miércoles, 3 de octubre de 2012

Gabriela Cañas


Gaby es una magnifica editorialista de El País. Conoce bien Bruselas, donde ella y su marido, Carlos Yarnoz, compartieron una muy activa corresponsalía. Cuando firma con su nombre tampoco suele tener desperdicio. Me interesa especialmente resaltar su artículo del pasado 24 de septiembre que me ha hecho reflexionar como casi todos los suyos.


ALGO NO ENCAJA EN LA UE

Algo no encaja. Mientras las opiniones públicas del continente muestran un creciente rechazo hacia la Unión Europea, los líderes políticos se embarcan en un proyecto que se resume en la manida expresión de "más Europa". O sea, si no se quiere una taza, taza y media. Un rápido vistazo a la coyuntura europea indica que el horno no está para bollos. Según la última cifra de Eurostat, 25,2 millones de personas en los 27 países de la UE están en paro. Las penas de los griegos y los portugueses parecen enquistadas. Los españoles y los italianos sufren problemas similares mientras sus Gobiernos intentan eludir un rescate que no parece resolver los grandes problemas, y Francia, con un desempleo también desbocado, proyecta nuevos recortes.


Así las cosas, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, ha propuesto una federación de Estados europeos y el llamado Club de Berlín, formado por 11 países de la UE -entre ellos, España y Alemania-, dice estar trabajando por un supergobierno europeo con más poder y un presidente de la Comisión elegido directamente por los ciudadanos. Y entonces habrá muchos que se pregunten para qué queremos una UE más fuerte que, empeñada en el control de déficit público, parece haberse olvidado de los auténticos problemas de los ciudadanos: paro galopante, recorte de los servicios públicos, poder adquisitivo a la baja y clara devaluación de su voto por cuanto elige Gobiernos que no toman decisiones en función de sus programas electorales y de las necesidades de sus ciudadanos, sino en sumisa obediencia a los banqueros, Berlín, el FMI, el BCE y Bruselas.


Vivimos en un estado de emergencia. A lo largo de su corta existencia -55 años-, la UE jamás se había enfrentado a una crisis tan profunda y larga como esta. Con instituciones aún por fundar, otras en rodaje y una moneda única dando sus primeros pasos, se está viendo obligada a armarse en tiempo récord contra este gigantesco ataque al euro y a los estándares sociales. Puede servir para entender las políticas actuales, pero no alcanza a justificarlas. El político austriaco Stefan Lehne advertía sobre el peligro de salvar el euro perdiendo por el camino a los europeos. Y a la vista de los sondeos es exactamente lo que está ocurriendo. El euroescepticismo se acrecienta y no solo en países en crisis, también en Alemania.


El tradicional juego de los gobernantes nacionales de echar las culpas a Bruselas como si ellos no fueran coautores de las decisiones es un arma letal contra el europeísmo. Es asombroso oír a Rajoy hablando de que hay que seguir "lo que diga Europa" -así, en tercera persona- como si no supiera que quien más poder tiene en Bruselas son los 27 jefes de Estado o Gobierno de la UE. Son los tecnócratas de Bruselas los que obedecen sus órdenes y no al revés. Así se entiende mejor a Barroso cuando lamenta que los Gobiernos presentan las cumbres como combates de boxeo y que no es razonable que el contribuyente rescate al banco y luego sea desahuciados. ¿En qué quedamos? ¿Quiénes imponen la austeridad, el control del déficit y la reducción del Estado de bienestar? ¿Seguro que solo son Berlín o el FMI? Quizás, como diría Aznar, los responsables no están en montañas tan lejanas. A lo mejor están, sencillamente, haciendo dejación de sus responsabilidades y, además, absteniéndose de participar activamente en la política europea.

Sí, necesitamos una Europa más democrática que nos fortalezca frente a los dictados financieros y que sienta la necesidad, aunque solo sea por electoralismo, de cuidar al contribuyente. Que salve el euro y rescate bancos, pero que sobre todo defienda a sus votantes: la Europa social que tantos soñaron y no la coartada de gobernantes mediocres.



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