jueves, 17 de julio de 2014

Manuel Fernández de la Cera publica en La Nueva España de hoy un sugerente artículo que reproduzco:

Endogamia y corrupción

La lacra de nuestra democracia

Manuel Campa Entre mil efectos benéficos de nuestra democracia, hay que citar alguno no deseable y, seguramente, no previsto por la mayoría de los ciudadanos. Por ejemplo, con el entusiasmo de los primeros años de la restauración democrática, parecía superada la picaresca clásica como una de las expresiones literarias de nuestra manera de ser como pueblo. Pocos sospechaban que la picaresca se estaba doctorando, casi en silencio, para reaparecer después en toda su esplendorosa hipocresía, con los enriquecimientos familiares repentinos, las preferentes, los grandes sobresueldos en dinero negro de algunos políticos, con las correspondientes cuentas en paraísos fiscales, los ERES fraudulentos, etc. Que yo sepa, en Asturias, sólo los discípulos ácratas de Eleuterio Quintanilla, en Gijón, acertaron plenamente en prever esta enorme lacra de nuestra actual democracia, que estuvo lejos de cortar la corrupción heredada de la dictadura. Esta consecuencia no deseable de nuestra actual democracia aparece como una preocupación prioritaria de los ciudadanos en cada encuesta de opinión pública. Pero hay otras consecuencias no deseables de nuestra democracia que, si bien no figuran hasta ahora entre las preocupaciones expresadas por los ciudadanos, deben ser combatidas con medidas eficaces. Acabamos de enterarnos, por la prensa, de que una buena parte de los empleados del Tribunal de Cuentas -un organismo básico de control de la vida democrática- son familiares directos de algún alto cargo. Y en la Universidad ya no se dice ¿cuándo sale a oposición la cátedra de Química Inorgánica?, sino ¿cuándo te sacan tu plaza? Se trata de una alarmante generalización de la endogamia en nuestro país, cuando la tendencia, en los países civilizados de nuestro entorno, es justamente una condena creciente de la endogamia en la vida pública.Si entendemos la endogamia como el rechazo a la incorporación de miembros ajenos a un grupo social en particular o, en su forma más dura, como nepotismo, como invasión de una familia de un espacio institucional, se trata, en palabras de Guillermo Pérez Carrión, "del cáncer que corroe la sociedad desde dentro y del que nadie habla"."Torero de la virtud", llamó Nietzsche a Séneca, por el enriquecimiento del gran maestro estoico. Pero seguimos siendo toreros, el engaño o muleta usada para incrementar la endogamia universitaria fue la autonomía universitaria. ¿Qué dirían, hoy, los krausistas e institucionistas decimonónicos, que renunciaban a las cátedras por exigir la libertad ideológica, que entendían la autonomía universitaria, no como una puerta abierta a la endogamia, sino como libertad de cátedra, como liberación del juramento obligatorio de adhesión a la monarquía y a la iglesia católica? Pero seríamos injustos si centráramos el cáncer de la endogamia sólo en la Universidad, pues se trata de una dolencia que afecta a una buena parte de nuestras instituciones públicas. Y lo más grave es que todos los intentos de reducir la endogamia en nuestras instituciones, o resultaron contraproducentes, o, simplemente, fracasaron y fueron borrados de la memoria. Así, por ejemplo, sólo durante unos pocos años, con la llegada de la democracia, se sustituyó la entrevista inicial, incontrolable, por una prueba objetiva, en las pruebas de acceso a la carrera diplomática. Otro tanto ocurrió, cuando en los centros de enseñanzas artísticas se intentó formar tribunales con profesores de centros alejados geográficamente, para aumentar la objetividad de las pruebas.Hasta hace unos días, contábamos con la mejor selección de fútbol del mundo, pero ninguna de nuestras universidades figuraba entre las primeras doscientas del mundo. Ahora, tras el 1-5 frente a Holanda, tenemos una posición más equilibrada, si comparamos el ámbito académico con el futbolístico. Con Brasil, tras el 1-7 frente a Alemania, podríamos decir, como Francisco de Borja ante los despojos de la reina Isabel de Portugal en mayo de 1539, no es bueno servir a señores que sean corruptibles, no es bueno fiar el honor de un pueblo a un juego de suerte variable, mejor apostar en el futuro por universidades cuyas investigaciones estén entre las más avanzadas del mundo. Contamos con grandísimos investigadores, pero nuestras universidades carecen de incentivos que estimulen la investigación o la captación de nuevos alumnos. Un gran bioquímico español, que desde la juventud tiene acceso a publicar sus trabajos en las mejores revistas de la especialidad, solía decir siempre, en sus intervenciones públicas, que la única diferencia sustantiva entre nuestras universidades y las mejores del extranjero, era nuestra práctica de la endogamia académica. Desde hace unos años abandonó este discurso. Me dicen que es que ha incorporado a su mujer a su departamento, y que está en trance de colocar a sus hijos. Tal parece como si los españoles creyéramos que para acabar con el paro el mejor camino es que cada uno coloque a su mujer o marido, hijos, yernos, nuera y cuñados, antes que seguir el criterio distributivo del mérito. Somos fieles a las personas, antes que a las ideas o los principios éticos. Hace dos mil años ya Estrabón se admiraba de la lealtad personal de los celtíberos con sus jefes y, recientemente, el hispano-colombiano García Márquez, poco antes de morir, reivindicaba la lealtad a la persona de Fidel Castro, antes que la lealtad a las ideas democráticas. Cada vez que desaparece una gran figura universitaria, suelen incluirse como méritos relevantes el número de sus descendientes incorporados a la vida académica. Nada que objetar si se trata de verdaderos investigadores. Pero, si no es así, estos méritos se vuelven cuestionables, ya que la universidad es el lugar de la investigación, además de constituir el nivel superior de la enseñanza.Grupos políticos hace poco marginales tendrán una presencia creciente en nuestro mapa electoral mientras los grandes partidos no ataquen de modo ejemplar problemas como la corrupción política y la reforma de la Administración pública, con una referencia especial a la endogamia, uno de nuestros más arraigados vicios nacionales.

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