domingo, 12 de febrero de 2017

Palabras deLeopoldo Tolivar leídas en La Espina

Señores representantes de los concejos de Salas y Tineo, Señor Presidente del Ateneo Republicano Conciudadanos reunidos para honrar la memoria de don José Maldonado González ​Quiero manifestar, a la vez, el honor que me produce poder trasladaros unas palabras en este acto tan emotivo para todos y, a la vez, excusarme por no haber podido conciliar mi presencia aquí con una obligación anteriormente contraída e ineludible. ​Homenajear a quien, en una dilatada y difícil trayectoria de servicio a las instituciones y al país, llegó a encarnar la legalidad republicana en el exilio, es un deber que a todos quienes nos consideramos demócratas debiera incumbirnos. No solo a los republicanos. Porque como todos sabemos y los más cercanos afirmamos con orgullo, el Presidente Maldonado es el paradigma de la dignidad, de la honradez, de la coherencia, del sacrificio y del compromiso con la cosa pública por encima de cualquier interés privado. ​Recuerdo con verdadera emoción, de los días en que me encontraba terminando la carrera de Derecho, dos hechos, muy cercanos en el tiempo , que de alguna forma me reflejaron el rostro de mi abuelo Leopoldo, al que no pude conocer, legalmente asesinado hace exactamente ochenta años. Uno fue el saludar a Juan Antonio Cabezas, tras una conferencia que pronunció en Langreo. Cabezas, biógrafo pionero de Clarín, fue, muy posiblemente, la última persona con la que habló en la calle el rector Alas antes de la, por ellos presentida, traición del coronel Aranda. El otro hecho imborrable que me sumió en el pasado familiar fue el aviso, gozoso, de mi madre de que el Presidente Maldonado iba a pasar ese mismo día por nuestra casa. Y así fue. Con la caballerosidad de la que hizo gala toda su vida, don José quiso, apenas pisado Oviedo, saludar a quien, para él, era aún la huérfana de su amigo Leopoldo; de su correligionario y cofundador en Asturias del Partido Radical Socialista y luego de Izquierda Republicana. Todavía, en diciembre de 1981, en la excepcional entrevista a Manuel Vicent en EL PAÍS, Maldonado, refiriéndose al hijo de Clarín “asesinado aquí durante la guerra civil”, dirá de él que había sido el “mentor y director espiritual de los jóvenes de entonces”. Y recordaba con pesar cómo “al producirse la desbandada, le invité a zarpar con nosotros”. Y añadía, en dicho reportaje, que le contestó: “Tengo que quedarme en Oviedo, pase lo que pase, aunque solo sea para calmar con mi autoridad moral a esos bárbaros”, lo que, penosamente, no sucedió. ​Tras aquella primera visita que, pese a la afabilidad y el cariño de don José me disparó el pulso, vinieron otros encuentros y rara era la semana en que mi madre no nos comentaba que, a la salida del Instituto, se había encontrado –así lo decía- “con el Presidente de la República”. La muerte de su esposa y cuatro años más tarde, la suya, nos llenó de dolor y aún recuerdo a las contadas personas que acompañamos su entierro en el cementerio nuevo de El Salvador. Tampoco olvido las infructuosas protestas, a las que me sumé, lógicamente, cuando de forma insensible, ignorante y despiadada se permitió la exhumación de sus restos que hoy descansan en este cementerio de La Espina. En los confines del concejo de mi infancia y mirando hacia el de Tineo, que le vio nacer y del que fue alcalde. ​Este topónimo de La Espina, no deja de recordarme al del camposanto soriano de El Espino, donde otro gran republicano, don Antonio Machado, lloraba a Leonor. No es mal lugar, ciertamente, este puerto y esta altura por encima de las bajezas de algunos irresponsables capitalinos. ​De niño, jugando en la plaza de la iglesia de Salas, creía poco menos que en La Espina se acababa el mundo. Desde luego, el mío conocido. Ahora pienso que aquí reposa el principio de una ilusión; la suma plena de los valores republicanos que debieran identificarnos. ​Gracias, termino, por poderme dirigir, aunque sea por escrito, a todos vosotros, con quienes, a buen seguro, comparto la convicción de que, mientras la memoria de don José Maldonado siga viva, la República sigue viviendo en nosotros. ​Muchas gracias. ​Leopoldo Tolivar Alas

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias, Antonio. Ojalá veamos la Tercera....y definitiva, aunque no será sencillo. Un cordial abrazo.A

Anónimo dijo...

Muy emotivas.-

Desgraciadamente la sepultura de Leonor, en Soria, la han convertido en un atractivo turístico de la Ciudad.- Ahí ves delante de la cuidada sepultura, a grupos densos de turistas lanzando sus “móviles/cámaras fotográficas” contra la losa del sepulcro.

A mi me da la impresión de que La Espina de la que habla Leopoldo es la Monarquía actual; creo que del mismo modo que Leopoldo llego en un momento dado a convencerse de que el mundo no se acaba en La Espina, yo estoy convencido que la historia política de España no se acaba en la Monarquía.F

Anónimo dijo...


En cuanto al lugar de enterramiento de don José Maldonado me reitero en la desacertada interpretación de sus deseos con respecto a Tineo, contrastada nuevamente estos días con mi madre, que me asegura que sus padres (de don José) están enterrados en el cementerio de Tineo, donde el manifestó repetidamente a mi madre y en ocasiones a mí que quería ser enterrado. Otra cosa es que rechazaba ir en vida a Tineo para no encontrarse con quién ni con qué no deseaba. No obstante, si fue a mi pueblo tinetense, Naraval, a ver a mi abuela, con quien se carteaba en el exilio de manera digamos reservada a través de Luarca y que también le enviaba paquetes de comida gracias a la complicidad de una emigrante de Nera (lugar de Naraval: Naraval, siete brañas y un l.lugar) llamada Constanza (me acuerdo de ella y de su nieta Nicole). Mi madre estaría gustosa de contártelo y ella y yo qué se resolviera este malentendido y que los restos de Pepe Maldonado y Rosalía reposasen en el cementerio de Tineo y que la placa fuera colocada.L

Anónimo dijo...

Muy emotivas.Gracias.T

Anónimo dijo...

Trata de llevar los restos a Tineo,o devolverlos aOviedo, de donde el Pp los expulsó.A