martes, 12 de marzo de 2013

Belmondo en Zaventem

Hace algún tiempo me encontré con Jean Paul Belmondo, en el aeropuerto bruselense de Zaventem. El popular actor utilizaba mi mismo servicio de sillas de ruedas. Si era difícil de imaginar con la limitación de deambulación que sufre, su pícara sonrisa es la inconfundible de siempre, que Godard y De Sica, entre otros, supieron inmortalizar.


Me prestó verle y me hizo reflexionar sobre cómo cualquier mortal, incluso los que tanto han corrido en las películas hasta "À bout de souffle" pueden precisar de estos paliativos asistenciales.


Jean Paul es dicharachero como cabía imaginar y en el aeropuerto tuvo la suerte de que le asistiese Nadja, una empleada marroquí, que habla perfecto francés. Sorprenderá que lo resalte pero la chica es la excepción, en un servicio que conozco bien, pues, situado Zaventem en zona flamenca, los empleados son casi todos de lengua neerlandesa materna y experimentan ciertas dificultades a utilizar, aunque la conozcan, la de Molière. No importa que el francés sea oficial en Bélgica o que trabajen en lugar tan cosmopolita, los encargados de los servicios prefieren entenderse en inglès.


Los de seguridad a cargo del chequeo de la detección de metales invariablemente te hacen la pregunta "¿nederlands, français, english?".

A Belmondo lo reconocen pero le hacen pasar el mismo rigoroso protocolo. La pregunta sobre el idioma del chequeo es, en cualquier caso, un tanto absurda pues luego no hay más preguntas ni vale para nada.

Olisqueado

Lo más peculiar me pasó una vez en la zona del control de metales de Estrasburgo.

Mientras los demás pasaban sin problemas, o con el leve engorro habitual de líquidos u ordenadores a mí me pusieron aparte para un reconocimiento especial.

¡Y tan especial!

La policía militar esperó por un perro enorme y me ordenaron le acompañara, ¡al perro! a un pequeño cuarto, estrecho, en el que apenas entrábamos los dos, ¡le chien et moi! Me acordé de una relojería del Madrid de Pérez Galdós en que un personaje grueso "solo podía entrar de lado".

El perro era tranquilón pero, de sorprendido quizá, ni me miraba ni me olisqueaba apenas.

Al poco entró el policía que se ocupaba ¡del perro!, y me dijo que debía ponerme de pie y apartarme ligeramente de la silla de ruedas. Al otro lado de la puerta del cuartucho oí la voz del encargado, ¡de mi silla y mío, no del perro!, que protestaba airadamente. Entonces el policía se puso a reñir y a asegurar que cumplían, ¡el perro y él!, con su deber y que se callara, pero como quiera que mi voluntario e improvisado defensor continuaba en su alegato de que "me conocía, era yo europarlamentario" y no sé cuántos habían pasado sin semejante control, noté que la cosa podía complicarse y durar, por lo que intervine para ofrecer que el perro terminara de cumplir con su supuesto deber. Sin embargo, no había sitio para el perro, el policía, la silla y yo mismo fuera de la silla, apoyado levemente como estaba luego en el encargado de la silla.

El policía entonces me permitió salir sentado en la silla, para lo que los tres hubieron de apartarse con lo que quedaron dentro el perro y el encargado, que habrá sido bien olisqueado pero no yo, quien se supone era objeto de semejante segundo y minucioso control.

Enseguida llamaron al vuelo y una azafata de tierra me condujo a la carrera, lamentando:

-Éstos franceses...como Asterix u Obélix habría dicho "Estos galos".

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