sábado, 9 de abril de 2011

Liz Taylor



Cuando conocí a Elisabeth Taylor, en 1992, a la entrada del garaje del Hotel de la Reconquista, me deslumbraron sus ojos de un violeta intenso. Lucía también un pin metálico con el lazo de la campaña contra el Sida, que apenas era aún conocido, y que quería entregárselo al Governor, lo que entendimos era para Juan Luis Rodríguez Vigil, Presidente regional entonces.

Esa misma tarde, en el Campoamor, Liz leyó su discurso valiéndose de dos pantallitas transparentes que nunca se habían utilizado en Asturias, aunque yo ya las recordaba de Ronald Reagan en la Cámara de Comercio de Madrid. En la ceremonia de nuestro primer Teatro se creyó que la actriz improvisaba sin leer, como si hiciese gala de unas tablas gestuales oratorias que sin duda tenía pero que estaban ayudadas por ese procedimiento desconocido en estos pagos.

Tiempo antes había escuchado yo de Luis García Berlanga, a los postres de un Jurado de los Premios Príncipe, que preparaba una película sobre Franco para el que había escrito la escena del Dictador leyendo su discurso navideño mientras pedaleaba él mismo el paso de las palabras por teleprinter. La comicidad consistiría en que a la sobria solemnidad del monocorde discurso ritual de “Españoles todos etc” seguía el distanciamiento de la cámara con el encuadre del artilugio y los calcetines remangados como si fuera un consumado ciclista circense fatigando una sola rueda.

Unos días antes había visto a la mujer de un concejal de Tampa, ciudad que se hermanaba con Oviedo, con el color de ojos falseado, lo que los directores hacían también con la verde mirada de Phyllis Shelton, que fue doble de Liz en planos de muchas películas. De la tampeña y la suplantadora oficial y del guión de Berlanga, deduje que violeta ocular tan característico podía no ser original; así lo llevaba pensando estos veinte años hasta que, con las necrológicas del gran icono hollywoodense, de tanto referirse al color maravilloso he aceptado que eran auténticos. En cualquier caso, tuve un feliz instante para contemplarlos al natural.

El mejor poeta español finisecular, escribió, desmitificador:

"- ¿Te gustan solos o con rímel?

-Grandes, respondí sin dudar.

Y también sin dudar me los dejó en un plato y se fue a tientas."

Nota.-El Parlamento Europeo votó esta semana que no se modificaran de momento la clase en los viajes de los europarlamentarios. Lo trataba órgano manifiestamente incompetente. La Delegación socialista española se abstuvo en el acta final por aquella razón competencial y en coherencia con otra enmienda. Hay que tener en cuenta, de una vez por todas, que la imagen pública del Parlamento, por la corrupción de algunos, la torpeza de otros y el amarillismo de no pocos va de mal en peor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Para Elvira Lindo, en el País dominical de hoy,los ojos eran de un azul intenso, no violeta