viernes, 30 de marzo de 2012

EL ROLEX

En mis tiempos municipales hice algunos viajes privados a Nueva York, que, provinciano a mucha honra que sigo siendo, es una ciudad a la que siempre encuentro nuevos encantos. De regreso, tras el riguroso Pleno de cada mes, un compañero, con el que solía tener una relación tormentosa, que, por fortuna ha cedido con los años y la buena camaradería, resaltó que lucía yo un hermoso rolex. Realmente era una baratija que, en efecto, daba el pego y que, divertido, no quise rectificarle porque tampoco merecía la pena ni tan siquiera había malicia alguna. Lo cierto es que no valía más de unos pocos dólares, comprado al regateo en plena calle, a presencia de mis buenos Aquiles García Tuero y Florentino Alonso Piñón. Era un simple recuerdo de que minutos antes me había fotografiado, en la esquina entre la Sexta y Central Park South, con Edward Koch, el carismático Alcalde neoyorquino.

Por una entrevista inédita a Pepín Bello, el íntimo de Lorca, Buñuel y Dalí, realizada por Horacio Vázquez Rial, escritor hispanoargentino, tan amigo de Oviedo, de Tribuna Ciudadana, del Club de la Librería Cervantes... me entero que el genio de Port Lligat, antes de que asumiera y acrecentara el teatral personaje de sí mismo, no sabía leer las horas del reloj y creía que siempre era la misma hora, las tres menos cuarto, aunque las manecillas marcasen las ocho o cualquier otra. No sé si ese increíble descompás daliniano tiene algo que ver con esos grandes relojes doblados de uno de sus cuadros más afamados en que sublima sus mitos. Es posible y, desde luego, me encaja la versión de Bello, último superviviente de una época de la legendaria Residencia de Estudiantes. Bello fue amigo también del ovetense Juan Manuel Rodríguez de la Rúa y de su mujer, Ana Beristain, experta en Dalí donde los haya.

El valor social de los relojes está en decadencia como atuendo masculino, prenda tan destacada que fue del chaleco. El rito de dar cuerda a uno de esos relojes, y también a los de pulsera y aún a los de pared, hasta poco ha, evitaba que se detuviesen perdiendo su razón de ser pero, a la vez, era llamada mágica y silente, o enternecida, a la parada de tu sueño reparador.

Las costumbres terminaron con la chalina, los gemelos, los botines, el sombrero de copa para duelos, tanto de entierros como de desafíos, casi también con la corbata y la pajarita, que se resisten en un largo todavía. Algunas veces repuntan gustos vergonzantes como dan prueba las cintas del caso Gurtel dónde uno de los corrompidos, un tal Costa, escandalosamente absuelto en un primer juicio, tuvo una duda hamletiana a si exhibir su reloj de marca con que pagaron algunos de sus desmanes.

Y, en el colmo del absurdo, mientras se lava y se tapa tanta corrupción y ridículo, castigado popularmente de forma diversa y errática, resulta que a un intachable dirigente sindical se le acusa de exhibir un rolex en su muñeca. Esto no es absurdo y obsesivo sino simplemente indignante, que además parece que es tan falso como aquel mío, que no resistió el paso de los años y a mi proverbial despreocupación.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

:) Anoñito un sindicalista no puede ir con un Rolex aq sea comprado a un pobre negro de esos que los venden

Un beso


SPA

Anónimo dijo...

Fineza ovetense en genial denuncia.JAA

Anónimo dijo...

Está muy bien escrito,cada vez mejor,pero te falta un poco de picante.

Paco

Anónimo dijo...

El reloj de lujo ha pasado a ser el de Sarkozy,PATEK de cuarenta mil euros regalado por la Bruni, que hubo de guardarse en el bolsillo mientras estrechaba manos en la Plaza de la Concorde tras el encuentro con millonarios apoquinadores en el Crillon