Acabamos de despedir a Luis Arce, tan recto, tan buen amigo, tan leal servidor de
la Administración y del Estado.
Una tarde, cuando vivía aún el poeta Ángel González, del que le costaba mi amistad, Luis me dijo que había sido compañero suyo en el Instituto. Ángel se le mostraba entonces a Luis como un chaval "retraído pero del que se veía que algo importante tenía dentro". El libro de Luis García Montero, "Mañana no será lo que Dios quiera", corrobora, desde luego, esas dos notas del carácter de Ángel que Luis ya vio con nueve o diez u once añinos.
Ya se han ido Luis y Ángel, de los que por razones muy distintas estuve cerca, pero me presta reseñar la anécdota de que se conocieron en aquellas calendas en la compleja Vetusta.
Una tarde, cuando vivía aún el poeta Ángel González, del que le costaba mi amistad, Luis me dijo que había sido compañero suyo en el Instituto. Ángel se le mostraba entonces a Luis como un chaval "retraído pero del que se veía que algo importante tenía dentro". El libro de Luis García Montero, "Mañana no será lo que Dios quiera", corrobora, desde luego, esas dos notas del carácter de Ángel que Luis ya vio con nueve o diez u once añinos.
Ya se han ido Luis y Ángel, de los que por razones muy distintas estuve cerca, pero me presta reseñar la anécdota de que se conocieron en aquellas calendas en la compleja Vetusta.

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