lunes, 10 de julio de 2017

Extracto del discurso de Javier Fernández en Cudillero sobre Elogio de la Moderación

Elogio de la moderación

De valores y virtudes en el desarrollo de la actividad política

10.07.2017 | 03:38
Asistentes a la ceremonia de entrega de la "Amuravela de Oro" durante el discurso de Javier Fernández. 
Para los políticos, la afición a la buena literatura no es una pérdida de tiempo, sino un ingrediente fundamental de la pasta que los conforma. La comunicación sólo es posible mediante el lenguaje y el lenguaje se adquiere por impregnación. Por eso creo, como Vargas Llosa, que la literatura es tan importante para los políticos: porque debemos, deberíamos, ser capaces de hablar un lenguaje que la gente pueda entender (...). 
Si el lenguaje no cuenta con la suficiente contaminación literaria las opiniones sobre el bien y el mal, lo legal y lo ilegal, lo público y lo privado, lo propio y lo ajeno, quedan en escuálidas dicotomías sin matices, repetidas por políticos formados en la escuela de muñecos ventrílocuos que evitan con eslóganes y sambenitos las facetas inconvenientes de la realidad. 
Algunos discursos de apariencia muy potente, resultan incapaces de acercarse al otro. No se trata de un asunto menor, porque la polarización política aumenta en la misma proporción en la que disminuye la calidad del debate. En nuestro país, el debate está monopolizado por el eje izquierda-derecha (...). Y tal es el dominio de ese monopolio que quienes han querido introducir planteamientos más transversales han abandonado esa pretensión para ubicarse definitivamente en la izquierda de la izquierda. Después de tanto amago, la posición en el eje izquierda-derecha sigue siendo el gps más socorrido (...). 
En este contexto, ustedes me distinguen con lo que denominan "un discurso conciliador y dialogante". Ser moderado es saber que la política es un aprendizaje de la decepción, porque está incapacitado para ella quien no haya aprendido a dar por bueno lo que no le satisface plenamente. No puede ser moderado ni el político de las reivindicaciones absolutas, ni el que piense que su interés se formula contra otros, ni el de la insobornable intransigencia moral. 
Aclaro que tampoco se trata de hacer política a golpe de consenso universal. Ser moderado no consiste en negar el conflicto; de hecho, la política es inevitable justamente porque el conflicto también es inevitable. La firmeza y la moderación no son enemigas; tampoco la discrepancia y la moderación son incompatibles. Ser moderado consiste en no interpretar la política como un combate, en no achicarla a un antagonismo concreto que opone un nosotros virtuoso frente a un ellos vicioso. Consiste también en desterrar del lenguaje político el tono camorrista, el matonismo amedrentador, en renunciar a la descalificación ética del adversario al que se describe a la manera hindú como un "intocable" (...). 
No me gusta rendirme al tópico, a esa visión exaltada y romántica del carácter español, tan frecuentada en los últimos siglos por los propagandistas de nuestra leyenda negra, tan añorada también por el casticismo trabucaire para justificar el retraso científico y el desdén por la investigación. 
Digo que detesto el tópico, pero ochenta años después, al escuchar algunos discursos no puedo más que dar la razón a Azaña. No se trata, afortunadamente, de que otra vez a media España le sobre la otra mitad, sino que la dialéctica amigo-enemigo parece convertirse de nuevo en el eje capital de una idea de la política en la que lo que importa es ser uno de los nuestros (...). 
En ese contexto, dudar es muy importante. Créanme, yo siempre tengo dudas. Al fin y al cabo, la duda es una actitud plenamente humana. En la política española ocurre al revés. Los populistas no dudan. Los nacionalistas tampoco dudan. Ahí siguen con sus naciones, sus soberanías, sus referendos y demás entelequias metafísicas, ese lenguaje mítico con el que preparan las tisanas que nos marean con sus vapores. Andan también en búsqueda de una emoción, la expectativa colectiva ante una supuesta parusía que inaugurará un mundo nuevo (...). 
Me dicen siempre que al independentismo no se le puede replicar sólo con la ley, con la espesa prosa de los juristas, porque es un sentimiento, el sentir propio de quienes se consideran nación. Yo respondo que ya lo sé, que tengo muy claro que hay un fortísimo componente emocional, y que precisamente mi preocupación es que no se conteste al sentimiento con el sentimiento, porque los choques emocionales tienen muy mal remedio. No sé cuál será el punto exacto de la solución, pero estoy convencido de que sólo se alcanzará mediante la razón, la política y la duda. Y si de algo carecen los independentistas es de dudas. Créanme de nuevo: tratar con gente que siempre va cargada de certeza resulta muy problemático. 
Sigo con mis dudas. Una de ellas es si dentro de dos años, cuando me retire de la vida pública, me adscribiré a una ONG. Siempre pensé que toda unilateralidad es deformante: estar solo a favor de algo, no tener otro criterio que la técnica, ser completamente de un lugar ? en cambio, lo de las ONGs es distinto por lo que supone de responsabilidad desinteresada, por su altruismo y su papel benefactor. 
Además, la gran ventaja que tienen frente a la política es que explican la realidad y el mundo con una sola referencia, un solo objetivo y un solo problema, despreocupándose o al menos abstrayéndose de todo lo demás. Esa concentración tiene que generar una gran paz interior (...).
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