sábado, 20 de septiembre de 2014

Schadenfreude o la evaluación constante

Antonio Masip

 Universidad de Deusto nos sometía a frecuentes exámenes orales. El profesor titular de la asignatura hacía un primer llamamiento para quienes consideraban estar preparados y un segundo, días después, para los que optaban por administrar sus tiempos con mayor margen. Quien hogaño es un reconocido escritor vasco, Iñaki Uriarte, compañero en aquellas aulas, me llamó entonces la atención sobre un significativo problema moral: el contento reprimido, incluso mal disimulado, de muchos cuando constataban el suspenso de cualquiera, aún de un supuesto amigo próximo. Schadenfreude, dice el mismo Uriarte, Premio Tigre Juan, que dicen en alemán.

Claudio Magris cuenta también una cosa parecida sobre el sadismo académico.

Era perversidad circunscrita a las orillas del Nervión y del Danubio, o propia, incluso, de la naturaleza humana?¿importaba algo que detrás de un suspenso pudiera venir el inevitable de uno mismo? Esa miserable actitud la volví a vivir en foro abogacil, en las mismas salas de togas tras algún pleito, y, cómo no, en la vida política en la que sigo con redoblado espíritu abierto y juvenil. Al margen de tancredos de esas y otras lacras éticas, (¿hay quien prefiere la derrota al triunfo de un compañero supuestamente insumiso?) la mejora de la calidad de la democracia exige evaluaciones constantes y no solo el consabido proceso electoral cada cuatro años, que son cinco en sistemas como el Parlamento Europeo. Las primarias y su impoluta limpieza son una necesidad como también que de forma parcial el electo a cualquier nivel rinda cuentas constantemente de su gestión mientras se enriquece y estimula con opiniones discrepantes, o solo distintas, a lo que él mismo en principio consideraba. El desprestigio político no es de la corrupción en exclusiva, que sin duda es tacha fundamental, sino a no desdeñar el mal del hermetismo proverbial del círculo político, casta o como se quiera libérrimamente denominar.

La sociedad tiene cierto grado de podredumbre moral muy preocupante pero puede, y debe, encarar su superación. No es solo el triunfo de unas ideas sobre otras sino la trascendencia de que entre transversalmente a todos los actores una frescura moral regeneradora imprescindible que, por lo demás, está en el sustrato históricocultural judeocristiano aunque haya cobardes, o simplemente cobardicas, dispuestos a alegrarse del suspenso ajeno.

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