domingo, 18 de mayo de 2014

Gluten y tartamudez




Leo en la prensa francesa que Manuel Valls, primer ministro, es alérgico al gluten y ha impuesto su pauta en las comidas del Hotel Matignon, sede de la presidencia de su gobierno.

Nada más pisar Brubru, Sonia, una antigua compañera de la entrañable Asociación de Amigos del Sahara, que fundé con ella y otros generosos internacionalistas en 1974, me profirió ampliamente los sufrimientos de una nieta suya que tardaron en diagnosticarse hasta saber que era reacia al gluten. Sonia se lo tomó como una lucha militante en la que tuvo éxito y, desde luego, me mentalizó, suplente que era entonces en la Comisión de Agricultura del Parlamento. No sé si fue la ministra Pajín, o Trinidad Jiménez, titular sucesiva de Sanidad y Exteriores, quien hizo suya esa misma lucha, tan sencilla como el etiquetado de los productos alimenticios y, hoy, la imperiosa necesidad de que los precios sean los de los productos, con independencia del gluten y la reducida demanda.

Ya he visto que algunos restaurantes de Oviedo ofrecen ejemplarmente la disyuntiva sin problema mayor.

Todavía queda alguna batalla por el etiquetado en algunos países pero la mentalización es generalizada. Mi compañera catalana, María Badía, fue de los primeros en tomar conciencia y es justo reconocérselo ahora que, como yo, deja el escaño.

En aquellas calendas también hice mía la preocupación de los tartamudos, afectados por una discapacidad evidente que, en España, afectaba a muchas disposiciones, de forma especial, la de los opositores a cualquier nivel de la Administración. Los notarios y registradores se pronuncian por escrito en su profesión, pero su temario es oral. Mi buen profesor de Derecho Penal, el hoy fallecido Antonio Beristain S.J., con el que consulté ese problema, veía normal que un tartamudo no pudiera acceder a cátedra. Hasta Figueras/Castropol me visitó entonces, antiguo Alcalde de Sevilla y líder democrático en la transición, Alejandro Rojas Marcos, que asesoraba a una asociación de afectados y tenía muy claras las ideas. En el parlamento había dos afectados notorios, Andrew Duff, líder liberal británico, que sigue en la brecha europeísta, pero negando su propia y evidente limitación expresiva, y De Rosas, de mi grupo, que sí lo asumía y que hoy se ha reintegrado a la política nacional irlandesa.

Ha pasado poco tiempo aunque parece mentira que hace nada las discriminaciones por
gluten o tartamudez operaban y ¡de qué forma!

La confesada actitud de Valls, del que, no obstante, tanto discrepo en gestos xenófobos, me parece fenomenal.

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