sábado, 16 de noviembre de 2013

Mi pequeño Snowden


En el despacho que, durante años, abrimos en la gijonesa Avenida del Llano, Marcelino Arbesú y yo habíamos defendido a un grupo de trabajadores que montaban algo relacionado con la telefonía. Días después de aquella sentencia, o auto, que no recuerdo bien, nuestros clientes se presentaron con otro miembro del todavía clandestino CC.OO, que era un experto o analista, para explicarnos cómo habían detectado que nuestro teléfono fijo -no había otros aún- estaba pinchado sin autorización judicial por, supuestamente, la siniestra Brigada Político Social. Del que teníamos en Oviedo no supieron darnos cuenta cierta, pero como quiera había síntomas harto evidentes, me presenté al buen juez Jaime Barrio, de guardia semanal, que se tomó muy en serio mi denuncia, en la que la fiscalía apenas intervino luego, y hubo de archivarse.

Mi pequeño Snowden, dicho con el cariñoso diminutivo de estos pagos, pétit o little, era, como el tan perseguido Edward, que aún no había nacido, reservado, prudente, afable...Sabía que la traición podía costarle caro pero era muy fuerte su compromiso con la Libertad, creo recordar cercano a un partido minoritario de raíz marxista y aún leninista, PCTA, que lideraba un carismático José Manuel Álvarez, Pravia, que había pasado largo tiempo en la prisión de Carabanchel y del que no sé nada ahora.

Episodios de ese tenor y valor he conocido luego decenas. Y ya no fue solo que la sociedad intuyera, o supiera, lo que sucedía, sino que, a la simultánea, desesperaba la tolerancia y permisividad de no pocos con el fascio.

Ahora, con la crisis Snowden, hubo un instante que los gobiernos occidentales parecían ponerse de acuerdo para callar al filtrador impidiéndole viajar en lugar de reflexionar sobre el mal que se ponía en evidencia. El que se fuera sabiendo el control sobre la Presidenta brasileña, la empresa de petróleos y un largo etcétera, en el que figura la obsesión por el Papa Francisco y el secretismo del Cónclave, hasta llegar al móvil de mi denostada Merkel, ha hecho saltar la general alarma. Genial por surrealista me ha parecido la cita del General Alexandre sobre el policía Reynaud de la película Casablanca que se enteraba cínicamente de que se jugaba en el Bar de Rick o Bogart.

Mi compañero Claude Moraes, al que le he deseado la mejor suerte, estuvo, al frente de una delegación parlamentaria para recabar datos en Washington de cómo salir de este enojoso asunto. Porque también, en el colmo, los americanos manifestaron que no estaban afectados sus auténticos socios anglos blancos de Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido y Canadá. Audaz ha sido un diputado verde alemán que ha concertado, pendiente de garantías procesales, con Snowden su presencia este mismo mes en sede parlamentaria berlinesa.

No sé qué habrá sido del generoso pequeño Snowden gijonés que conocí, bien creía
ingenuamente que en Libertad no proliferarían casos semejantes.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Antonio era Partido Comunista de los Trabajadores de Asturias y el alias Pravia era por su procedencia de la antigua capital asturiana

Anónimo dijo...

Gracias, Antonio
Buena columna (la de LNE, no aquella Brigada Político Social especialista en cloacas, claro). Sigo tus escritos periódicos. Enhorabuena.
Vicente S.

Anónimo dijo...

Marcelino es el padre de Gema Arbesú como él en el Observatorio Asturiano del Sahara Occidental,donde ese campeón de los derechos humanos quiso ser enterrado.