miércoles, 20 de mayo de 2015

Juan Cruz a bote pronto sobre E.Lledó,premio Princesa de Asturias

A don Emilio Lledó (sus alumnos lo seguimos llamando don Emilio) le surgen alegrías por todas partes; en primer lugar, las nietas: lo llaman Nono, se alegran de sus éxitos y se burlan de él; es un abuelo consentido y un padre feliz: del éxito de sus hijos, y también de lo que hacen sus amigos. Su mente está poblada de nombres propios a los que guarda gratitud, por su presencia o por su magisterio. Montse, su mujer, a la que perdió muy pronto, está en la primera línea de esos afectos. Su emoción es amistosa siempre: no ofrece, ni en su esencia ni en su apariencia, un gramo de frivolidad. Está comprometido con la vida y con la historia que ha vivido; de modo que sigue siendo, en un lugar muy visible de la memoria, el niño que se sometió a las enseñanzas de don Francisco, en la escuela de Vicálvaro, en la República, con la misma pasión agradecida que a las que luego tuvo de Gadamer, cuando era flaco como un árbol y se fue a Alemania a saber de la vida. Esta presencia suya en Alemania, en los años 50, fue decisiva en su vida y en su moral: estudiar no era sólo para aprender sino para vivir. En aquel tiempo aquí se vivía la secuela humeante y empobrecedora de la guerra incivil, y allí vio que en la distancia que hay entre el maestro y el discípulo residía la felicidad de combinar amistad y aprendizaje. Con esa enseñanza en su alma se volvió a España, a Valladolid, a La Laguna, a Barcelona, a Madrid, y en todas partes ha ido dejando hermosa memoria de esa hermandad entre la amistad y el aprendizaje. Los que estudiamos con él sabemos de los efectos de ese maridaje feliz: nunca nos dejó solos, nunca dejó de interesarse por lo que vivían los otros y por lo que a los otros le acontecían. Esta vida de maestro le deparó una actitud que no es habitual a ciertas edades, probablemente desde que uno se hace adulto: Lledó no tiene ni envidia ni resentimiento, no habla de lo que sufrió en la guerra (con sus padres) con otro ánimo que el de hacerse a la mar de los abrazos entre los diversos y los diferentes. Esa tolerancia incluye una intolerancia: no es lícito arrojar las verdades como puños para reproducir en este país triste (o entristecido) lo que se siente como verdad absoluta. A él no le gusta que le recordemos esa frase que es tesitura de una vida pensando y que nos decía desde el estrado: “dentro de todo sí hay un pequeño no, y dentro de todo no hay un pequeño sí”. “¡Parece que es lo único que he dicho!”. A él no le gusta, pero es equivalente a esa otra que escribió su Albert Camus en el frontispicio de su manera de vivir: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. Él pudo haber sido avaricioso y contrariado, pero en su esencia no están esos defectos que la gente asume como grumos malditos: nos ha enseñado a pensar y por tanto a vivir pensando. Es un maestro feliz, al que ahora le caen encima tantas alegrías. Hoy, una más, en Asturias. Pero los que lo conocen saben positivamente que el primer recuerdo habrá sido, ante este otro agasajo de la vida, la risa de su nietas y la risa siempre presente de la abuela Montse de sus nietas.

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