miércoles, 16 de octubre de 2013

Noche en blanco

Estuve en la llamada primera noche blanca de Oviedo, mi ciudad.

Eloina, mi mujer, y yo habíamos comparecido, por pura casualidad, en el origen del experimento en Roma y modestamente había propugnado, en mis escritos, tan diversos, porque se adoptara en nuestro país. Que la hicieran, pasando los años, en mi propia ciudad resultó de una emoción especial y más aún con la dignidad, brillantez y adaptabilidad (¿dónde sino en Oviedo podían cantar las Pelayas, que tanto admiraban en la distancia los monjes de Solesme, que visité tiempo ha?, ¿dónde el bálsamo de un Carbayón virtual sobre la herida abierta hace tanto ya?) pero si en el fútbol tenemos clasificación impropia, en la calle la gente de la noche blanca superaba claramente la  novedad romana. Incluso podría quizá con aquella otra, tan distinta, blanca por corta y definición, de San Petersburgo y las ciudades bálticas, que con el solsticio de verano conmovían al gran Dostoyesky.

Tuve la venturosa y añadida circunstancia de patear el Oviedo antiguo, pese a mi pata chula, con un chino, una ucraniana, una americana de Utah y una chica de Tomelloso, compañeros de mi hija, que si estaban ya entregados al genio de Oviedo lo hicieron probablemente un poco más, como les dije delante del actual Alcalde, con el que nos topamos en medio de la apoteosis.

En el caserón de la Universidad hubimos de cambiar de aula para escuchar las geniales intervenciones de Fernando Beltrán, Javier Cuervo, Pablo Moro y Jaime Herrero. Al poeta no le había pasado nunca eso del traslado por lleno absoluto, con lo que bien recordé, cuando al principio de la transición democrática, lo hubo de hacer Tribuna con Rafael Alberti.

La noche blanca fue un éxito indudable, de participación y el fracaso personal mío de anunciar en twiter por adelantado que asistiría a un montón de lugares en los que no pude ni entrar como las citadas Pelayas o el Museo o la Fábrica de Gas o el Arqueológico. Tampoco a la galería de El Postigo a cuyo imaginativo pase de sombreros sí entraron mis jóvenes acompañantes.

Muy bien, ojalá tomemos buena reflexión de este éxito participativo, que siempre intuimos del espíritu mateín, de la Balesquida (que hay quienes quieren cargarse), del oviedismo...de la luz cultural de la noche.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como te dije este artículo te engrandece

Anónimo dijo...

JR F-M