sábado, 6 de junio de 2015

Luis Sánchez Merlo sobreRajoy y otros


Rajoy, R que R

Mariano Rajoy. (Fotos: PP)
Aquella noche -28 de octubre de 1982- yo estaba en el atribulado salón de columnas del Palacio de la Moncloa, cuando Alfonso Guerra, desde su cuartel general, nos iba informando de que UCD, a duras penas, pasaba de 168 a 12 diputados.
Rajoy es un gallego desconfiado aunque predecible, sin la empatía de Adolfo Suárez o Felipe González -los dos colegas más cercanos al común en las últimas cuatro décadas de vida democrática en España-, al que no cabe achacar todas las culpas de los malos resultados de su partido en las recientes elecciones locales y autonómicas. Alguna tienen quienes aún no han empezado a desfilar.
Tras conocerse los resultados, R –erre que erre- proclamó, enfáticamente, que no hacía falta cambiar nada, ni en el partido ni en el Gobierno. Pero con la polvareda del clamor ha hecho amago de rectificar. Hace bien poco, a Ed Milliband y Nick Clegg les faltó tiempo para dimitir tras su reciente fracaso electoral. Así se fortalecen los sistemas democráticos.
Y es que la obstinación, emparentada con la desconfianza, es un estado del alma que ofusca a quien la convierte en norma de comportamiento, lo que se traduce en esa apuesta ritual ‘sostenella y no enmendalla de reminiscencias celtas, tan alejada de los tiempos modernos, más flexibles y relativos.
Le costó a Rajoy calzarse la mayoría absoluta en 2011, que podría haber sido aún mayor si no se hubiera dejado embaucar por la zalamería andaluza. Y esos errores, a voluntad forzada, son justamente los que le han podido llevar a reafirmarse en las bondades de la obstinación. No quiero pensar que sea cierto que alguien haya podido ser tan desaprensivo como para soplarle al oído que era conveniente perder estas recientes elecciones para afrontar mejor las generales.
El rescate lo sorteó a base de gestionar -con pericia- la odisea de una economía en quiebra, regateando -con habilidad- en los embarrados campos fuera de casa, a correosos conmilitones pertrechados con munición codificada para quien no fuera unhabitué, como él.
Nadie sabía realmente qué iba a venir, si niño (rescate) o niña (recortes), pero al final evitó el estigma de una intervención que hubiera dejado huella en, al menos, una generación. Y esto lo ha reconocido hasta la gente reflexiva de la izquierda, que no le ha negado este crédito. Así que Rajoy disponía -evitando el rescate- de un maná discursivo abundante para lo que vendría después.
Luis Bárcenas, ex tesorero del PP.
Pero mientras se sucedían los recortes, ocurrió que el tesorero de su partido, especulando con la impunidad que le pudiera proporcionar el roce de tantos años con quienes estaban gobernando, no calibró hasta dónde podría llegar el celo de las dos fiscales y el adanismo -carente de prejuicios- de un juez treintañero. Y terminó dando con sus huesos en Soto del Real, al tiempo que el ministro de gracia y justicia se quedaba fuera del ejecutivo.
Quizás Rajoy, en este caso, no midió las severas consecuencias de aquella rueda de prensa -parapetado tras el atril y con la nomenclatura guardando las espaldas- en la que juró y perjuró que ninguna de las acusaciones del tesorero se tenían de pie. Mucho riesgo, alguna mueca y pesada mochila para los restos.
Aquella apuesta lo iba a colocar en una situación complicada, en el límite, pero R –erre que erre– no se apearía del burro, lo que aprovecharon algunos medios y toda la oposición para cuestionar hasta su legitimidad, agravada por el peligrosísimo cruce de mensajes (“Luis, sé fuerte”) con el ya reo.
Para entonces, la maledicencia insurgente murmuraba que era unpremier poco laborioso, que no recibía en su casa de La Moncloa -donde prefería disfrutar de la menos azarosa vida familiar- a empresarios, corresponsales extranjeros, editores, pintores o ingenieros de caminos… Tampoco se le vio (salvo en la final de Champions entre el Madrid y el Atleti) en un estadio de fútbol, en una plaza de toros, en un concierto de música o en un cine de la Gran Vía.
Rajoy en los jardines de La Moncloa.
Lo que se decía en los ambientes más combativos, a falta de un contador oficial, era que R –erre que erre– esquivaba todo aquello que le pudiera suponer contraer compromisos, hipotecas, deudas o cargas, por pequeñas que fueran. No se trataba de invocar su nombre en vano, ligarle a algún caso oscuro de corrupción o situarle en la proximidad de amistades peligrosas, justamente lo que había sido la lepra del tesorero. Mira que era mala suerte.
Para los menos complacientes, Rajoy no hacía política en el sentido más concluyente del término. Y eso era así porque huía de resfriados indeseados, a los que conduce mezclarse con esejardín de las delicias (colmado de concejales, delegadas del gobierno o diputados autonómicos) y prefirió abrigarse con la bufanda del rescate. Así que convirtió lo suyo en un full timeeconómico y dejó la política para Soraya y los charlatanes.
Pero la Diada de 2012, trajo a las calles de Barcelona una marea humana colosal, lo que llevaría al presidente de la Generalitat a soñar con una independencia a la que ya solo parecía faltarle un pequeño empujón. Aunque Artur Mas me confesó -en un almuerzo en el choco con futbolín de Sandro Rossell- que Rajoy era “hombre de fiar” [sic], el Atlántico crispó al Mediterráneo, le puso difícil jugar al victimismo -baza preferida nacionalista- y lo terminó por cansar.
Se sucedieron los desplantes y las provocaciones, pero al sagaz jurista de Pontevedra nada parecía inmutarlo. Al menos, esa era la impresión que daba. Y al tiempo que el común reclamaba respuestas, R –erre que erre– ni se soliviantaba, ni (como exigían algunos) paraba los pies a quien seguía abriendo embajadas, financiando agit prop soberanistas y derrochando recursos en la preparación del Estat Català, a costa de engordar el temido déficit público.
La receta del presidente ha sido siempre la misma: no alterarse, aunque la parsimonia de un hombre imperturbable  haga que al público doliente lo lleven los demonios
Porque la receta del presidente, en un país de excitados, ha sido siempre la misma: no alterarse, aunque la parsimonia de un hombre imperturbable -al que prácticamente nadie consigue sacar de sus casillas- haga que al público doliente lo lleven los demonios. Pero no hay que descartar que esa (mal entendida) pasividad enmascare estrategias encaminadas a que se despeñen otros y terminen cayendo por su propio peso. Tampoco parece contar con un estado mayor fornido que le sirva de soporte para gestionar, entre otros muchos, el desafío independentista.
La metodología, siempre la misma: mantener el perfil bajo, no contestar a los exabruptos de los infieles, resguardarse en el burladero con leales y amigos, castigar con la indiferencia a revoltosos, ingobernables e imprevisibles y desprenderse con desgana de los propios, como Manuel Pizarro, harto de calentar el escaño.
Y es que los problemas ya se arreglan con el paso del tiempo; los cambios se hacen cuando no quede más remedio; el calor a los caídos, connaît pas; la persecución a los corruptos, sí ma non troppo fanatico y pedir opinión a quienes tienen saber y experiencia… eso, ni hablar.
Quienes han votado la opción de Rajoy para ayuntamientos y regiones, se han quedado de un aire porque no terminaban de creerse lo de Podemos; pensaban que el PSOE, a pesar de Andalucía, seguía hecho unos zorros y C’s, ‘verde que te quiero verde’ ¿Entonces? Al Partido Popular no le queda otra que cambiar de piel, limpiar los restos de corrupción, ser audaz en la renovación de su nomenclatura, buscar otra sede que no esté manchada con dinero obsceno, reducir gasto corriente y no temer al vértigo del cambio, es decir, a todo lo anterior.
Porque no hacerlo supondrá convertir en residual un partido de gobierno y volver a la soledad de aquel tiempo en que no contaba con la mayoría que hace cuatro años le concedió un triunfo asombroso.
El presidente en un mitin en 2011.
Pero si R –erre que erre– se mantiene en sus trece y piensa que se puede seguir fiando el resultado de las generales al éxito económico de su gestión y al maná de haber evitado el rescate -aun con medidas socialmente duras que no han acertado a explicar al común-, que no olvide lo inaudito que resulta que ese respingo del 3% de crecimiento se haya vuelto en contra del Gobierno al calor de “trabajo precario”, “desigualdad”, “pobreza infantil” y otros gritos de las mareas.
En la ecuación, no hay que dejar de tener en cuenta los efectos de seis meses de sacudida de alfombras y demás tapicería -local y regional- por parte de los bizarros emergentes, con lo que el invierno se presenta incierto, extraño y novedoso, todo lo que le espanta a Rajoy.
Los errores de cálculo a veces llevan a la hecatombe y, mientras la gente de bien se hace cruces (“pero cómo es posible”), los mariscales se demudan y tiran la toalla. Se precisa una buena ración de audacia, de aire fresco, de gente dispuesta a una forma nueva de hacer política. Turno para Íñigo de la Serna, Jaime Renovales, Mateo Isern, Pablo Casado, Alfonso Rueda, José Antonio Nieto et alii.
Y si no acabara de verlo, que alguien le pase un video de Obama en mangas de camisa, comiéndose una alita de pollo en uno de esos sitios de comida rápida que les gustan a mis nietas.

Luis Sánchez-Merlo ha sido Secretario General de la Presidencia del Gobierno (1981-82) y es presidente de SES Astra Ibérica.

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