lunes, 16 de diciembre de 2013

Cosmen, en el atrio del mito



"Como todos los grandes trabajadores daba la impresión de no tener prisa"
Manuel Campa/Fernández de la Cera.

Mucho se ha dicho ya sobre Pepe Cosmen, en la hora de su muerte.

Mi conocimiento del que todos reconocen como excelente emprendedor y mejor ciudadano, se remonta a los años cincuenta. Su hermano Basilio era profesor de los frailes dominicos y hasta allí Pepe se acercaba con el autobús que se identificaba por su nombre rotulado en letras sueltas como fue luego una práctica de la publicidad para todas las buenas marcas. Aparcaba perpendicular en los aledaños de la plaza dominica aún sin urbanizar.

En aquella época se dio el giro de los Cosmen hacia la más amplia integración en ALSA. Recuerdo muy bien, y tuve varias ocasiones de hablarlo con Pepe muchos años después, cómo mi abuelo Antonio, Director del Banco Herrero, me lo presentó como una personalidad con agallas, de la que después me insistiría que tuvo la firmeza de enfrentarse con la claridad transparente de sus cuentas al malévolo comentario de alguno de sus socios. Agallas que también le reconocía de nuevo mi querido antepasado por arriesgarse a empresas con mucho personal.

En mis orígenes profesionales mantuve una, por mi parte, intensa relación pues siendo pasante del entrañable Enrique Cárcava, se me encargó el seguimiento de una cláusula de acusación particular que la Estrella de Seguros mantenía con Alsa. Fueron juicios casi todos los días que me enseñaron oficio y de los que constato con satisfacción, que Asenjo, el sobrio empleado de Pepe que los controlaba, sigue en funciones y estaba a su lado en la capilla ardiente de los Arenales.

Hace años, Pepe me contó con todo detalle cómo se acercaba a China a través de un anuncio en el que el gran país emergente aseguraba el descubrimiento de una pasta de dientes que ayudaba a respirar. Le pareció un producto fantástico, pensando en tantos mineros asturianos con problemas pulmonares. Esa primera relación oriental no prosperó, pero en la correspondencia los chinos preguntaron a qué sector económico se dedicaba y le propusieron enseguida ese legendario negocio de taxis entre Hong Kong y Shanghai.

En la noche blanca o en otra de sus geniales intervenciones, Jaime Herrero recordaba los despertares del emblemático edificio del arquitecto Castelao, cobijo de la Estación de Autobuses, cuando se oía, estridente, la voz enigmática de la megafonía: "en el once, Bruselas; en el doce, Moscú, en el ocho, Ribadeo..."

La empresa fue adquiriendo rasgos mitológicos, Pepe y María Victoria celebraron con los suyos cumbre en el Tíbet; y luego, o antes, en Nuevo México, donde Ángel González contaría al novelista peruano Bryce Echenique, el papel determinante de Alsa en la geografía de Oviedo. Y de ahí la presencia de la desaparecida estación universalizada en "La vida exagerada de Martín Romaña". De ahí también las dos ediciones antológicas que de Ángel, un Cosmen, audaz con la cultura, distribuyó entre viajeros, y que tras abandonarnos el poeta, Pepe me insistió en publicar de nuevo. Se hizo, con una magnífica introducción de Susana Ribera, en multiedición de Visor y Alsa ("La primavera avanza"). De influencia de Cosmen fueron las traducciones al chino de "Marta y María", de Palacio Valdés, e, incompleta, La Regenta, a cuyo traductor, recibí en la Alcaldía ovetense, remitido por Pepe.

Contaba Víctor García de la Concha la anécdota, o perla, de cómo Pepe había recogido aleatoriamente en su coche a una anónima aldeana que, azarada, se dirigía del HUCA al Alsa. Al bajarse, la buena mujer le extendió dos duros diciéndole: "Gracias. Para que se convide".

Además de los exóticos lugares de destino, que rememoraba Jaime de sus ensoñaciones artísticas, era un espectáculo, cualquier domingo de calendas preeléctrónicas, divisar el patio, en hora punta, con Cadenas, Celestino o cualquier otro directivo, arremangado, blandiendo grandes gestos que colocaban a los vehículos en sus andenes en círculo. Desde ahí abajo, sin anillos, los Cosmen enseñaron el espíritu de la casa a sus hijos. El consentido protagonismo de estos, en vida de Pepe, y además del quehacer ímprobo de Andrés en las antípodas, se me reveló cuando ví a Jacobo sustituyendo con galanura tranquila a su padre, o a Fernando sacando adelante un naranjal, o a María, entregada a un incipiente McDonalds, lleno de estúpidas burocráticas dificultades de apertura, o la tarde que Pepe me habló en Estrasburgo, donde nos debatíamos con la viabilidad financiera del tren, de que su hijo Jorge era un campeón de la privatización del tan histórico ferrocarril británico, o Covadonga, o José, el mayor de la prolífica saga, o Felipe...

Mientras Pepe me hablaba a Alsacia, no podía yo menos de rememorar su viejo y ya exitoso enfrentamiento con el canon de coincidencia, que impedía el paso por el Huerna.

Hace años tuve un percance con las cuerdas vocales, que el sabio Carlos Suárez me sacó adelante. Pepe me escribió entonces, para ofrecerme una estancia tranquila en Letariegos, pues le constaba que era remedo para la garganta. Naturalmente no acepté, pero me quedó la intriga de conocer mejor de dónde provenían los antepasados de Pepe, Manolo, Secundino, Basilio, sus hermanas...incluso para interesarme en cómo Jovellanos ya los mencionaba y, desde luego, ubicar in situ la tarifa de la media burra, que, con general regocijo, Pepe mencionaba para aquellos autobuses pioneros. Esa cita memorable estaría, como deliciosa metáfora, central, en su discurso por el doctorado universitario; era el billete reducido por el compromiso de ayudar a empujar en caso de atasco por nieve, bache u otra inclemente emergencia del viaje. Tamaña felicidad al engalanado homenaje de la Universidad, le constaté primero en la plaza compostelana del Obradoiro, mientras esperábamos el concierto de Plácido Domingo y Ana María Martínez y me confesó que en su bolsillo estaba el cheque conformado por una cifra inimaginable con el que pasaría a adjudicarse Enatcar, lo que le convertía en líder incontestable del transporte por carretera.

De Leitariegos, en mis tiempos de Consejero del Gobierno autónomo, estábamos ya obsesionados por los remontes para el esquí y los restos de la arqueología de mazos, batanes, patrimonio inmaterial y demás entre lo que me apasionaba especialmente la jerigonza del patsuezu que tanto divulgaba un, creo, pariente lejano, Melchor Rodríguez Cosmen, Provisor.

Tiempo ha, Fernando Zuazua, me decía que no existía ovetense ni oviedista, tan entusiasta. Y releyendo sus cosas, también se puede decir de Pepe como gijonés de adopción estival, o salense por afinidad , o cangués ejerciente. En definitiva, se ha ido un asturiano, que como todos los que han surgido en la frontera han vivido nuestra tierra más que nadie.

Ese carácter fronterizo lo resaltaba Julien Gracq, como recurso literario, y está también en otros dos grandes asturianos a los que mucho quiero, en memoria, el desaparecido Manolo Díaz Ron, nacido en el Abres gallego, pero siempre asturiano por su bautismo en la parte vegadense, y, en admirables facultades, Paco Rodríguez, de Trascastro/Llamera/Cibea, tan próximo, por dudosa casualidad, al Leitariegos de Cosmen.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias.El mejor de los muchos que le dedicaron.MCA