lunes, 17 de diciembre de 2012

Fascinación de la memoria

Mi cita sabatina en este periódico es una autoobligación, un tanto kantiano que soy, en un intento para acercar a los electores de mi circunscripción a andanzas y pensamientos que me sobrevienen en esta Brubru, que desearía a mis paisanos menos hostil, enigmática y lejana. Un colega, oriundo de nuestra tierra, también asume de un tiempo a esta parte un reto semejante con sus distintas y respetabilísimas maneras angulares.

Pero el relato de sucedidos parlamentarios, que pueden ser demasiado densos o caer en otro tipo de distancia, se me entremezcla, en Guadiana cotidiano, con los meandros de la literatura, sobre todo con lo que el gran José Lezama Lima llamaba fascinación de la memoria.

Y es que todo lo que toco me lleva a ensalzar una relación con el futuro/pasado que se recupera prustianamente a cada instante y que no siempre será comprendida en compromiso para mí inevitable, pero quizás algo erráticas en otras interpretaciones bienintencionadas.

Lezama Lima es un escritorazo, e incluso un personaje, al que he llegado a través de María Zambrano y José Ángel Valente. Mi gran amigo Jesús Arango, hogaño portentoso habitante de la praviana Los Cabos, y yo conocimos, en una memorable tarde ginebrina, al poeta Valente, al que volvería a visitar luego y recibir también en Oviedo, y a la filósofa orteguiana Zambrano, en extraña escena, entre gatos, tal como describía Lezama a estas exquisitas personalidades ahora ya idas.

Zambrano, Valente, Lezama están entrelazados con un cuarto espada de un mismo polígono, el pintor ovetense Luis Fernández. Son cuatro intelectuales de primera que se superponen como en una de las figuras geométricas que del artista pude hacerme en la galería Durero, antigua y maravillosa pajarera que fue de Miguel Ángel García Guerrero, en las inmediaciones de Begoña. Se suele decir que Oscar Niemeyer, ya para siempre vinculado a Avilés, odiaba el ángulo recto, lo que no fue el caso de Fernández -Louis le nominaba Paco Carantoña-, otro artista del que Asturias debe enorgullecerse.

Gijón hace homenaje permanente a José Lezama con el nombre de uno de los templos de la intelectualidad activa, la librería Paradiso, en la calle Merced, donde Chema, hijo de Luciano («Chano») Castañón -que descubrió para Asturias, en París, al citado genio Luis Fernández-, se afana en estar a la altura difusora de su casta y también de un nombre de novela que es toda una referencia de calidad y toma de partido de la narrativa en español. Lugar, en efecto, sagrado que Xuan Bello denominaría embajada del alma.

La memoria, mientras pueda, me seguirá fascinando no tanto como ensimismamiento contemplativo y egoísta, sino por el grito de confieso que he vivido que cantara explícitamente Neruda y que es elemento, y alimento, a compartir con esos congéneres que busco representar lo mejor que puedo y sé, entre las brumas del piso onceno del Parlamento. Algo que no se agota, que diría Muñoz Molina, porque está en las palabras y un poco más allá de ellas
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lezama Lima, barroco. "Paradiso" es su gran relato. Y cubano, como yo. Lo conozco desde finales de los años sesenta. Un abrazo, Masip.

P. F

Anónimo dijo...

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> PRECIOSO.COMO SIEMPRE.¡QUÉ BIEN ESCRIBES Y QUÉ BONITOS RECUERDOS¡¡¡¡¡¡
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> ABRAZOS
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G.E.

Anónimo dijo...

Lezama Lima es un enorme escritor aunque ilegible."Paradiso"no hay quien lo lea.Prefiero sus ensayos,sobre todo alguno sobre Góngora,porque en lo que se refiere a la borrachera lingüística,don Luis y él eran tal cuàl.La prosa del ensayo es diferente de a de la novela,como bien demuestra Ramón Pérez de Ayala,pésimo y aburridísimo novelista,pero como ensayista está bien y a veces muy bien.GN