lunes, 27 de junio de 2016

Shostakovich por un casual


Shostakóvich POR UN CASUAL

"Bulla en vez de música"
Titular de Pravda (A los escritores se les condenaba en primera; a los compositores en la página tres)


Por mis amistades literarias, tan reñidas entre sí en el Olimpo, no soy ferviente de Elvira Lindo, aunque me descubra ante Muñoz Molina, su marido, en cuya pista me puso ha mucho el gran Emilio Alarcos y muy luego mi compañero de Deusto J.A.Zorrilla, que llevó al cine "El invierno en Lisboa".

No obstante, acabo de dar cuenta de "Noches sin dormir", obra sin duda menor de Elvira, en la que hallo un sustantivo singular:brooklynistas. No el entrañable buquinistas, del francés bouquiniste, sino del habitante del gran característico barrio neoyorkino, el del Puente de Miller y de Woody Allen. Este Brooklyn está bien recogido en la famosa peli Smoke de Paul Auster/ Wayne Wang. pero aún mejor en el sensacional comienzo de El Puente de los Espías de Spilberg.

La vi tres veces en Los Prados y aún los estudiantes del Instituto de Pando, premiados en Euroescola, me la obsequiaron en versión original. No me canso de repasarla y compenetrarme con el papel del abogado Jim Donovan. Difícil entender cómo esta producción apenas obtuvo Óscar al actor de reparto.

En su excepcional personaje, el espía soviético, Rudolf Abel/Mark Rylance, se siente feliz escuchando a Dmitrievich Shostakóvich:"Gran artista Shostakovich", llega a decir. Ahí ya Spielberg, como de forma manifiesta en la escena final del canje en El Puente berlinés, toma partido no a favor de un duro ortodoxo comunista soviético sino de quien siendo leal a los suyos y a su sectaria bandería, está muy por encima del maniqueísmo con que tantos, y yo mismo, sentimos aquella guerra fría de los sucesos de Abel, del piloto fotógrafo Pauwers, del telón de acero y demás sucedidos, grandes y/o cotidianos.

A Shostakovich mismo le tocó penar con su música ("¡burguesa, caótica, snob, enemiga del pueblo, reaccionaria, decadente!") frente a Stalin. Y, como me dijo mi librera de cabecera: tan poco comprendido en Estados Unidos, cuando logró llegar hasta allí. La novela "El ruido del tiempo" de Julian Barnes recrea esa circunstancia y tal Spilberg, Muñoz Molina/Lindo y compañía es canto a la tolerancia, la libertad y la creación. "Limónov" de E.Carrère ¡dice igualmente tanto! Barnes cuenta, sin embargo, que el mancebo de una farmacia neoyorquina puso en su escaparate, "Sostokovich compró aquí aspirinas".

Hace tiempo, sería fin de siglo, estuve en el MET en una esplendorosa representación de Lady Macbeth de Mtsensk. La policial NKVD soviética y el demencial macartysmo habían cedido. Ojalá no resuciten ahora los viejos fantasmas como se pudiera temer de Donald Trump y de las réplicas a surgir de los castizos antiamericanismos.


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