domingo, 12 de febrero de 2017

Fenomenal art. de Paco Garcia sobre Todorov, tal como lo vimos entonces

Quien nos envenenó fue Juan Cueto Alas. El dónde, el bar de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo. El cuándo, el primer lustro de los 70 del XX. El cómo, su charla arrolladora. El porqué, su afán proselitista para unir a los más jóvenes a la nueva causa. El qué, el estructuralismo. Nosotros, los de entonces, llegábamos a la Universidad desde institutos o colegios donde lo más avanzado de lo más avanzado que se nos enseñaba en literatura lo considerábamos polilla rancia: Galdós con reparos, algo de la Generación del 27, con más reparos aún. Lo más avanzado de lo más avanzado sobre crítica literaria en que nos instruía la escuela era el modo de definir el estilo de un escritor, de cualquier escritor: "Sobrio, sencillo y elegante". Todos los escritores poseían un estilo sobrio, sencillo y elegante. Todos salvo uno. En cierta ocasión, mi profesor de bachiller me propinó un inapelable cero tras llamarme a la tarima y pedirme que definiera el estilo de Luis de Góngora. No dudé: "Sobrio, sencillo y elegante". Me miró compasivo: "Muchachito, sólo hay un escritor cuyo estilo ni es sobrio, ni es sencillo, ni es elegante. Y ese es Góngora". Tal era el habitual bagaje literario y crítico de quienes habíamos nacido a comienzos de los 50 del XX. Y en eso llegó Juan Cueto Alas. Y nos envenenó. No nos envenenó causándonos daño moral, como dice la RAE. Nos envenenó dulcemente con las nuevas y sacras palabras: estructura, semiología, grado cero, escritura, signo, mitologías, el sistema de la moda (o sea, Roland Barthes). Con tristes trópicos y el pensamiento salvaje (o sea, Lévi-Strauss). Con la arqueología del saber y el orden del discurso (o sea, Foucault). Con instrucciones para leer "El Capital" (o sea, Althusser). Con los ensayos de Michel Butor, Bataille o las "Figures" de Genette, con la revista "Tel Quel", ay, con la revista "Tel Quel", la maoísta iglesia aquella? Y como un autor tiraba del siguiente, dimos con un búlgaro de 1939, nacionalizado francés, Tzvetan Todorov, quien hasta nos explicaba en un libro qué era el estructuralismo. No entendíamos mucho (yo al menos), pero poníamos muy buena voluntad para hacernos con aquel instrumental de crítica literaria que equivaldría hoy a dotar a un radiólogo, constreñido a detectar tumores solo a ojo clínico, con el último grito en máquinas de tomografías computarizadas. Y como unos cuantos estudiantes de Letras andábamos a vueltas con alumbrar aquella revista de literatura que fue "Juan Canas", el veneno de Cueto Alas nos venía de perlas. Así que no había otra que marcharse a París. Ir ahora a París es coser y cantar, un pasatiempo de fin de semana. Ir a París en los 70 del XX era viajar a otra dimensión, no a otro país. "He visto cosas que no creeríais", anunciábamos a la vuelta a los amigos, muertos de envidia, anticipándonos a "Blade runner". La librería "La Joie de Lire", la gigantesca del Boulevard Montparnasse, el Boul'Mich' o el de Saint-Germain-des-Prés, restaurantes universitarios infectos, a Bresson rodando "Le diable probablement", las mesas de "La closerie des lilas", la terraza del "Flore" (donde el precio de dos copas de "beaujolais" nos dejaron ese día ayunos de comida y cena a José Antonio Doval y a un servidor), de "La coupole", de "Aux deux magots", los cines y cines y cines?, nosotros, que veníamos de la caspa y el eructo celiano. Una mañana, telefoneamos a la embajada de Cuba y la telefonista nos pasó con "el camarada Alejo Carpentier" que nos citó y recibió para una entrevista al día siguiente. ¡Estábamos tocando el cielo! Así que me envalentoné y propuse la locura de intentar charlar con Barthes, también para "Juan Canas". Dicho y hecho. Introduje el "jeton" correspondiente en un teléfono de un bar, marqué el número de "Tel Quel", me contestó una voz masculina, le pregunté por el gran maestro, me respondió que no estaba, no sé cómo me atreví a sondearle sobre la posibilidad de que un par de estudiantes españoles visitásemos la revista, me dijo que no había el menor problema, insistí en que si en media hora estaría bien, me confirmó que sin inconveniente, que él nos recibiría. "¿Y usted es?", concluí. "Soy Tzvetan Todorov". Creo que el teléfono, si no lo han quitado, seguirá rebotando contra la pared, pues me cayó de las manos. Y era Todorov, como comprobamos treinta minutos después. Acababa de hablar con Todorov, quien unos treinta años después sería premio "Príncipe de Asturias" de Ciencias Sociales y un dios ya entonces para nosotros. El pasado martes falleció en París, a los 77 años. ¿A cuento de qué vienen ahora estas líneas cuando con Todorov habló quien quiso cuando estuvo en Asturias? A que hubo un tiempo en que había maestros y lo que decían se meditaba, se rumiaba y discutía, y tenerlos cerca era el paraíso. Un tiempo en que se leían libros de literatura y de crítica literaria, créanme, se lo juro. Un tiempo en que fascinaban el pensamiento, la erudición, la búsqueda, el riesgo intelectual. Un tiempo en que tres tardes eran pocas para concluir una polémica sobre "Literatura y significación". Un tiempo en que Todorov era Todorov y no un lujo cultural para los neutrales que ni olieron sus obras ni las olerán jamás por mucho cóctel que hayan compartido con él en los salones del Reconquista. No todo tiempo pasado fue mejor, qué va: todo tiempo pasado fue pasado y diferente, y además éramos jóvenes. Pero mientras el ladrón de turno sale por la tele con la sonrisa de que le quiten lo bailao, mientras la tonta de turno expele las tonterías de turno en máxima audiencia, mientras el adanista de turno analfabeto cree inventar a golpe de ocurrencias el mundo, no viene mal recordar que hubo lo que hubo antes de que haya esto que hay.

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