lunes, 16 de mayo de 2011

Trigésimo aniversario de la elección de François Mitterrand



El 10 de mayo de 1981 una explosión de júbilo popular invadió la plaza de la Bastilla de París."La force tranquille" había vencido. Francia acababa de entronizar a su primer monarca republicano de izquierdas al elegir a François Mitterrand IV Presidente de la V República Francesa. Toda la prensa francesa lo ha destacado esta semana. Aquella misma noche le dediqué un artículo para la entrañable "Hoja del Lunes".

El programa de cambio no se hizo esperar y su gobierno, con cuatro ministros comunistas, emprendió inmediatamente reformas para aumentar el poder de compra de los trabajadores. Dos años después, tras las presiones internacionales sobre el franco y una inflación galopante, hubo de reorientar su política aplicando sin paliativos "la rigueur". "La esfinge", como le llamaban, parecía contra las cuerdas...cuando aún le quedaban doce años de presidencia.

¿Cuál fue el secreto, o mejor dicho, los secretos, de Mitterrand? Encabezó, sin duda, una nueva era para los socialdemócratas en Francia y en Europa y repitió, dejando bien claro, en Estrasburgo, que sirviendo a una se sirve a la otra. Abolió la pena de muerte, inició la descentralización y liberalizó los medios de comunicación. En su segundo mandato, fijó los delitos de odio racial y antisemitismo, incrementó los impuestos sobre la riqueza, comenzó la prohibición de fumar en lugares públicos, consolidó la reconciliación histórica con Alemania y dio luz verde, tras Felipe González, a la reunificación germana...Transformó la faz de París con insignes y polémicos proyectos: el nuevo Louvre y su pirámide de cristal invertida, el barrio de negocios con su gran arco en La Defensa, la ópera de la Bastilla, la biblioteca nacional que lleva su nombre...

En definitiva su secreto fue la palabra. Conocido por sus adversarios como "ministre de la parole", Mitterrand nunca escondió su pasión por la literatura y por la historia. Sin ser un gran escritor, sus discursos y textos llevan siempre la impronta de un literato de la forma oral y el subido amor de todo francés a su lengua materna. Ese gran orador agnóstico que inició la costumbre de dirigirse al pueblo francés por el año nuevo, recomendó a sus conciudadanos en su última alocución en 1995 dos cosas: no disociar la libertad de la igualdad, pues están en la base de toda democracia, y no separar nunca "la grandeur de la France" de la construcción de Europa. Eso último ha sido rememorado ahora por el Parlamento al que pertenezco como un ejemplo contra los nacionalismos, siempre insolidarios, que terminan mal, en palabras del alemán Martin Schulz.

No hay comentarios: