sábado, 13 de septiembre de 2014

Marino, director de ferrocarril.

El ferrocarril Vasco-Asturiano es historia en Oviedo, ceñida exclusivamente al siglo XX en que nació y murió; fallecimiento precipitado por un acuerdo cuatripartito (PSOE, PP, IU, CDS), en el seno de la Comisión de Seguimiento del Urbanismo, que ejecuté como Alcalde y del que siempre me quedará la mala conciencia del derribo de una Estación, vetusta y magnífica, que hubiera merecido la pena restaurar, aún dedicada a otros usos. Entre las legítimas protestas que hubo recuerdo la de Fernando Chueca Goitia, que había intervenido algo en la política nacional moderada de la transición y que tenía fama de buen conservacionista.

Como quiera que aquella incorporación crítica madrileña me sorprendió un tanto, me decidí a preguntarle directamente recibiendo una respuesta, con su voz gangosa característica, que, aunque no debiera, me tranquilizó absurdamente: "Firmé pero puedo asegurarle que en mis notas de varias estancias en Oviedo no figuraba como edificio de valor a conservar ni nada que me hubiera llamado especialmente la atención". Pese a esa y otras opiniones, mil veces me he arrepentido pues El Vasco tenía, en efecto, sabor especial, con una cantina casi poemática, un paso entre andenes de cristales y maderas inolvidables y unos anuncios azulejados de diseño histórico que es lo único que se guarda.

El bueno de Claudio Magris, al que tuve la suerte de conocer en Oviedo, traído por el dinámico Graciano García, sostiene en "El Danubio "que " la destrucción es también una arquitectura que obedece a reglas y cálculos". Estaba de suyo que la desaparición del Vasco era propicia para burlar la buena fe de aquella Corporación municipal que presidí.

Se produjeron manifestaciones vecinales y culturales frente a las que cometí el clásico error,muy propio de la política menor,de "hacer oídos sordos".También llegué a temer que los herederos de aquel suelo, expropiado entre 1900 y 1904 expresamente para línea férrea, pudieran pedir la reversión, lo que no se produjo.Cosa parecida estuvo a punto de ocurrrir con el antiguo campo de fútbol de Buenavista, inaugurado en 1932,que veintitantas familias,entre ellas la mía materna, cedieron al Ayuntamiento en los años cincuenta,y al que se dio el vergonzante giro de usos que capitaneó la locura Calatrava.

Conocí algo la parte societaria, o mercantil, del tal Vascoasturiano pues Antonio Hidalgo, mi abuelo, con el que vivía, fue miembro de su Consejo de Administración, que presidía un primo por afinidad de mi padre, Pepe Tartiere, segundo Conde de Santa Bárbara de Lugones. Tratándose de una empresa ferroviaria resultaba paradójico que la dirección se encomendase a un caballero ingeniero de nombre Marino, pero aún más que éste padeciese miedo cerval a montar en tren.

En aquellas calendas el viaje más normal a Madrid, desde La Regenta hasta hace poco, era porferrocarril. Nohabía todavía el popular Alsa de "parando en Villalpando" y los coches afrontaban en la carretera repechos curvados y empinados, no siempre de buen asfalto, sin quitamiedos y con motores que habían de animarse de trabajosas manivelas y de botellas de agua que saciaban una sed infinita, frecuentes reventones de neumáticos, además de otras dificultadades para sus ocupantes, entre las que solían afecciones de mareo por las subidas,o bajadas, a la Manzaneda, el Padrún y el Pajares y aún Los Leones. Pues bien, Don Marino afrontaba con resignada paciencia ese incómodo viaje con tal de evitar el ferrocarril llamado del Norte, del que no se fiaba, ni si quiera del suyo, de vía estrecha, que siempre imaginaba pleno de accidentes, choques de frente, pasos y guarda agujas y barreras mal vigilados y riesgosos, maquinistas daltónicos o distraídos y descarrilamientos de todo tipo. Semurió en el cargo, dejándome la duda de si la navegación naval, de la que sus progenitores tomaron su nombre, o aérea, de la que apenas podíamos imaginar línea regular, le supusieran parecida aversión.

En cualquier caso no deja de resultar curioso que Oviedo tuviera un director de ferrocarril con pánico al tren. A reseñar que Don Marino no vivió para ver el gran fraude del llamado "Cinturón verde" de la línea que dirigió y que, en lugar del pretendido recurso mediambientalista que soñé, propiciaría luego ya sin mí una sociedad pública con un trasiego de maletines y negra corrupción, "Losa del Norte" incluida.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bien Antonio.
Muchas gracias por el artículo.
Y de paso te comento que siempre creí que la historia de los maletines la conocíamos muy pocos.Jc

Anónimo dijo...

Muy bien,como siempre.L.

Anónimo dijo...

Hermoso y evocador; creo que la autocritica que haces por lo de la Estación del Vasco es oportuna. Quizá falta poner de relieve, que en la opoeracion del “vasco” que tu dirigiste no propio “malinestes” y “fraudes”.F

Anónimo dijo...

He recibido el mensaje conteniendo el texto subrayado por tu padre de la “Guerra de Yugurta” (que me trae a la memoria mis traducciones de Latin -¡qué pena que nuestro Estado haya dado la espalda al Latin y al Griego ). Denota por parte de tu padre una profunda sensibilidad. Preferir la “derrota” a “vengar la injustica con malos medios”, es una decisión ética difícil. La derrota es la “destrucción”, la “aniquilación”, y ante ella solo queda la pasividad, o la resignación, o la “venganza” . ¿Es posible la “venganza” efectiva, la que “derrote” y “aniquile”, al “vencedor” injusto, sin utilizar malos medios?. No lo sé, tengo mis dudas.

Una abrazo Antonio.F

Anónimo dijo...

Ya lo leí a primera hora en la edición escrita, está muy bien.César

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

Estimado amigo Antonio ha sido toda una lección de buen saber de nuesra ciudad y he pasado un momento entrañable ,te saludos desde mis Horas Rotas y el Aula de pAZ con todo mi afecto saludos.