sábado, 20 de mayo de 2017

Mar de sangre

"... el puro mal, el mal sin rostro,
que hunde la vida en un siniestro infierno."
A. Duque Amusco



A don Ángel García.

Sobrecogen los miles de ahogados del Mediterráneo. Gentes de todas partes. Quizá alguno pudiera ser de los hindúes o pakistaníes que conocí en los centros de retención de Ceuta y Melilla. Se hacían pasar por ciudadanos indios, creo, pues les constaba no había convenio de devolución y en cuanto les soltaran volverían a intentar el paso al viejo continente, incluso a nado. Mar de sangre, escribió, creo también, Manolo Vicent que sin duda puso "el Mediterráneo vomita a la gente que naufraga por la injusticia".

Cuando yo regresaba entonces a la península en microbús que debía subir a un transbordador del Estrecho, uno de mis colegas de inspección europea se chivó que en los bajos del vehículo llevábamos un par de refugiados. No sé cómo X pudo darse cuenta pero sí sentí su gélida sonrisa al reprocharle que yo no los habría denunciado.

Ahora mismo son miles. Nuestra calidad de vida procede al doble enterramiento del olvido. 

Me sorprendió, incluso gratamente, cómo en la colina de Arlington cerca de Washington hay cientos de lápidas blancas en la inmensa ondulación del terreno. La de Kennedy tenía llama al viento y guardiamarinas rígidos, pero todas las demás bien legible nombre, apellido y alguna fecha y lugar. Cuando fui Alcalde recibí varias veces a la Comisión de familiares de la Fosa Común con motivo del monumento encargado a Fernando Alba. Dos personalidades, hoy tristemente desaparecidas, me impresionaron con impecables razonamientos: Cavite, langreano que así llamaban por una batalla filipina y Félix Espejo, al que va dedicada la última novela de Alberto Polledo. Espejo y Cavite exigían reivindicación razonable, ¡que los nombres de los asesinados estuvieran esculpidos!

García Lorca escribió en Nueva York versos cuyas claves dieron diversas interpretaciones: "el mar recordó ¡de pronto! / los nombres de todos sus ahogados".

Los muertos del Mediterráneo no serán jamás nominados sino, aún peor, se sucederán interminablemente mientras el egoísmo se debate contra cualquier ayuda, salvamento marítimo, integración o mínima apertura fronteriza. ¡Nominación ninguna!
  
Ha mucho que Cuco Cerecedo me presentó a la viuda de Frantz Fanon en el corazón de África. Los escritos de aquel siquiatra de multitudes y de la ancha negritud me conmovieron tanto como me siguen doliendo estas desapariciones diarias del Mare nostrum pero, al parecer, no tan nuestras sus víctimas, innominadas o no en alguna aldea lejana y empobrecida por la hambruna de lo que antaño llamábamos Tercer Mundo. Entonces se mentaba a Guevara, Lumumba, Gandhi, Ho Chi Minh, Teresa de Calcuta...ahora no hay ni personalidades carismáticas de esas lejanías.

En otra sabatina aludí a la búsqueda de calcetines secos para unos críos. Calcetines...vivo tanto en la literatura que calcetín me lleva con Octavio Paz a una
inmensa palabra sonoro/poética; el verso de Duque Amusco, no menos profundo, se completa con la sorprendente premonición lorquiana.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Extraordinario.T