sábado, 3 de enero de 2015


Tranvías

De la recuperación de un viejo modelo de transporte a la desmedida afición a la lectura


Tranvías
Zapeando me encuentro que la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, al visitar San Fernando, su tierra gaditana natal, ensalza el tranvía para la maravillosa gran ciudad que gestiona. Bien los tuve en Bruselas y Estrasburgo.
¡Cuánto me sugieren los tranvías ovetenses de la niñez!
¡Si no existieran en Oviedo unos evocadores como Carmen Ruiz-Tilve y Emilio Campos habría que inventarlos!
Recuerdo cuándo levantaban, o enterraban, las vías, tal no ha mucho Torrente Ballester, que creció literariamente en Oviedo, haciendo sus primeras armas en el periódico "El Carbayón" y en "El Ateneo", conservaba en el magín la implantación del gas ciudad y quizá algún escritor, aún desconocido, se regodee en la transformación que hicimos en Oviedo con los cinco grandes circuitos de la renovación de cañerías, mediados los ochenta. Por cierto, el último topónimo en la nómina de "la bien novelada" es Ciudad Ajada, de Fernando Fonseca.
En los treinta, un joven abogado, José Loredo Aparicio, que vivía en la ovetense calle Jesús, número 10, donde León Trotski tenía domiciliada la revista de su Oposición Internacional a la estalinista Komitern, recorría a pie las vías, entre carriles, aprovechando para leer concentradamente. Los tranviarios le conocían bien previniéndole con el sonido, que recuerdo también, de su leve bocina, tan inconfundible como la flauta de los afiladores o las ruedas de los barquilleros en el Campo San Francisco. En México, tres lustros después, Loredo, agregado entonces a la Embajada de España y luego exiliado, siguió actuando con la misma audacia lectora hasta convertirse en víctima irreparable del atropello de uno de esos tranvías, en la calle San Juan de Letrán, en las proximidades de la Colonia López, más silenciosos e inevitables que los de su Oviedo. Sin embargo, ahora un loable investigador, Jesús Mella, no ha dicho todavía la última palabra sobre si, además del tranvía, hubo una camioneta y una mano criminal por aquellas pretéritas vinculaciones trotskistas. La desmedida afición a leer embargaba también a un joven poeta mexicano, Mario Santiago Papasquiaro, excéntrico hasta para "los lisérgicos estándares infrarrealistas", a cuyo grupo pertenecía, del que asegura Roberto Bolaño que, en su avidez lectora, no dejaba el libro ni siquiera bajo la ducha; y no es exageración sino anécdota literal, pues el autor de "2666" le vio pasando páginas mojadas. Son personajes auténticos que inoculan hasta el delirio el virus lector, como les pasó a Alonso Quijano, Anita Ozores y Antonio José Bolívar Proaño, "el viejo que leía novelas de amor". También se produjeron enloquecimientos colectivos leyendo un solo libro: "El mormón" para los fanáticos de la Iglesia de los Santos del Último Día, "El rojo de Mao" para los estudiantes de la llamada revolución cultural, los yihadistas con pasajes coránicos, los tabaqueros cubanos decimonónicos ante el relato oral de "El Conde de Montecristo"... Nadie sabe qué leía exactamente Loredo Aparicio en el instante de morir ni si quizá, como la insistencia de "Las mil y una noches", la maldición de detener el relato se lo llevó del mundo.
En cualquier caso, nostalgia aparte, mucho me presta saber que el tranvía vuelve a muchas ciudades europeas.
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6 comentarios:

Anónimo dijo...

nací en la calle de Los Pozos, abril del 43, tocaba una campana para espantar a los ovetenses, que el conductor percutía (tañía?) con el pie, pisando el extremo de una barra de hierro redonda que a su lado sobresalía del piso unos dos centímetros y que a mí me parecía milagroso que tras cada pisotón del uniformado campanero volviese a surgir el hierro del suelo tan feliz.
JC

Anónimo dijo...

Tienes una memoria de acero.

Abrazos,
E

Anónimo dijo...

bueno, el tranvía de Cádiz a San Fernando, que yo sepa, lleva años parado desde que lo hicieron y aún no funciona. Se espera que algún año de estos...
Feliz Año, familia!
D

Anónimo dijo...

En el tranvía de Valencia, donde viví hasta acabar la carrera, me fascinaba el hombre que recorría la ciudad con una cazoleta que limpiaba cada vía y ahora recuerdo en una visita a los Fraguas (en una de los llamativos edificios altos "la Torre Valencia" que creo recordar me relataron una relación familiar con Masip ?me equivoco?
Te ví en el palacete Miñor "Teoria Literaria de J Cercas" un inextricable intento desmitificador que me apuntó más contenido del que ya admiraba en él. Me tuve que ir cuando más enfrascado estabas en la discusión, por lo que no pude saludarte.
Gracias Antonio por el regalo de Navidad de tu reciente (2011) "Con vistas al naranco" que veo dedicado a tus médicos, que bien conozco y aprecio

Anónimo dijo...

Muy guapo tu artículo de hoy.
Un abrazo.AP

Anónimo dijo...

Que bien escribes, Antonio!.Luis