelan el semisótano. Mi edificio también cuenta rendijas ensotanadas pero los ruidos arriba son metáforas de naturaleza distinta.

En mi tiempo neoyorkino, me prestaba el zumbido de jóvenes ejecutivos en patinete convencional que, con aires de atildados catecúmenos mormones te adelantaban, enloquecidos, por Central Park South Street, ante los antiguos Plaza y Saint Moritz, ordenador al hombro, gabán o terno, y corbata, para llegar, puntuales e impecables, al curro y, de vuelta, al metro y al transbordador.

Han pasado años. Calle Marqués de Santa Cruz de Marcenado abajo, un rapaz no en el artilugio de los patinetes de mi infancia sino en skate/monopatín y su leve sonido de rozadura. Bien conozco la inclinación, favorecedora de la velocidad, de la vía casi desde que, sietemesín, nací a esa vera. No había skates, ni  por supuesto skaters, en mi mayo de 1946, tampoco medio siglo después, apreciablemente, en Nueva York y sí los había para esos últimos entonces en Oviedo, pues a demanda tribal pusimos instalación para virtuosos del equilibrio que duraría, tatuada de grafitos, un par de décadas. Fue propuesta del concejal Álvaro López Cueto-Felgueroso para la antigua pista de Hockey del Paseo de los Curas, El Espolón de La Regenta. Los skates no estaban de moda aún ni los utilizaban los jóvenes administrativos espabilados del Manhattan finisecular. Sí, ha poco, en El Puente de Londres, Ignacio Echeverría se enfrentó con su monopatín valientemente a la Yihad.

Severo Ochoa, en esta misma calle, borde francisco, por donde evoqué antaño a Jesús Neira y Gonzalo Suárez, otros dos talentos asturianos, me reprochaba que no hubiera sido capaz, en mi alcaldía, contra su optimista y amistoso pronóstico, de acabar con la gamberra insoportabilidad de carburadores mal usados.

Siento, en efecto, cómo baja, veloz, el skate, pero no le será tan fácil volver cuando llegue a Los Álamos, aunque quizá la destreza del usuario reconvertirá maniobra hacia arriba.

José Francés llamaba al Paseo "el costado izquierdo, donde el corazón late del San Francisco". Muy antes del mosaico de Antonio Suárez, tan digno de mimo para Laura Diez Prieto, exconcejal, y Marisa Ponga, entre otros de carbayonía profunda, lo quiso inmortalizar el Jove de "Un tal Suárez". Ese paisaje literario urbano de "La bien novelada" fue ensalzado por Martínez Cachero y Melchor Fernández Almagro, Melchorito para García Lorca. Estoy, en cualquier caso, seguro de que el ascenso cuesto sería silente, incluso inapreciable desde mi ventana, ¿y si no por qué carraspean apenas las ruedecitas bajando por el rugoso revestimiento de la acera mientras al subir el raspado casi enmudece?

Los ecos callejeros son la constante de El Tragaluz, pero la esperanza metafórica aquí y ahora es otra, alineada con aquel anónimo que, sin patentar, inventó la rueda, quizá el mayor paso de la Humanidad desde la pinza digital, de la que tampoco nadie generó haberes registrales. 

El desconocido chaval de la estela acústica del skate se desplaza apoyado en ruedecitas de poliuterano. Son, en su modernidad, diminutas y sofisticadas pero bien manejadas por tobillos y músculos  genuflectentes, sin manos ni motores, permiten una cierta mágica andadura que jamás alcanzaré por mi parte en la Santa Cruz de mis natalicio y vida.

(') La esperanza es la mayor de nuestras locuras.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Saludos desde la calle Santa Cruz de Marcenado de Madrid.C.y J.

Anónimo dijo...

Me gustan tus recuerdos y como,los cuentas.
Abrazos.F

Anónimo dijo...

Antonio, encantador articulo.
Fuerte abrazo.C

Anónimo dijo...

Compartiendo la locura de la esperanza ,aunque sea más allá de la razón.
Llegué a Vetusta desde la aldea y me sentí en casa toda la década de los setenta ,así que también comparto el rumor de la calle.
M

Anónimo dijo...

ESPOIR es cuando alguien cree que todavía se puede producir algo que espera o, por el contrario, no producirse algo malo. Es algo más trivial y personal.
ESPÉRANCE es en principio una de las tres virtudes teologales y, como tal, no es personal sino que remite a la “esperanza en general”.
Alfred de Vigny acierta... Para Malraux, en mi modesta opinión, “l’Espoir” es el de unos hombres concretos que luchan en una contienda determinada como es la Guerra civil española.
Un abrazo.
D

ANTONIO MASIP dijo...


En Alfred de Vigny, recogido por Pla, leo L'esperance est la plus grande de nos folies ,¿por qué esperance en lugar de espoir?