sábado, 14 de septiembre de 2013

Violoncello, viajero business.


Tendría yo catorce años cuando acompañé a mi padre, supongo que a esperar a alguno de mis hermanos, a la Estación de Hendaya. Era un lugar histórico donde apenas un par de décadas antes se había producido, en aquel mismo andén, el encuentro entre los caudillos Franco y Hitler, que daría título a Serrano Suñer, "Entre Hendaya y Gibraltar", puesto, por cierto, ahora, en este segundo topónimo, de máxima actualidad, con la agresión británica de contrabando y otros tráficos ilícitos, paraíso fiscal, gasolineras flotantes, blanqueo de capitales y setenta bloques de hormigón arrojados al mar. (1)

Mientras esperábamos, en aquel entonces, con la impaciencia propia de toda llegada de gente menuda, al otro lado de la vía, paseaba un hombre, de bigotito a la moda de esas calendas. Mi progenitor y el solitario andarín se reconocieron saludándose hasta pasar, el para mí desconocido, temerariamente hasta nosotros. Era el profesor Elías Arizcuren, primer cello de la Sinfónica de Asturias, que dirigía el inolvidable Muñiz Toca. Arizcuren era padre de un compañero de los dominicos (Arizcuren Cabezas), músico excelente él también. Según, nos dijo, Don Elías venía de reforzar la gira de una orquesta germana. Su chelo estaba aparcado en un solitario banco, al que dirigía frecuentes miradas.

Luego, he conocido a otros violonchelistas, siempre unidos a su instrumento y menos confianzudos.

En el Festival de Ribadeo, su director y alma, Leopoldo Erice, contó una sabrosa anécdota de la canadiense Rachel Desoer, del magnífico Cecilia String Quartet.

Rachel viaja con su violoncello por el ancho mundo. Lo cuida. Lo mima. Ese cello, o chelo, o violoncello, ha compartido grandes éxitos, si bien son las expertas manos que lo hacen vibrar las que generan sonidos maravillosos.

Lo que jamás habría pensado Rachel, ni Leopoldo, ni nadie es que el instrumento fuera premiado, enfundado, por su anónimo volumen. Y es que la cellista saca un billete solo para su cello, que ocupa asiento de pago junto a ella en los viajes de avión. Ocurrió, que siguiendo prácticas harto frecuentes, ante un exceso de pasaje en economy class, le dieron automáticamente lo que se llama upgrading para que subiera a business.

El elegido inopinadamente era el cello, sin duda de first class, aunque el algoritmo de elección no supiera de músicas celestiales; su dueña, en situación cómica, debía seguir en turista en la plaza contratada.

La anécdota del cello sentado al otro lado de la vía fronteriza, no sería probablemente imaginable en estos momentos de obsesión por la seguridad, pero el del viajero business, por el contrario, es bien creíble en la extraña práctica de las compañías aéreas.
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(1)"Atreviose el inglés, de engaño armado", verso de Lope de Vega, Códice Durán-Masaveu, 441


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Se puede comprender la querencia de Antonio Masip por ser el perejil de todas las salsas pero que se sume ahora a las denuncias a Gibraltar por contrabando, blanqueo y delitos ecológicos me parece altamente oportunista y patriotero.

Todo lo denunciado lo llevan haciendo en el Peñón años sin que nadie se rasga se las vestiduras.

Por otra parte, no estaría de más que esa misma contundencia no fuese fruto de una mala digestión se alargase en el tiempo y se extendiese a todos loa paraísos fiscales que existen en Europa, y fuera, y a todos los atentados ecológicos que vemos un día sí y otro también.

Pedro José Vila

Anónimo dijo...

Gracias,Antonio.Leo