martes, 7 de agosto de 2012

Discurso en la Feria de Javier Fernández

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Me ha parecido que el discurso inaugural de la Feria de Muestras de Javier Fernández es una pieza que supera la misma razón de ser protocolaria y tradicional, que merece la máxima divulgaciön y ulterior relexión política.
 
“Excelentísimas e ilustrísimas autoridades. Señoras y señores. Buenas tardes a todos.
La honorable responsabilidad de presidir el Gobierno de Asturias conlleva obligaciones, servidumbres y retos. Unos, ciertamente, más agradables que otros. La inauguración de la Feria Internacional de Muestras de Asturias supone, entre tales deberes, un estimulante desafío.
Pónganse en el lugar de este mierense vecino de Gijón: ¿cómo decir algo nuevo sobre un acontecimiento tan asentado en la geografía vital, en la peripecia personal de cientos de miles de asturianos como la Feria de Muestras? Tengo incrustadas en mi memoria estampas con colores, fragor, olores; postales de una cita que, en mi niñez, me parecía bulliciosa y pujante. En esta feria, para mis ojos infantiles, se movía la rueda dentada de una musculosa Asturias industrial.
Mi empeño, hoy, es que la maquinaria no pare, que continúe su potente movimiento. La Feria de Muestras, que celebra su quincuagésimo sexta edición, es una de las palancas que contribuye a ese funcionamiento indispensable. Entre otros motivos, porque ha saltado sobre los muros de sus primeros objetivos. La feria es una magnífica exposición, un escaparate de tradiciones, iniciativas y novedades empresariales, pero su celebración es además un ritual de paso, un acto de indudable dimensión pública; un acto que, también, reclama un mensaje que esté a la altura de este certamen de clara vocación económica. Un mensaje que, reitero, se pronuncia en un foro que ha sobrepasado sus propios lindes y se ha convertido en un punto de referencia para todos los asturianos, por encima de diferencias de generaciones, de procedencia y de pensamiento.
A ello voy.
¿Recuerdan la frase que popularizó la campaña electoral de Bill Clinton? Es la economía, estúpido.
Ahora nadie discutiría ese eslogan, tamaña es la crisis corrosiva que nos castiga. La economía es todo, o lo parece. Gobiernan el mundo fuerzas implacables, mercados anónimos e índices abstractos.
Pero voy a arriesgarme a remar contra corriente y lanzar otro eslogan:
Será la política, estúpido. O, si quieren precisiones, serán la decisión y la eficiencia política.
Porque será la política, la acción política y no la renuncia a la política, la que se impondrá a la recesión. Recuerden a Einstein: Dios no juega a los dados; la economía, tampoco. La crisis no ocurre por casualidad ni es un fenómeno físico imparable. De igual modo, no es un problema de dar con la ecuación exacta; no podemos suministrar datos a un ordenador y esperar a que la máquina emita la respuesta correcta, aséptica e indubitada. Ni se trata tampoco de llamar a los mejores técnicos, de reunir a los más afamados médicos y pedirles que diagnostiquen y receten. Esto habrá que hacerlo, y mi Gobierno lo hará con ahínco, buscará el consejo de los mejores, no lo duden, mas luego habrá que hacer política.
Véanlo a escala europea. Es contrastable a diario. Sin unión económica y política, el euro está condenado a transmitir perturbaciones a los eslabones más débiles de la cadena. Insisto: la economía no se rige con leyes propias, aislada de la condición humana; no existe economía pura, sin afanes, sentimientos ni ideología. Los economistas que reclaman para su saber la infalibilidad matemática se hacen –y nos hacen- un flaquísimo favor.
Donde quiera que vayas, serás una polis.  Repito las  palabras de Hanna Arendt que resumen nuestra indeclinable condición política. Sin adentrarnos en las honduras de la filósofa alemana, afirmo que no habrá solución a la crisis extramuros de la política
Pensemos en Asturias. Desde mi investidura, he advertido de la urgencia de recuperar la normalidad. Y ha sido la combinación de normalidad y acción política la que me permite hoy enumerar algunos de los peldaños que hemos caminado desde junio.
·        Gracias al diálogo y el entendimiento con Izquierda Unida y UPyD, hemos asegurado la estabilidad parlamentaria.
·        Nos hemos acogido al plan de pago a proveedores.
·        Hemos conseguido la aprobación del Plan Económico y Financiero, que ha conjurado la explícita amenaza de intervención que pendía sobre la economía asturiana.
·        Hemos conseguido la aprobación de una ley que nos permitirá afrontar inversiones por 423 millones.
·        Hemos iniciado las negociaciones de concertación social, que incluirán el diseño de la Agenda Asturiana por el Empleo. 
·        Hemos comenzado los trabajos de elaboración del proyecto de presupuestos de 2013.
·        Y estamos preparando una amplia reordenación del sector público empresarial y fundacional del Principado.
Nada extraordinario, pero todo imprescindible. Y el punto de partida de todos estos pasos es un comienzo elemental: el diálogo y el entendimiento con otras fuerzas políticas.
No me cuelgo medallas ni abombo pecho de lata, reivindico el valor de la política, porque nada de esto, absolutamente necesario, hubiera sido posible sin ella.
Tampoco entiendan que me conformo con recuperar la normalidad.
¿Cómo voy a conformarme, con más de cien mil parados en Asturias, una tasa de desempleo que alcanza el 21 por ciento?
De hacerlo, sería un irresponsable.
Aclaro, simplemente, que la normalidad es indispensable, y que por fortuna Asturias la está recuperando.
Pero me apresuro a subrayar que con la normalidad no basta.
Repito en público lo que les digo a los consejeros en privado. Tómenlo como un aviso, como una advertencia, como prefieran. No me preocupa la interpretación, sino que se adquiera consciencia de la realidad: no estamos para descansar en la normalidad, porque éste no es un tiempo normal, y los procedimientos y respuestas que en otros momentos hubieran  justificado la gestión de un gobierno, ahora caducan a diario. Nunca, y ahora menos, se puede gobernar al tran-tran.
Hemos de romper con la inercia porque vivimos un tiempo abrasador que arrasa todas las líneas de defensa convencionales. Hablo de inercias en la práctica, pero también de inercias en el pensamiento. No se puede juzgar una realidad nueva con razones ahormadas a un pasado que sólo ilumina la memoria. Asturias ya es distinta a cómo la habíamos pensado, pero la realidad global está mutando, y ni España ni Asturias pueden quedar descolgadas.
Asumámoslo pronto: no estamos ante una meta fija, inamovible; sino imprecisa, cambiante, que nos exigirá rectificar, idear sobre la marcha. Y todo ello sin descuidar las luces largas; sin olvidarnos de que más allá de las curvas del camino debe haber un rumbo, un horizonte hacia el que caminar. Mi gobierno trabaja para una Asturias mejor, fuerte en su nervio económico, en su musculatura social y su osamenta democrática. Una Asturias de triple calidad: económica, social y democrática. No abdicaré de ninguno de estos objetivos por dura que sea la crisis ni por fuerte que sea la presión ideológica que tan a menudo se embosca detrás de muchas propuestas. No sacrificaré la calidad social en aras de la calidad económica, ni viceversa. No, porque no existe incompatibilidad alguna entre ambas, salvo en la obcecación ideológica dominante.
Tampoco renunciaré a la calidad democrática, porque la degradación de la democracia es un riesgo real que hemos de atajar.
Antes he citado la concertación. Evidentemente, busco un pacto, el mejor  posible. La sociedad asturiana necesita que haya entendimiento entre los empresarios, los sindicatos y el Gobierno y, sobremanera, que esa cooperación sea fructífera. También aquí, a la hora de las propuestas y los contenidos, urge romper con la inercia. Pido a los sindicatos y a los empresarios, y se lo exijo a mis consejeros, que sean ambiciosos, renovadores, conscientes de la situación; que cada proyecto se valore por su coste de oportunidad, que cada ayuda, cada subvención, tenga poco que ver con la política regadera y la escasa discriminación.
Quiero, insisto, energía e ideas nuevas, porque  buscamos un compromiso estratégico de largo aliento entre los representantes políticos y los agentes sociales para llevar a buen puerto un proyecto que atienda a los requerimientos que el sistema económico y la sociedad imponen. Déjenme que insista de nuevo en el valor que merece la formación profesional. El Gobierno no puede crear puestos de trabajo, pero sí puede generar condiciones para que se creen, y también preparar trabajadores para que los ocupen. En este objetivo hemos de volcarnos.
Con ambición, insisto.
Porque, por más que nos golpee la recesión, somos nosotros, quienes formamos la Asturias de hoy, quienes hemos de abrir las puertas de par en par a un nuevo modelo que culmine los esfuerzos de los gobiernos anteriores. No podemos desfallecer a la orilla, después de tantas décadas de brega, tras haber superado la durísima reconversión y haber cimentado un nuevo tejido económico e industrial. 
Las palabras claves deben ser innovación, conocimiento, internacionalización y sostenibilidad, mientras que la industria y los servicios avanzados se presentan como los pilares más firmes para avanzar. Tengo en cuenta que consolidar un nuevo modelo no se logra de manera fulminante, reclama tiempo, amplios consensos y el liderazgo compartido de poderes políticos y agentes sociales. Tampoco puede haber una ruptura radical entre sectores viejos y nuevos, sino una larga transición que aproveche lo mejor de los puntos fuertes que existen. La crisis tiene aparentes efectos paradójicos, y uno de ellos es que revaloriza el papel de los sectores tradicionales en los que Asturias mantiene fortalezas: hablo de la capital industria siderúrgica, de la química, de la metalmecánica, de la minera, de la papelera, de la agroalimentaria… Todos estos sectores ya eran necesarios; ahora son irrenunciables. Por ello, mi gobierno se ha opuesto siempre al recorte brusco de ayudas a la minería, por el convencimiento de que precipitará el cierre de explotaciones, aumentará el paro y yugulará la recuperación de las cuencas.
Ustedes calibran bien la importancia de un buen tejido económico. Quienes hayan seguido mis intervenciones sabrán que no dejo de reiterar la importancia angular de la industria. Hace poco, Antonio Tajani, vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Industria, afirmó que para restablecer nuestro liderazgo tecnológico –el de Europa- no podemos descuidar nuestra base industrial. Lo comparto plenamente. Es una reflexión constatable en el caso europeo, en el de Alemania, en el de Italia.. y también en España. En nuestra nación se están haciendo reformas financieras, laborales, fiscales, administrativas… Algunas, como saben, no las comparto tal y como han sido formuladas. Aseguro, en cambio, que es necesaria otra reforma: la que incluya los cambios y decisiones que acentúen nuestra vocación irrenunciable de ser un gran país industrial. España no debe resignarse a ser sólo la economía del turismo, las finanzas, el ladrillo y los servicios precarios. España necesita una economía exportadora con empleo de calidad, y eso sólo lo genera la industria. Italia, el país de Tajani, comparte muchas dificultades con España, pero tiene una gran ventaja: una posición industrial mucho más fuerte.
Vuelvo a Asturias.
En este escenario, hemos de apresurarnos en la eliminación de costes que eviten el riesgo de deslocalización. De lo contrario, quebraremos nuestra mejor palanca para salir de la crisis. Hablo, entre otros peligros, de los que acompañan al precio de la electricidad. Nuestra industria compra y vende en mercados mundiales, pero adquiere la energía que necesita en un oligopolístico y aislado mercado regional. Para los grandes consumidores industriales es imprescindible pasar de un mercado marginalista a una contratación bilateral a largo plazo que permita precios competitivos y estables de la electricidad.
El pequeño tamaño, la atomización empresarial es, sin duda, una debilidad, pero ello no debe llevarnos a pensar que resulta preciso ser una empresa grande para ser una gran empresa. La competitividad también es posible con pequeñas unidades empresariales, y cuando no sea factible habremos de procurar las sinergias y confluencias necesarias para obtener la escala necesaria.
La política de infraestructuras ha sido estandarte único durante algunos años de determinados proyectos políticos. Pero si convenimos que España tiene que reinventarse tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, frente a la mitología del AVE exclusivo o el aeropuerto peatonal, los corredores ferroviarios de mercancías, el acceso a puertos y zonas logísticas constituyen la más potente metáfora de esa reinvención.
La selección de prioridades pasa por  la finalización del corredor ferroviario de alta velocidad que permita el tráfico mixto de mercancías y pasajeros y la culminación de las autovías del cantábrico y del suroccidente. Porque en cuestión de infraestructuras el planteamiento correcto –ahora y siempre- no es la redacción de catálogos de proyectos en función de las demandas locales, sino darle prioridad a aquellos que generen más externalidades para el desarrollo asturiano. Es cierto que existe una importancia creciente de valores intangibles como motores de competitividad regional (capital humano, capital social, capital institucional, capital cultural…) pero la escala y calidad de las infraestructuras públicas siguen siendo un factor diferencial. Entre otras cosas, porque es falso que una economía basada en el conocimiento opere con reglas distintas a las de una economía industrial. Por ello no vamos a renunciar ni a olvidarnos de reclamar los compromisos adquiridos con las infraestructuras asturianas. Lo haremos con lealtad, con prudencia, conscientes del momento, pero lo haremos.
España necesita también un acuerdo social básico. Aspiro, en este sentido, a que la concertación que firmemos en Asturias sirva de referencia.
Porque, lo digo sin aspavientos dramáticos, España precisa pactos, y eso exige gobernantes y fuerzas políticas con capacidad de hacerlos.
No acuerdos domésticos, de cierres de filas, impuestos por la disciplina de partido. Esas exhibiciones de unidad forzada por el carné partidista no bastan.
España necesita un doble acuerdo, social y político, con independencia de cómo se formalice. Para hacer posible el primero, el Gobierno de España debe recuperar la cordura social.
Un gobernante tiene que tomar decisiones impopulares, sin duda, y no puede orientarse en exclusiva por el ruido halagador de los aplausos, pero tampoco debe prescindir del sentimiento, de la opinión ni de la razón social. No se es más fuerte, sino más ciego, por ser ajeno al clamor que protesta contra las decisiones injustas, afecten al sector que afecten, sean funcionarios, mineros o dependientes. A estas alturas, todos deberíamos saber que no es posible el buen gobierno cuando la mayoría política se distancia de la mayoría social.
Ese acuerdo social que propongo debe estar cimentado en un pacto político e institucional.
El Gobierno de España está respaldado por una mayoría absoluta que lo legitima, y ese fundamento democrático es incuestionable.
Pero, por favor, seamos conscientes del desafío. Seamos conscientes de que en esta situación, cuando está en cuestión el modelo social más próspero y pacífico de la historia de Europa, la mayoría absoluta puede ser un amparo escaso. Éste es un momento histórico que reclama pactos generosos y exigentes entre los grandes partidos para evitar el descrédito de la democracia misma. Recuerden que hace muy poco tiempo en las plazas españolas se voceaba el terrible grito de no nos representan, seguramente el más antipolítico que uno pueda escuchar, porque no hay política democrática sin representación.
Ese acuerdo debe implicar también a los gobiernos autonómicos. Ha bastado el empujón de la crisis para que los viejos demonios de la cuestión nacional hayan vuelto a agitarse. Hoy asistimos a una doble deslegitimación del Estado de las autonomías, la de quienes desenmascaran su centralismo y la de quienes se refugian en una autoafirmación excluyente. Desde luego, no participo de la tesis de quienes miden el éxito de un gobierno autonómico por la perpetua reclamación frente a Madrid, de quienes miden el acierto de ese Ejecutivo menos por su gestión que por su presión.
Tampoco seré yo quien niegue problemas al Estado autonómico. En absoluto. Y estoy dispuesto a entrar de lleno en ese debate. Pero las comunidades autónomas no son excrecencias ni tumoraciones, protuberancias insanas; integran, son parte de un modelo constitucional que, si hay que debatirlo, debatámoslo, pero abierta y públicamente. Pongamos sobre la mesa, por ejemplo, el avance hacia un Estado que acabe con la tensión de un modelo sometido a revisión permanente. Les confieso que muy a menudo pienso que el Estado de las autonomías es la forma vergonzante e incompleta que adopta el federalismo en España.
Soy de los que creen que España no puede interpretarse como un mosaico de poderes regionales, y no comparto la insaciable voracidad competencial que, paradójicamente, aumenta en la misma medida en la que se centrifuga el Estado. Pero no puede reformarse la estructura territorial a hurtadillas, ni aprovechar la crisis para ajustar las cuentas al modelo de Estado. Recuerden que una parte del déficit autonómico estaría en la Administración central si no se hubieran cedido competencias, y que algunos gobiernos regionales no aspiraban a gestionar la sanidad y un día se encontraron administrando nóminas de ambulatorios y hospitales. Los excesos en los que se haya podido incurrir no tienen que ver con los aspectos estructurales del Estado autonómico. Créanme, la disyuntiva no está entre autogobierno y recentralización, sino entre sistemas descentralizados eficientes y los que no lo son.
Los problemas de mala gestión no se solucionan con mayor centralismo ni con huidas nacionalistas hacia delante. Los problemas de mala gestión se solucionan con mejor gestión. Por eso también rechazo de plano el pacto fiscal propuesto por el Gobierno catalán. Como rechazo no el modelo foral por constitucional, pero sí los resultados del concierto vasco y del convenio navarro, tanto por su cálculo como por su nula aportación a la solidaridad interterritorial.
Ésas son las reglas de juego. Unas reglas que, repito, no me niego a reformar. Pero de frente y con un debate claro. No, desde luego, reduciendo los gobiernos autonómicos a brazos ejecutores de las decisiones económicas y políticas que impone el Ejecutivo de España, con una llamada a prietas las filas impuesta por disciplina de partido. ¡Qué tremendo error, confundir la disciplina de partido con el diálogo institucional!
La unidad no se consigue con la aplicación de la ley del embudo en la fijación de los objetivos de déficit y los límites de deuda, con el desprecio al diálogo con los gobiernos autónomos que son, con todas las de la ley, Estado.
Recapitulo. Estamos en un vórtice histórico cuyas consecuencias aún son imprevisibles. Si la crisis está siendo arrasadora para la economía, también está devastando la política.
Señoras y señores, tenemos que estar a la altura de estas circunstancias y darnos cuenta de que convienen grandes acuerdos de Estado.
He hablado mucho de España. Lo he hecho porque estoy inaugurando una feria de muestras de raíz local y trascendencia internacional. Y éste es el planteamiento correcto para el mundo que nos toca vivir. No habrá solución para España si no mejora Europa, y tampoco habrá solución aislada para Asturias sin España.
Ustedes, quienes organizan y participan en este certamen, conocen bien esa conexión. No hay más autarquía que la de la intimidad personal. Queremos pelear y ganar con Asturias, con España y con la Unión Europea.
La palabra y la confianza siguen siendo herramientas poderosas. Fíjense en el alivio que supuso hace días una declaración de Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, cuando aseguró que se haría todo lo necesario para salvar al euro. Parecía tener un poder taumatúrgico. Lástima que, al final, el Bundesbank haya impuesto su tesis de que los del sur europeo nos busquemos la vida.
Nosotros debemos proclamar que haremos todo lo necesario para salvar Asturias y España. Ofrezcamos a los asturianos y los españoles la unidad leal y la confianza que merecen. Yo sé qué futuro quiero, pero no acierto a calcular cuánto tendremos que resistir para ganarlo. Se lo digo a todos los asturianos. No sé cuánto tiempo nos resta de pelea, pero les pido que no se rindan. Porque de lo que estoy seguro es de que la unidad y la determinación, la confianza en nosotros mismos, militan entre nuestros mejores aliados.
La fortaleza de esta Feria Internacional de Muestras de Asturias es uno de los motores que debe seguir funcionando por ese futuro.
Por eso, a todos ustedes, muchas gracias”.
 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Siempre hizo buenos discursos... la realidad no sé si los refleja...

Anónimo dijo...

El discurso de Javier, espectacular. Lo leí el sábado y me pareció de los mejores que le he escuchado (y van unos cuantos). El domingo estuve en la Camperona y Javier jugó con las mismas ideas pero como la "melodía" del acto era distinta no le quedó tan redondo. He enlazado tu entrada a mi perfil para darle difusión.

Una cosa más. Fue mi cumpleaños y me regalaron los "Cuentos asturianos recogidos de la tradición oral" de Aurelio de Llano. Es una segunda edición que publicó la Editorial de La Nueva España en 1975 y que tiene una portada preciosa de Paulino Vicente. Lo estoy gozando con fruición. Una pequeña joya :-)

Bueno, espero que estés descansando algo aunque ya te veo muy activo en el Occidente (bonitada, Salave). Dosifica que la temporada es larga. Un abrazo

Javier

Anónimo dijo...

Lo he leido una vez, y desde luego merece mas lecturas, que realizare. No obstante, y sin perjuicio de que me reservo la posibilidad de rectificar mi opinion como consecuencia de otras lecturas y reflexiones, se me plantean dos cuestiones: 1ª.- Sobre la necesidad de "hacer política": de acuerdo, ¿pero qué politica?; es que acaso los "gobiernos" que precedieron no hicieron "pólitica"?, ¿y esa política no es uno de los factores que produjeron la situacion economico actual?; 2º.- Sobre las "autonomias": no debemoes ser "dogmaticos" ni "fundamentalistas", en este asunto, sino "criticos"; de esa critica se deriva que el funcionamiento del Estado de Autonomias, en el ambito de gestión administrativa y politica se han derivado exceos que deben ser corregidos, precisamente para dotar de mas eficacia la organizacion del estado autonomicos; y por otra parte, parace evidente que el estado de las autonomias, no ha conseguido integrar adecuadamente el Estado, de modo que siguen acentuandose lasl perversiones "nacionalistas" - que creo que son a su vez un factor adicional que ha incidido negativamente la evolucion de nuestra economia, y sobre todo en el "gasto público".- Saludos
F.