lunes, 6 de febrero de 2012

Cableparacaídas

 Tenía que ocurrirme.

 No puedo pasar sin experimentar en carne propia todas  las emociones que el increíblemente riesgoso oficio de  diputado,en esta Brubru, que llamaba Cabrera Infante,  me puede deparar.

 Esta vez, enésima quizá, fue en uno de los ascensores  que no suelo tomar porque no es de los mejores para entrar con mi moto  eléctrica.

 Tampoco el desplazamiento ni el trayecto, por los que  había optado, sin embargo, eran imprescindibles pues suelo  administrar mis movimientos reduciéndolos al mínimo  posible.Pablo Sánchez me había confundido de día, en  la agenda, con una convocatoria sobre "Asentamiento de  refugiados" de mi buen amigo el portugués  Tavarès.Era, así, un desplazamiento inútil que no debía  producirse.Pero estaba escrito en el Gran Libro del  Destino y lo que me tenía que suceder me sucedió  inexorablemente.Era preciso, eso sí, para seguir  deshojando las siete vidas gatunas con las que también nacemos  algunos humanos que somos sietemesinos de calendas anteriores a  las incubadoras.

 En el ascensor, apenas me había fijado que, a mi  espalda-el plural, de espaldas, se emplea impropiamente desde la  hagiografía de José Calvo Sotelo,el "protomártir"
 guerra civilista, que había alardeado de Anchura-estaban  Miguel Ángel Martínez, compañero y vicepresidente del  Parlamento, Javier Gallego, su fiel colaborador, manchego  militante, encantador como él,e Iva Zanicchi,exuberante, todo un  personaje por su triple triunfo en el Festival de San  Remo, con su pose elegante, estúpidamente berlusconiana...

 Ya casi habíamos llegado al hogareño piso onceno  cuando el ascensor tuvo un bache con caída libre como esos  golpes quea veces, cogido en un rayo o en una corriente de aire horizontal, tienes en avión.Hubo algun gritio, también tal cabina de  avión venteado.

 Como pude constatar luego, bajamos en una exalación o  santiamén tres pisos y casi medio mientras con una  inmensa conflagración se desplegó inaudito e invisible  paracaidas.

 El trueno liberador, que no lo parecía primeramente,  sino el obús de un atentado, se sintió en las paredes y un  poco en el mismo techo, tal si fuera un rebote de billar o  de padel.

 Sentado en mi vehículo, mi mente ya había pensado dar  un voluntarista saltito levantando el culo en el momento  que llegásemos al suelo, bien a sabiendas de la dificultad  de apoyar mi pierna mala,  de lo que nos salvamos en un  tris.La maniobra que mi mente planificaba,sin moto, la  había pensado muchas veces, desde niño,porfiando que  sería lo mejor en caso de desplome de cualquier  ascensor, que siempre imaginé y temí.La circunstancia de la  moto, no obstante, desbordaba lo atávicamente guardado para  semejante ocasión en un rinconcito del alma.El  saltito salió, porque tenía que salir, con el frenazo. Las  pequeñas ruedas de la moto creo, aunque de rápido no  estoy seguro, eran un aliciente para que el choque se  amortiguase un  tanto.

 Mudos y estabilizados, entre el sexto y el séptimo  pisos, fue cuando reparé, en el reflejo del espejo, de la  presencia amiga de Javier y Miguel Ángel y la no  menos notable de Iva.Alguien hizo sonar incesante la alarma;  otro llamó por el móvil.El mío, sin batería.

 Pensamos que la encerrona duraría poco pero los  minutos fueron sucediéndose en sudor y angustia.La luz, que  temí faltase, no se nos fue, lo que ayudaba a componer el  ánimo, de lo que estoy cierto al hacer balance situacional  posterior.

 Hablamos, nos animamos y, pasada media hora o un pico  más, me entraron ganas de orinar.Hacerlo en aquellas  circunstancias no era fácil ni siquiera por los  pantalones.Pedí disculpas, saqué una de las bolsas  de mareo de avión, que siempre llevo, y de espaldas, esta  vez vale el plural,  miccioné dejando la bolsita en una  esquina del "panier" de la moto,bien erguida como ya  hago a menudo desde mi ictus, con impecable higiene y  confortabilidad.Quizá alguno quiso pedirme otra bolsa  pero no sucedió.A Iva le hubiera sido, pienso, harto  complicado.

 Miguel Ángel, curtido en mil batallas, templado ya  desde los tiempos juveniles en que polemizaba con Indalecio  Prieto,nos dijo que para esos casos lo mejor era  cantar, insinuando que Iva podía hacerlo mejor que  nadie.Pensé por un instante que Iva iba, en efecto, a deleitarnos con  su otrora famosa Zero In Amore o cosa parecida pero ella  no estaba,esa vez,para cánticos ni fraseos. Eso sí,  habló atropelladamente con alguien narrándole la increíble  situación que padecíamos. La insistencia en el  cántico me recordó cómo en los orígenes del Hospital General  de Asturias, en que los ascensores tardaban catorce  segundos de piso a piso, a Don Vicente Galindo, un tertuliano de  la operística "Los Puritanos"- en el cafetón ovetense  Peñalba y luego Rialto-, le había dado un mal y el  médico Jaime Buylla y yo lo condujimos al servicio de  cardiología.Como quiera que el ascensor era tan  desesperadamente lento,Galindo,apoyado en su bastón y  en Jaime, dijo que se quería morir cantando Otello; sin pensarlo dos  veces nos entonó su emotiva versión de  "Mi potevi  scagliar".En Brubru, por un momento, me pensé cuán distinta la  situación de medio siglo antes en distinto ascensor y  aún más diferente género musical, aunque sin salir del  italianismo de Iva a Don Vicente o viceversa.

 Enseguida,Miguel Ángel, entre su natural liderazgo y  su manifiesto pancubanismo, se puso,entonces, a mostrarnos  un pupurrí de boleros, con bastante gusto y el efecto  cierto de que su seguridad en las notas nos relajaba.El  cántico fue interrumpido,por fin, por la violenta apertura de  la puerta en la parte alta de la caja que coincidía a ras  de suelo de una de las plantas.No era fácil de subir ni de que nuestros cuerpos pudiesen evacuar.Todos lo estimábamos  así cuando, inopinadamente, hubo un grito gangoso en  español:"¡¡No te preocupes, Miguel, os vamos a  rescatar!!".Yo reconocí la voz enseguida pero Javier,  nuevo prácticamente en la plaza, dijo por lo  bajini:"¡Cómo ponen al frente de los bomberos a un chiquillo!".Era  Alejo Vidal Cuadra,colega de Miguel Ángel en la Mesa del  Parlamento.

 Por fin, un tiarrón de seguridad, con unas botas  mayores que las del Gato del cuento,se deslizó dentro para  ayudarnos a salir.Querían darme preferencia pero les  dije que mejor no, pues tardaría algo más que el resto de  los náufragos.El bombero me ofreció sus manos en forma  de estribo, apoyé el pie bueno, sin zapato, y me tiró  hacia arriba y hacia fuera mientras me cogían, al otro lado, otros dos por cada brazo.

 Habían pasado dos horas veinte desde la suspensión en el cablecito de marras.

 Javier e Iva ya habían salido y Miguel Ángel, mesándose la  barba,terminó, victorioso el bolero:

 ¡Adoro la calle que nos conocimos!

 Don Inda, que zarzuelero, apenas estaba en el  intrínguilis de los boleros y muy escasamente de los ascensores, que no  conoció la luz eléctrica hasta llegar a Bilbao, huyendo de  Oviedo,no se dejó, en su día, conmover tanto como  nosotros por nuestro Miguel Ángel.Por cierto,mi adorado y gran  político,de la calle de la Magdalena, orgullo de  nuestro paisanaje societario, cuando estuvo en los años  cuarenta,en Nueva York, a consultas oftalmológicas, tuvo la  prevención de omitir la innecesaria subida al Empire State  Building.

 No se fiaba de un ascensor que se elevaba más de cien  pisos, aunque fuera en tres tramos, sin duda con cable  paracaidas.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

No leo hasta ahora el relato, Antonio, que está mejor para ser contado que vivido, aunque hay que vivirlo para contarlo. Muy bien! Abrazos,
Benjamín

Anónimo dijo...

Por dios, Antonio, si el ascensor es el del mismo hotel del atraco ¡búscate ya mismo una pensión en planta baja!
Como sigas así tus memorias van a tener más material que la Enciclopedia Británica.
Cuídate. Un fuerte abrazo,

Ana

Anónimo dijo...

Me temo que lo único que te queda es hacer como una ordenanza que tenemos en el Ayuntamiento que, cada vez que le toca ir a las oficinas del Principado en el calatrava, se atrinchera en la entrada y dice que o bajan a atenderla o se vuelve con los papeles, pero que ella no sube en ascensor...

Anónimo dijo...

no lo sabia , menos mal y vaya susto ,


Carlos RF

Anónimo dijo...

La de cosas que te pasan para poder tener mas historias para nietos, amigos , discípulos y correligionarios.
La vida en un hilo!
Me alegro del feliz final!!
Con nuestro cariño
Paloma, tu prima, y Jesus

Anónimo dijo...

Pero.Dime si es de verdad.Maricarmen.

Anónimo dijo...

Esta vez lo que cuentas ¿es de broma o cierto?.
¡Vaya con Bruselas¡, será cuestión de la crisis que se ahorran la revisión
de los ascensores.

Anónimo dijo...

Querido Antonio,
Genial tu relato que ya había leído. El momento en el que orinas y los otros miran para otro lado es sin duda mi favorito, jejeje
Un abrazo, Carlos

Anónimo dijo...

Ya tuve noticia del accidente a través de Miguel Ángel Martínez. Me alegro de que todo quedara en un susto.
un abrazo

MANUEL MEDINA

Anónimo dijo...

QUERIDO ANTONIO:ACABO DE LEER TU AVENTURA EN EL MONTACARGAS-ASCENSOR,QUE ME HA IMPRESIONADO Y QUE ,SIN DUDA DIFUNDIRAS COMO SE MERECE.AFORTUNADAMENTE TODO HA QUEDADO EN UNSUSTO MORROCOTUDO,PERO EN TU TIERRA,CON ESE PPERSONAJE INIGUALABLE QUE OS PRESIDE(Y ESPERO QUE "DE MOMENTO")ESTAIS HECHOS A TODO.

DALE UN ABRAZO MUY FUERTE A M.A.MARTINEZ.OTRO,ENTRAÑABLE,PARA TÍ
GERARDO