sábado, 14 de junio de 2014

EN EL ANDAMIO


La alarma sobre la seguridad de las fachadas ovetenses ante los vientos tormentosos ha llevado a mi comunidad de propietarios a apuntalar la suya, que tiene la delicada importancia, por otra parte, del carácter artístico/arquitectónico protegible y que un día casualmente creí ver en Praga, ciudad lejana que mucho me gusta.

La imagen del Campo con el Naranco al fondo se ve estos días afectada por la proximidad de este armatoste, una malla transparente como si fuera la telilla de una catarata, de la que Luis Vega me aseguró hace poco que no está en la nómina de los males que, de momento, padece mi cuerpo. Unos obreros circulan ajenos a mi contemplación, con una seguridad para mí increíble tal la del famoso almuerzo fotografiado en las alturas de un rascacielos neoyorkino.

No puedo menos de recordar mi pánico el día que subí a un gasómetro avilesino, o corverano, de Ensidesa. Iba a parlamentar con unos entrañables clientes que allá arriba, a cien metros, habían bloqueado el ascensor interior y reivindicaban la estabilidad en el trabajo. Me lo acaba de rememorar de alguna manera Tom Wolf con el comienzo de su "Bloody Miami". Lo peor para mí no fue subir sino bajar de lo que me quedó una secuela con imposibilidad luego para siempre de utilizar el telesilla, en el esquí de Pajares y San Isidro, y alguna otra debilidad, que antes ignoraba, hasta el vértigo que ahora siento, tras mi ictus, en los espacios abiertos a la izquierda de ese "malferido", en palabra cervantina, cuerpo.

Pero el andamio tiene otros muchos significados y no se me escapa el del trabajo riesgoso. Supongo que estando a este lado de la ventana, mi mente no deja, sin embargo, de considerarse en ese andamio en el que la ciudad tratará de reconocerse rehabilitándose así misma. Mario Benedetti, convertido en personaje de sí, rehizo en Montevideo su vuelta del exilio sirviéndose de la evocación sugerente de los andamios. Cuando en 1987 constaté que Buenos Aires carecía de andamios, bien supe de una crisis más allá todavía de la crisis.

Oviedo no es Praga; para mí, es mucho mejor. Juan Miguel de Laguardia, arquitecto que fue municipal, debió conocer la capital checa. En cualquier caso, los edificios modernistas de la calle Marqués de Santa Cruz se parecen sin andamios a esa ciudad centroeuropea.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué bien escribes!J.

Anónimo dijo...

Recibido mensaje.JM

Anónimo dijo...

Recibido mensaje.JM

Anónimo dijo...

Aprendí y experimenté en mis elementales experiencias de escalada el viejo aforismo de los montañeros y escaladores:la cumbre está en el valle(En el andamio:"lo peor para mí no fue subir sino bajar...").L

Anónimo dijo...

de obras veo q estáis .Suerte,pues

Anónimo dijo...

Me has enseñado mucho en política y tolerancia aunque no pensemos en absoluto lo mismo.G