martes, 14 de enero de 2014

El alfiler de Rajoy


Ha sido pequeña noticia cómo un policía bruselense impidió la entrada a una Cumbre de nuestro Presidente, Mariano Rajoy.

Antes de llegar a la sede del Consejo, precisamente frente a mi despacho del Parlamento, los mandatarios, cabezas de delegación, reciben un discreto alfiler que deben pincharse en la solapa izquierda o derecha de la chaqueta según las secretas instrucciones de la ocasión. Don Mariano, antiguo Ministro del Interior, ducho, en principio, por tanto, en estas extrañas prácticas de seguridad, descuidó llevar abierto el abrigo que impidió la visión de la cabecita del salvoconducto de marras. Hubo de regresar sin gabán y sin que, antes, valiesen, de nada las palabras exculpatorias e identificadoras de los diplomáticos que formaban en el séquito de una comitiva con sendos escapularios y fotos plastificadas, que es de lo que se libera únicamente a Presidentes, Primeros Ministros, u otros Jefes de misión. Solo a uno por país. A la Sra.Merkel, sin solapas en su atuendo naranja, no obstante, nadie le exige credencial alguna a la vista.

A mí me ocurrió un sucedido parecido a Rajoy cuando representé, en Viena, al Parlamento en la cumbre de ministros del Interior de Europa, Estados Unidos, Rusia y Antigua Yugoslavia. Fue un mediodía en que sustituí, en la legislatura anterior, a Rosa Díez, recién cambiada de partido. Como esperaban a una mujer, el celoso funcionario no me facilitó el alfilerito de cuyos efectos taumatúrgicos, yo nada sabía entonces. Así las cosas otro circunspecto vienés me puso en la calle sin atender para nada mi protesta plurilingüística y mi advertencia de que debía pronunciar unas palabras en la sesión inaugural. La Nueva España se hizo eco en una de las sabrosas columnas del enigmático Arturo Román, del que sabemos apenas su parentesco con el viñetista Rogelio.

Como hacía un magnífico sol que invitaba al paseo, opté por darme un voltio en el autobús turístico panorámico, por la senda floreada de Sissí y Francisco José. A la altura de la Plaza Herbert Von Karajan, junto al teatro, dos motoristas, como los que me habían dado escolta mañanera del Aeropuerto al Hotel, me hicieron bajar, con saludo militar incluido, para que esperase a un coche policial que me devolvió al Palacio de Horfurg y a la lectura tardía de mi discurso, tras pincharme, evidentemente, el alfilerito. Creí, luego, que me lo podía llevar como recuerdo, pero un nuevo policía lo recogió, muy atento y frío, al acceder al avión de vuelta a Bruselas.

No sé si el Sr. Rajoy conserva el suyo para otro viaje a Brubru, lo que sí parece es que, aunque lleva varias cumbres no le conocen, o no quieren conocerle, suficientemente.

Me solidarizo con nuestro Presidente, no tanto como tal, que para eso pertenezco a la leal oposición, sino por haber padecido antes engorro parecido.

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