lunes, 12 de septiembre de 2011

Bernard Henry Levy/Libie/ C´est Fini


Como la canción famosa de “Capri, c´est fini”, este término inapelable al finiquito rima también con el nombre del filósofo Bernard Henry Levy, al que se atribuye un papel preponderante en la postura antiGadafi de Europa.

Me topé un par de veces, en mis tiempos de abogado en Francia, con el popular escritor en su domicilio del Hotel Ráphael, cerca del parisino Arco de Triunfo. Ya era entonces una celebridad por sus agudas intervenciones de prensa, aunque yo ya llevaba años leyendo sus declaraciones antimarxistas, lo que no le impedía, en piruetas -como a veces nos acostumbra, en el área hispana, Vargas Llosa-, proclamar el XX como “El siglo de Sartre”, del que también es profundo crítico. Le recuerdo igualmente en La Clave, aún en blanco y negro, donde nuestro, por asturiano y amigo, Balbín tuvo el golpe de audacia de invitarlo.

Alguna toma de partido de Levy me disgustó, (independencia unilateral kosovar o cierta tibieza con los desmanes israelíes…). No obstante, su análisis de la sublevación libia me pareció clarividente y, por fortuna, coronado por el éxito:”Las dictaduras solo se mantienen gracias al crédito que se les otorga, es decir, al miedo que crean”.

Saludar con entusiasmo el fin de Gadafi es independiente de que se logre luego un país estable, que es otra ardua tarea que puede salir bien, mal o regular. El filósofo apostó siempre por el Gobierno provisional de Benghazi arrastrando al Presidente Sarkozy y a la Unión Europea, en cuyo seno muchos vacilaron por la factura de petróleo y gas. En el curso de La Granda, dirigido por Paz Andrés y Gil Carlos Rodríguez Iglesias, Haizam Amirah hizo una brillantísima exposición en idéntica línea a la que escuché, en la sede del Parlamento, aquí en Bruselas, al Premio Príncipe de Asturias Amin Malouf: no había peligro de desmembrada secesión ni debía magnificarse el bicefalismo tribal.

En la lejana fecha de 1978 una compleja misión de Derechos Humanos me llevó hasta Benghazi. El columnista municipal Orlando Sanz se reía de mí, en La Nueva España, con cierta gracia pues aparecía en lugar bien extraño para un joven con aspiraciones, suponía con razón, municipales vetustenses. Me bastaron entonces unas horas, muy pocas, para percatarme de que Libia estaba gobernada por un chiflado peligroso, que colocaba micrófonos en las habitaciones del Hotel y otros obsesivos controles.¿Cómo pudo durar tantos años y sufrimientos? Pasando el tiempo, encontré el análisis de Bernard Henry como lo más valiente y solvente: “Lo que se muere: una concepción antigua de la soberanía en virtud de la cual todos los crímenes están permitidos mientras tengan lugar dentro de las fronteras de un Estado”.

La bahía napolitana de Capri no se parece a aquella Benghazi que conocí pero, al menos: nous n´irons/plus jamais/mais je m´en souviendrais.

No hay comentarios: