viernes, 2 de agosto de 2013

Mi Bertrand Russell


La primera obra que leí de Graham Greene, con el que pasando los años mantuve una breve correspondencia que, a su muerte, interesó especialmente a La Nueva España, no fue una de sus apasionantes novelas, best sellers, sino una anodina pieza teatral, que no me prestó en absoluto,  “La casilla de las macetas”. Mi padre me la cedió en la segunda mitad de los cincuenta. No me interesó como el mismo autor luego, pero bien he podido rememorarlo, pues conservo el ejemplar de la bonaerense SUR, que al comienzo del Segundo Acto menciona a Bertrand Russell como visitante de postín a la Universidad en que profesaba uno de los personajes.


Fue mi primer contacto con ese nombre real en una obra de ficción, entonces rodeado de un hálito misterioso. De inmediato pregunté a mi progenitor por semejante tipo del que admirativamente me habló mi profesor particular de inglés. De aquella, lejos de eludir mis preguntas impertinentes, mi padre me puso entre las manos la edición de Aguilar de la colección de Premios Nóbel, referida a 1950. Su lectura no me fue fácil pero repasé sus páginas con más devoción que comprensión. Mi abuelo materno me interrumpió una de las noches que intentaba comprender en Russell problemas de la civilización y aún del tiempo cronológico. La actitud de mi querido antepasado fue la opuesta, lamentar que “un intelectual disolvente” me influyera, razonamiento que no pudo concluir ante la sorpresa de saber quién me había proporcionado el libro. Lo recuerdo con nostalgia y como prueba ante mí mismo de que Bertrand Russell estuvo en mí, y de forma peculiar, hace más de cincuenta años.

Luego le he seguido, en sus trabajos para el Tribunal Russell de Crímenes de Guerra en Vietnam, del Russell II sobre Latinoamérica...puesto en contacto a través del senador italiano Lelio Basso y el abogado francés Leo Matarasso, a los que tuve el honor de tratar y, junto a Marcelino Arbesú, adherir nuestro despacho como el de sus colaboradores asturianos.

En las actas del Parlamento Europeo está alguna intervención mía en el hemiciclo de Estrasburgo sobre el ejemplo moral de Sir Bertrand Russell.

En las circunstancias de los arcanos de la memoria se ha de comprender cómo me ha dolido que el Presidente Rajoy para su vergonzante autoexculpación haya mentado una muy conocida frase del filósofo y matemático.

No vale, por favor, valerse de un moralista tan respetado para utilizarlo, ni  tan siquiera de refilón.

Deje en paz a Bertrand Russell y aprenda algo, Sr. Presidente, de su talla y dignidad morales.

En “La casilla de las macetas”, uno de los personajes concluye : ”Es bueno decir cuatro verdades”.

Pues eso, al Sr. Rajoy, que de forma tan abrupta se mantiene en el “sostenedla y no...”

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