viernes, 4 de noviembre de 2016

DELFINES, NO SUICIDAS




Una tarde agosteña del año pasado, coincidiendo con la visita de José Luis García Martín, personalidad exquisita, los delfines entraron en la ría del Eo con el correspondiente espectáculo. Ya las perseidas habían precedido en mágicas noches.

Martín, tal le llamaba el poeta Victor Botas, recordó cómo los padres de Antonio Machado, cuyo heterónimo Mairena se pretendía de Casariego, se conocieron contemplando insólitos delfines en el Guadalquivir. Jovellanos, El curioso contemplador, ya hablaba de los cetáceos del Arbeyal, motivo de una magnifica obra gráfica de Jaime Herrero.

Los delfines eotos que antes Eloina y yo vimos- arroas les decían los ribereños- en la playa gallega de Carnota, faltaron este pasado verano. No dejé, sin embargo, de documentarme sobre sus extraños comportamientos, incluso sobre el suicidio colectivo de algunas manadas.


"Los varamientos masivos de ejemplares son relativamente comunes en casi todas las latitudes y en todas las épocas del año. Generalmente abarcan a tres especies: el calderón, la falsa orca y el cachalote. Todos tienen una compleja estructura social, en estos casos el error es del líder que normalmente conduce la manada, al acercarse demasiado a la costa persiguiendo presas o escapando puede llevar a un desastre masivo".

En el Eo vimos varias piezas saltarinas que, al parecer, se movían siguiendo las indicaciones ultrasónicas de un líder clarividente. Como no había senda suficiente para la pesquería, a tiempo hubo rectificación disciplinada de rumbo. No obstante, en las proximidades otros varios líderes inexpertos, que nunca debieron serlo, y probablemente desnortados buscaron el límite de conducir la manada al desastre y al absurdo del suicidio colectivo, cediendo el predominio a tiburones depredadores. Es también el mito que propaló Disney de los roedores lemmings.

Esta vez, en efecto, se abstuvieron de venir, cuando un apenas conocido líder evitó la muerte generalizada y una errática actuación semejante a las sectas noramericanas davidianos adventistas del Séptimo Día, o fundamentalistas orientales de varias raleas, kamikazes, bonzos y/o yihadistas diversos, sin memoria histórica, que es lo que, al parecer, no puede faltar nunca en los delfines genuinos.

No tengo la esperanza sino la seguridad de que, con tiempo y serenidad, marginados sacrificios supremos de auto inmolación, ya preteridos por la Historia, volverán a predominar y a implantarse los sesudos partidarios del medio ambiente, la firmeza cordialidad, las mejores tradiciones y el equilibrio. Les espero para pronto renaciendo, desde la entrada del Paraíso Natural, aún a sabiendas que las aguas jamás estarán templadas, y menos en el embravecido Cantábrico.

Mientras las perseidas, desprendidas de un cometa prodigioso, siguen llorando ininterrumpidamente a la espera de delfines serios, capaces de enjugar lágrimas, aptos para navegar en el aparente remanso y la turbulencia hasta superar a los torpes entreguistas de vidas ajenas.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué guapo texto,Antón!F

Anónimo dijo...

De acuerdo pero lo del líder puede tener varias interpretaciones.D

Anónimo dijo...

Cuando te repongas me presentas a Martín.B

Anónimo dijo...


Precioso Antonio. Y yo me pregunto...¿Quien es el lider? ¿Siempre tiene que haber un líder? ¿No es mejor que cada miembro de la manada piense por si mismo o acaso el líder es poseedor de la verdad absoluta y hay que seguirle ciegamente? Y sobre todo ¿Cuál es el verdadero suicidio?
Creo que las respuestas a estas preguntas variaran en función de quien las responda y del prisma desde el que se miren.

Un abrazo
D

Anónimo dijo...


Querido Antonio:
Tu artículo me gustó mucho. Pero tengo que hacerme un ligero matiz.
Dices que Juan de Mairena "se pretendía de Casariego"
Él era y se sentía orgulloso, de ser de Sevilla, quizás soñaba con serlo de Triana, esa tierra a la vera de ese delfín de plata en que se vuelve el Guadalquivir al mirarse, como una doncella, en ese espejo que es la Torre del Oro.
Digo que quizás soñaba, porque él nació, como su padre, en el Palacio de las Dueñas y aunque todos los sevillanos anhelan secretamente ser de Triana, los que no se miran directamente en el río: más; y el río está lejos de él.
Mairena murió en Casariego de Tapia en 1909 y ¿a qué fue él a Tapia?:
Mairena, a más de otras muchas cosas, era filósofo e inventor.
En la escuela popular de sabiduría superior, creada por su maestro Abel Martin, ejercía la cátedra de sofistica y enseñaba retórica, que conocía bien, por lo que, inventó una máquina de cantar.
Probablemente estas dos ciencias le hicieron venir a Tapia, pueblecito situado cara al mar, en Asturias y muy cerca de Galicia.I(continua)

Anónimo dijo...


En Asturias existe un canto, la tonada, que es lo más próximo al cante hondo que conozco (escucha, por ejemplo, al Presi cantar "Si yo fuera picador" o "Campanines"). Seguro que quiso que su máquina a más de cantar fandangos, tarantas, tientos. polos,seguiriyas y demás, añadiese a sus tonás livianas la profunda tonada asturiana.
A lo mejor vino a estudiar sofistica, pues en esta zona hay grandes maestros:
De todos es sabido que las aguas fronterizas del Eo, funden el carácter asturiano con el gallego. A un extremo tal que cualquier notario que llegue a ellas recibe, hasta que aprende, todos los días a los numerosos herederos de cualquier testador, que le explican, con argumentos varios y brillantes, el estado mental de su padre y le intentan convencer de que les explique su voluntad, ya que quieren evitar los desastres que se derivarán de su pérdida de cabeza.
Por todos son admirados los debates, en esa escuela de filosofía que está en el café del Cantón de Ribadeo, donde profundos maestros demuestran la falsedad de las teorías de Heráclito de Èfeso. Ya que, tras jugar dialécticamente con las fuertes corrientes de marea de la ría de Ribadeo, explican que el agua si pasa dos veces por el mismo rio, pues periódicamente sube y baja, Por ello nunca se sabe si el tiempo corre hacia adelante o hacia atrás. Como decimos en la Ría:
Depende.
¿Y por qué murió don Juan en Casariego de Tapia?
En otra de las artes que practicaba, la de profesor de gimnasia, está la explicación.
Él murió joven, con 44 años y en pleno vigor físico.
Cuando llegó a Tapia, vio la verde mar, que se volvía espuma blanca, al romper y mezclarse, cuál manzanilla buen venenciada, en la dorada arena de la playa de la Ribeiria.I(continua)

Anónimo dijo...


En el horizonte, cuando el verde, empezaba a hacerse blanco, vislumbró unas manchas, de un blanco más sólido, que se deslizaban por la frontera entre ellos, acercándose después hasta posarse victoriosas en la orilla. Pensó que eran los delfines que un día acunsron el amor de sus padres y que tú mencionas en tu escrito.
Preguntó en el muelle, le dijeron que no, que eran hombres que se deslizaban sobre unas raros pegasos planos, que unos australianos llamados los hermanos Guley habían traído de su lejano país, para después enseñar a los tapiegos a cabalgar las olas sobre ellos.
Don Juan, usando la imaginación, el saber y la capacidad de esfuerzo característica de los sevillanos aprendió.
Durante muchos días, navegó sobre las olas, bajando y subiendo sus pendientes, avanzando y retrocediendo con saltos jabonados de delfín.
Sintió como esos delfines estaban dentro de él, a veces hacia tirabuzones en el aire y después su cabalgada moría suavemente en la orilla.
Un día bajó vertiginoso desde una ola muy alta. Al final se deslizaba suavemente sobre la orilla.
De repente, la ya casi suave tensa espuma se arremolinó, subió no más de un metro, lo hizo girar hacia arriba y se amainó de repente. Perdió el contacto con el agua y se volteó en el aire.
Casi sin darse cuenta sintió como una navaja en el cuello al chocar con la arena, musitó mi Virgen. Sevilla y se murió de perfil.
Subió a hombros de marineros la cuesta del murallón y por la Atalaya abajo lo llevaron a Tapia.I(continua)

Anónimo dijo...


En el horizonte, cuando el verde, empezaba a hacerse blanco, vislumbró unas manchas, de un blanco más sólido, que se deslizaban por la frontera entre ellos, acercándose después hasta posarse victoriosas en la orilla. Pensó que eran los delfines que un día acunsron el amor de sus padres y que tú mencionas en tu escrito.
Preguntó en el muelle, le dijeron que no, que eran hombres que se deslizaban sobre unas raros pegasos planos, que unos australianos llamados los hermanos Guley habían traído de su lejano país, para después enseñar a los tapiegos a cabalgar las olas sobre ellos.
Don Juan, usando la imaginación, el saber y la capacidad de esfuerzo característica de los sevillanos aprendió.
Durante muchos días, navegó sobre las olas, bajando y subiendo sus pendientes, avanzando y retrocediendo con saltos jabonados de delfín.
Sintió como esos delfines estaban dentro de él, a veces hacia tirabuzones en el aire y después su cabalgada moría suavemente en la orilla.
Un día bajó vertiginoso desde una ola muy alta. Al final se deslizaba suavemente sobre la orilla.
De repente, la ya casi suave tensa espuma se arremolinó, subió no más de un metro, lo hizo girar hacia arriba y se amainó de repente. Perdió el contacto con el agua y se volteó en el aire.
Casi sin darse cuenta sintió como una navaja en el cuello al chocar con la arena, musitó mi Virgen. Sevilla y se murió de perfil.
Subió a hombros de marineros la cuesta del murallón y por la Atalaya abajo lo llevaron a Tapia.
Los hombres de la mar sentían la sal bajarles, gota a gota por la cara y decidieron que reposase en Sevilla. Sus barcos, casi todos chalanos o poco más, no estaban para esa singladura.
De repente a uno se le ocurrió y dijo hagamos, con el de la fábrica de la Rula, un ataúd de hielo y echémoslo a la mar, las corrientes lo llevaran hasta las marismas del Guadalquivir. Desde allí, los andaluces que aman a la Virgen lo subirán a Sevilla.
Depositaron el cadaver debajo de la salida del hielo,
Después de muchos días formaron un gran bloque, casi tan grande como la Giralda, para que no se fundiese en el viaje.
Cuando estuvo listo lo botaron al agua para que lo remolcase el único barco grande que tenían: "El Terin". I(continúa)

Anónimo dijo...


A la amanecida siguiente zarpó. El eterno parroco don Bonifacio en la proa, revestido y precedido por la cruz de guía. Todas las lanchas del pueblo, grandes y pequeñas, lo rodeaban, como si fuera un gran entierro de gaviotas.
Navegaron hacia el Oeste. Pasado el cabo Ortegal, donde da la vuelta el aire, se pierde la corriente del golfo y nace el Atlántico, enfilaron hacia el sur y se pararon.
Él Terin se dio la vuelta y solto el ataúd por popa, mientras las sirenas tocaban y la voz de don Bonifacio dominaba las olas cantando un responso:
Juan de Mairena se alejó lentamente hacia el Sur.
Unos días después las corrientes del estrecho lo empujaron hacia el este y el iceberg encalló cerca de Almonte.
Las gentes fueron a ver la montaña de hielo y empezaron a acariciar lo desconocido.
Pronto hicieron disminuir su tamaño y vieron a un hombre yacente, con una cruz, una medalla de la virgen del Carmen y una inscripción que ponia:
"Juan de Mairena, muerto en Casariego de Tapia y que quiere vivir eternamente con María Santísima en su tierra".
Se arrodillaron se santiguaron y por la vera del río los marismeños lo subieron a Sevilla, también a hombros y rodeado por un silencio que sonaba a música callada.
Lo depositaron en el cementerio de San Fernando.
Desde allí don Juan ve todos los días la luz de Sevilla, solo añora tener a su padre al lado, en vez de en la lejana Coillure, aunque todos los días vuelan juntos.
Un abrazo.I

Anónimo dijo...

MUY BONITO

MUCHAS GRACIAS

ABRAZOS
G