jueves, 26 de julio de 2012

Sobre algunos encuentros con Peces Barba


Ya dije que le conocí con motivo de Cuadernos para el Diálogo.

Mientras se entierra, bien recuerdo para mí muchos de los encuentros que mantuve con él.

Le recuerdo en la Estación del Norte de Oviedo, en tiempos que era un rito acompañar al llamado Exprés.

La despedida esa noche no era para Peces Barba sino a Pedro altares, director de Cuadernos, que nos acababa de dar una charla a los estudiantes en el viejo caserón de San Francisco y que, creo, había yo participado en su organización, pese a estar en mi último curso de Deusto. A la Estación ovetense llegó también en aquel momento Gregorio protestando por el retraso del convoy que venía de Gijón. Le acompañaba, ignoro la razón, José María Mohedano, compañero en el clandestino FLP, Felipe que nos decían.

Luego, en el Colegio de Abogados de Madrid cuando nos levantamos, con el liderazgo de Leopoldo Torres, compañero de despacho de Gregorio, y de Enrique Barón contra el Decano Del Valle Iturriaga y, más tarde, en apoyo de Ruiz Jiménez, cuya candidatura fue suspendida en un primer momento.

Uno de mis primeros asuntos profesionales, en el despacho de Pepe Jiménez de Parga, lo tuve, representando a los trabajadores de Cultart, contra Gregorio, que defendía a la empresa de Cuadernos, de la que Cultart era la rama de librería. Por el despacho de Gregorio, puede que con la recomendación de Luis Vega Escandón, pasó algún tiempo José Ramón Ballesteros. En unión de Juan Luis Rodriguez Vigil, pensamos abrir bufete en la calle Campoamor de Oviedo, de lo que pronto los tres desistimos afortunadamente.

Bien recuerdo un almuerzo que, invitado por el Presidente Pedro Silva, tuvimos en Ribadesella en los primeros ochenta, y otro, en la casa de Salinas de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón con Rodrigo Rato.

Y antes, y durante, muchas de sus intervenciones académicas y políticas. Una, espectacular, sobre un aniversario del Soma-ugt en que pidió a los compañeros sindicalistas que, como había hecho Indalecio Prieto, en los años cuarenta, ya era hora de pedir perdón por haber convocado la Revolución de l 34.

Fui algunos veranos a saludarle a Ribadesella como hacían, con mayor habitualidad, Álvaro Cuesta u Octavio Cabezas o Rodríguez Bolaños. Allí, invariablemente, con Segundo, que fuera el dueño del Hotel, Luisón, el notario, contra el que jugaba su inevitable dominó.

Siento mucha pena de su desaparición.

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