sábado, 1 de diciembre de 2012

Pepe Vélez o las tiendas de elefantes




Acierta el Ayuntamiento de Oviedo poniendo una de sus calles a José Vélez Abascal.


Todo un personaje que, mortales somos, nos dejó un poco después que tantos otros amigos y una pizca antes de que le sigamos inexorablemente.

Fue un inquieto periodista gráfico, dotado de una personalidad exuberante y arrolladora, inclasificable y probablemente irrepetible. Oí a Juan de Lillo hace muchos años que el Archivo personal y anárquico de Pepe era quizá el testimonio mejor de una larga época de Asturias, como bien quedó en parte reflejado en alguno de los libros de ambos al alimón, Pepe y Juan.

Como lo traté mucho, tengo cientos de anécdotas que, cuando ya lleva tiempo sin estar, acompañan mi pena por su desaparición. Éramos amigos aunque nuestras cosas e ideas fueran muchas veces diferentes, y nuestros contactos tan complicados que rebotaban en el canal de Panamá en el reflejo de Aurelio Díaz. Otra común amistad era la de Paco Rodríguez, de Anleoó, como gustaba pronunciar en impostada entonación francesa el gran Emilio Alarcos, también grande en humor.

Poco antes de que la imagen de los elefantes entrara tan brutalmente en la degradada pequeña historia española reciente, Julio Puente recordaba el recurrente aforismo de Vélez sobre el camino enloquecido y contranatural de poner en el Naranco una tienda de paquidermos.

Un día le reconocí entrando a mi lado en camilla hacia el quirófano donde los dos debíamos enfrentarnos a la destreza de sendos bisturís; de Hevia, él, y de mi admirado Carlos Suárez, yo, mientras otro colega de Vélez, más joven, y un tanto excesivo quebrantaba con su máquina nuestra intimidad.

Ambos de alta, le seguí luego siempre con alguna preocupación  que se me olvidaba ante su fraseología, llena de gracejo que, a veces, desconcertaba, pero que era alimento imprescindible por su torrente de ovetensismo y asturianismo militantes.

Un día, Pepe me contó cómo tenían truco facilón unas fotos taurinas y yo había anotado para valorar la técnica de Paco Grande, un enorme fotógrafo, hijo de dos grandes, Pachu y Gloria, exmarido de Jessica Lang, con apenas uno por ciento de visión en sus ojos. No hubo tiempo ya para semejante pregunta pero cuando, a su muerte, coloqué en mi blog una magnífica foto de Pepe bien fabulé que fue capaz de ver un mil por uno al colocar la cámara delante del güeyo

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sí.fue un gran amigo.Paco