martes, 10 de diciembre de 2013

La sonrisa etrusca





En la primera página de La sonrisa etrusca, que pasa por una de las mejores obras de José Luis Sampedro, santo laico a la manera de Giner y los institucionistas de la Libre Enseñanza, se describe la paciente contemplación en el Museo romano de Villa Giulia de un conjunto escultórico, que llama la atención del vigilante museísta.

Ahora se acaba de descubrir en Manchester, al Norte de Inglaterra,  que la estatua egipcia Neb Senu, de 24 centímetros, esculpida hacia el año 1.800  a.c. como médium espiritual del alma de un alto funcionario, rota sobre sí misma sigilosamente.

Manchester la adquirió hace ochenta años, pero la exhibe reubicada en un nuevo pedestal, que está resultando mágico, desde el año pasado. Neb es piedra color verdosa que se mueve en horas punta, por vibraciones de tráfico y, en especial, pisadas, pues los fines de semana y la noche, mientras el músculo duerme, permanece en su proverbial quietud.

Es otro de los fenómenos considerados misteriosos que apasionan en la red como los que ya relaté de la presencia en la mariña lucense de una pieza de gutapercha con origen en Java, como le sucedía a la botella con una narración extraordinaria de Poe, o el de cien cipreses que resistieron, verdes y juntos, entre Castellón y Valencia, un devastador incendio.

Destaca en el desplazamiento de Neb Senu el giro constante contra las agujas del reloj como si se rebelara, a mi modesto juicio, del convencionalismo de nuestro tiempo.

En mis tiempos bilbaínos recuerdo la inauguración de la sala Grises, de arte vanguardista, en la calle Banderas de Vizcaya, hoy Telesforo Monzón, donde su promotor, José Luis Merino, presentaba un múltiple con la novedad de que respondía al chasquido de los dedos.

Es lástima que Sampedro, él mismo funcionario y excelso pedagogo, de alma aún influyente, no haya conocido la talla egipciomanchesteriana, pues su compasiva y crítica sonrisa se habría reafirmado probablemente en su encomiable búsqueda de una solución pacífica e indignada a los agobiantes males de nuestra civilización, que, por cierto, desde la atalaya de Brubru, se divisan brumosos en la cotidiana errática espiral quietud/ pleno movimiento.

Manchester está unida, en el acervo popular, a las connotaciones históricas del capitalismo liberal y textil más radicalizado y, aún, quizá hogaño, a los éxitos de sus equipos de fútbol. Como abogado visité en su día la ciudad inglesa varias veces y atravesé el puente de Calatrava que la separa de Salfort, cuando todavía, antes de su estrepitoso fracaso ovetense, me enorgullecía del arte ingenieril de un compatriota, pero no conocí el Museo ni una pieza que se presta a tanta inquieta peroración.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sabes que el libro de Sampedro está motivado por su nieto,hijo de mi hermano J.A.Luis

Anónimo dijo...

Gran novela que leí varias veces. Deberías de añadir a funcionario y pedagogo su condición de economista brillante que nunca se cansó de abogar, cual voz que clama en el desierto, por una economía más humana.
La noticia de la estatuilla salió el otro día en las noticias y en TVE vi también un reportaje en el que citaban el caso.