sábado, 27 de octubre de 2012

ERROR DE SECUESTRO EN SCHIPHOL


Las pistas del aeropuerto  holandés de Schiphol están por debajo del nivel del mar. Los altímetros enloquecen en esas circunstancias. Pasó también en los diques de New Orleans cuando el Katrina. Lo más extraño es que, coincidiendo con el descubrimiento de una bomba de media tonelada, sin explosionar desde la Segunda Guerra Mundial, el control aéreo sospechó que un Airbus de la española Vueling había sido secuestrado al sobrevolar Schiphol/Amsterdam.

Emergencias a tope pero luego nada. No como las tribulaciones de Rynair, a la que el Comisario de Transportes, Kallas, debería controlar más, por esa desvergonzada restricción de combustible. Sin olvidar tampoco por las autoridades patrias las denuncias de equipaje que ejemplarmente tramita la OMIC de Castrillón.

El cielo europeo se pone nervioso con cierta frecuencia. Bien lo experimenté con la erupción del volcán islandés.

En cualquier caso, las bombas son triste recuerdo de pretéritas violencias bélicas y terroristas.

Encomiable la tarea contra las minas-antipersona del jesuita gijonés Don Enrique Figaredo, obispo en las antípodas casi.

En mi primera semana escolar en los Dominicos, sería 1954, a un trapero le explotó una en el Campillín. La masa encefálica de aquel infortunado irrumpió volando en el patio de recreo como si hubiera rebotado en la pared del frontón. No recuerdo tanto aquel resto humano como la sorpresa de nuestros preceptores por la frialdad de un compañero testigo próximo del hecho. Siempre me acuerdo en el hoy parque urbano hermoso, en adjetivo del inolvidable Tolivar Faes, y en su Paseo de Antonio García Oliveros, antes terrible y devastada zona bélica, desde donde Vaquero Palacios pintó su desgarrador cuadro de Oviedo en llamas, hoy pieza de referencia en el Museo de Bellas Artes.

En este mismo blog he citado la magnífica entrevista memorialista, en La Nueva España hace semanas, al gran escultor Fernando Alba, que recuerda la trágica muerte, en Francia, del poeta Victor Garsaball, mientras manipulaba un explosivo. De la ficción bien retuve el caso de una mina perdida que explota en "Los caballitos de Tarquinia" de la Duras.

¿Cómo pudo mantenerse, quieta y amenazante, una bomba de semejante tamaño setenta años en Amsterdam, la parte más densificada de Europa? ¿Cómo aún saltan, en trizas, mutilados, los cuerpos de niños en Camboya, Vietnam, Laos y otras fronteras lejanas y no tan lejanas, sembradas de minas y miserias, como denuncia Monseñor Figaredo? Es la del carismático jesuita asturcamboyano una causa que seguimos de cerca en el Parlamento y que pone el ojo en prácticas que cuentan con prohibiciones demasiado tímidas. Ahora más que nunca debemos ser consecuentes con el Premio Nobel de la Paz a la UE.

Toda guerra es cosa del Diablo, que diría nuestro Casona; personaje este de Satán sobre el que filosofó, tan indulgente, Giovanni Papini y lanzó al estrellato Goethe como Mefisto/Mefistófeles o, en su vertiente sectaria, el inquietante Roman Polanski de Rosemary's Baby.

La maldad que afecta a la infancia es más perversa aún si cabe. El incidente de Schiphol una broma al lado del auténtico terror que haberlo, haylo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un abrazo desde Pekín.
Emilio.

Anónimo dijo...

Muchas gracias por la mención a la OMIC Castrillón, espero que sirva para mejorar la atención de todos