lunes, 10 de septiembre de 2012

Septiembre ante el auditorio



«Septiembre es un mes iniciático». Javier Fernández, primera frase de su discurso en el Día de Asturias.





Tras una semana intensa, con el banquero comunitario Draghi como una daga para aquí y para allá, y antes del debate sobre el estado de la Unión Europea, llegué, por los pelos, a la entrega de premios del Auditorio.





Además de apoyar a mi región y a sus instituciones, en momentos delicados, con mi humilde presencia de diputado, que ejerce lejos con renovado entusiasmo, precisaba solidarizarme con la decisión política de destacar a unos premiados que, en la admirable voz de Carlos Rodríguez, debemos vernos todos los asturianos. Magnífico discurso de Antonio Suárez, empresario y emprendedor, como abundó nuestro presidente, ensalzando ambos términos de la misma raíz. ¿Cómo faltar al justo homenaje a Sergio Marqués, no tanto a su acción política, sino a su digna salida, precisamente, de la acción política? Debía aplaudir a esa mujer del queso casín y a todo su admirable concejo, al que no recuerdo qué vinculación exacta tenía Veneranda Manzano, primera diputada astur, a la que tanto quise; reconocer a Santa, un deportista paralímpico, con cuya lucha obviamente me identifico como minusválido que soy; apoyar a los carteros rurales que tanta magia han llevado en sus bolsos, manos y corazón. Bien recordaba a Mercedes Sosa -sería el 75, 76 o 77- cuando a una espontánea petición del público del Campoamor nos dijo con aquella desgarradora voz, que ya nos ha quitado: «No puedo cantar "La carta", pues tiene demasiada significación, ahora y siempre».





En los aledaños se mezclaban varias protestas airadas desde empleados del Sespa a un colectivo de mujeres de las Cuencas; a la salida sólo seguían éstas. Me fijé entonces tres obligaciones. Saludar a Elena Prendes, viuda de Sergio, al señor embajador de México, país que tanto se debate contra el narcotráfico y acaba de poner sus sesenta consulados de USA a favor del Instituto Cervantes, personalidad diplomática que tuvo la deferencia de desplazarse al acto, y a ese grupo de mujeres de la mina, a las que todos debemos escuchar en Asturias para mejor identificarnos con sus justas reivindicaciones, expresiones airadas aparte. Jamás olvido que fui detenido, hace treinta y seis años, en compañía de tres periodistas extranjeros cuando veníamos de entrevistarnos en el Carolina de Mieres con unas mujeres movilizadas.





Ante el Auditorio me agradecieron el gesto que no buscaba, por mi parte, más que cumplir con mi obligación parlamentaria de atender a mi circunscripción de origen. Me dijeron ellas que era el único en hacerlo, pero, con todos los respetos, vi también cómo mi compañera María Luisa Carcedo hacia lo propio y bien escuché la intervención en el Congreso de Antonio Trevín.





Es discutible la oportunidad de saludar como lo hice, sin duda, pero forma parte de mi concepción del cargo, y temo que el diálogo social se quiebre ante los duros tiempos que se avecinan.





Comprendo la indignación del grupo de negras y verdes camisetas, al que hube de oír mucho de lo que he escrito en esta columna o pronunciado en mi propia voz e interpretado a veintitrés lenguas en Bruselas y Estrasburgo: «Si la mina se pierde se hunden las Cuencas y aun toda Asturias». «¿Por qué apoyar el carbón de Sudáfrica, sin seguridad para las personas o el medio ambiente?». «¿Cómo toleran a ese indocumentado de Soria?». «¿No contamina el transporte a El Musel desde Polonia?». Enseguida aprecié que bien sabían de qué hablaban. Algunas mezclaban el inusual diálogo con otras valoraciones e improperios: «¡En las Cortes vimos diputados que preferían leer el periódico o escuchar la radio, incluso dormitar!». «¡Usted de aquí se irá a su pisazo tranquilamente, mientras que yo a mi cubil de cincuenta metros!». «¿Por qué no renuncia a su sueldo si sólo sabe hablar?». «¡Les habrán dado bien de pinchos mientras nosotras pronto nada que llevar a casa!»...





Adicto a Spotify a la canción francesa, escucho mientras escribo: «C'est en septembre / que je m'endors sous l'olivier».





En fin, pese a lo mucho que me gusta Gilbert Bécaud, me quedo con el septiembre iniciático, dispuesto a arrimar el hombro.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Antonio,
Pasaba hoy de casualidad por donde el auditorio a media tarde y, ciertamente, el espectáculo que contemplé en la manifestación del SESPA era cuanto menos triste y descorazonador. Pude ver como cuando entraba usted al edificio, y como más tarde hacia lo propio, los manifestantes allí presentes recurrían solamente al insulto y a la descalificación. Es cierto que hay razones para la protesta, muchas, pero de esa manera pocas cosas conseguiremos.
La verdad es que en ningún caso es el insulto o la descalificación el camino hacia ninguna parte, pero creo que es aún más equivocado meter en el mismo saco a todos los políticos o partidos. Parece necesario que la opinión pública se de cuenta de las maneras que hay de realizar los sacrificios, de las maneras en que afectan a la gente, y creo que es algo que nos atañe a todos.
Es una reflexión que quería hacerle, además de mostrar que todavía hay gente que confiamos en la democracia y en lo que ella representa.
Espero que tenga un buen año por Bruselas y que la situación vaya mejorando, por el bien de todos.
Un saludo,
M

Anónimo dijo...

Antonio, lamento que las demandas de la gente en la calle
en el Auditorio te haya tocado a ti ,mi amigo.

La desvinculación de la clase política con el pueblo es total.

No lo dijo Javier Fernández sólo, antes en toda España sabemos que
este mes es iniciatico, el principio de algo que desconocemos su final.

(Ya se lo habia oido a mi padre hace años de hacía donde íbamos).
Un abrazo

Anónimo dijo...

Arrimar el hombro, sí!

El escenario es amenazante y parece que tendremos que volver a pelear por la democracia.

Un abrazo,
J

Anónimo dijo...

creo que pararse a hablar con las mujeres de los mineros está bien, pero es lo que hay que hacer. A mí no me llama tanto la atención que te pararas tú, como que no se parase nadie. También tú lo tienes más fácil que otros que sí pueden directamente decidir sobre si les dan o no una ayuda. Por otro lado, esa escena también demuestra otras cosas: no sólo el descrédito de los políticos (al que has contribuido, intentando dejar a tus colegas en evidencia) como la demagogia de la sociedad, que se cree totalmente irresponsable de los problemas que le suceden (la culpa es de los políticos, que viven del cuento y yo aquí en un piso de 50 M2...), como si los políticos no fuesen también parte de ella misma. Este hecho, por cierto, es la antesala de la ultraderecha, de los Le Pens, Pim Fortuyns, Haiders, etc...




Anónimo dijo...

que guapo lo que has escrito :) ¿Conoces Nouvelle Vage?
> Susana

Anónimo dijo...

mientras que leía en voz alta tu magnifico articulo a L., ella me indica que te informe que el uso del termino minusválido conlleva una injusta carga peyorativa, pues tu ni nadie es menos valido. El termino mas adecuado sería el de discapacitado, la falta de una capacidad pero no por ello eres menos valido. F