sábado, 1 de junio de 2013

Lagarde, tridimensional


El proceso en que está incursa Christine Lagarde, Directora del FMI, tiene varias, y complejas, dimensiones.

La primera es que su puesto parece maldito tras las abruptas salidas de sus predecesores, Dominique Strauss-Kahn y Rodrigo Rato, condenados para siempre por la opinión pública por sus personales inmoralidades de naturaleza diversa.

En segundo lugar, el caso Lagarde es infinitamente menos susceptible de maniqueísmo y, de momento, mucho más resistente. En su antiguo puesto de ministra francesa de Finanzas autorizó, contra el dictamen de sus funcionarios, a resolver un conflicto de la Administración contra los esposos Tapie, amigos y apoyos del Presidente Sarkozy, por la vía de arbitraje privado, en el que, además de su improcedencia había vicios de parcialidad en dos de los tres árbitros y, nuevamente contra la opinión funcionarial, no se recurrió el laudo de 403 millones de euros.

El procedimiento llevaba sesteando largos años y Lagarde se apuntó recientemente un tanto tras una declaración, al parecer esclarecedora, que duró veinticuatro horas y que la dejó en situación de “testigo asistido”, situación procesal entre la imputación y el archivo libre de la causa.

La tercera, que la Administración francesa no ceja en la recuperación de fondos pagados hipotéticamente de forma indebida, sean cuáles fueran las personalidades de los incursos y sus altas responsabilidades.

Lagarde es una técnica muy cualificada que goza de gran prestigio en medios económicos internacionales, aunque algunas decisiones son motivo de controversia y ella misma se está distanciando de aquellas recomendaciones de austericidio que tanto han generado depresión económica en la zona euro y en las que fue culpable como el que más.

Ha confesado de forma ejemplar que nunca habría obrado, en el affaire Tapie, como lo hizo de contar con datos que tuvo luego. La cuestión, no obstante, es si protege la recomendación que le hizo el Presidente y por qué, persona tan perita, se desvió descaradamente de la senda de los funcionarios de la Hacienda Pública.

Se cuenta que Sarkozy le tenía poco aprecio hasta que un día, en las deliberaciones del G-20, se percató del respeto que los americanos, incluido Obama, tenían por su colaboradora, que había ejercido en un gran despacho de abogados de la neoyorquina Madison Avenue, donde tienen sede las mejores firmas.

Lagarde es elegante donde las haya. Nada que ver con las curselerías de otras damas de hierro, tal la Thatcher, recientemente fallecida, o la centella naranja de la Merkel.

Tiene porte aristocrático “decontracté” - dicen hogaño en su lengua- que da tono de leve acento neutralizador a tanta medida enérgica. No precisaría estar en las listas de corruptelas de la cutre Gürtel para acceder con porte natural a pañuelos y bolsos de marca. Desde mi provincianismo, el personaje recuerda “Monólogo de la mujer fría”, de Manuel Halcón, novela hoy apenas leída pero que a mí me sigue interesando.

Los jueces, su antiguo ministerio, con titular de otro partido, y el FMI parece que le mantienen la confianza. Por encima de su gran traspié y debilidades cometidas en sus primeros tiempos de ministra, lo que nos interesa a los sufridos ciudadanos afectados de las decisiones del Fondo, de la Troika y demás, es que la economía de una vez se estabilice en la recuperación.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sí y recuperar la confianza en nosotros mismos, eso es lo importante. Para ello es necesario que no sólo estén en la cárcel porque han robado o colaborado necesariamente para que se robe, sino que retornen lo robado. El estilo decontracté, sólo la nobleza y la burguesía saben hacerlo. Llevan años teniéndolo muy estudiando y ensayado, digo años, siglos es lo que llevan decontractados y siglos llevan engañándonos.
S